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Editorial

¡Guerreras!

Se tiene que buscar cómo hacer una gestión del fútbol femenino acorde con su realidad y encontrar la manera de crear una Liga que perdure en el tiempo”
Publicado el 01 de agosto de 2022

El gran desempeño de la Selección Colombia de mujeres en la Copa América tiene un impacto más allá del triunfo deportivo. El equipo liderado por las talentosas Linda Caicedo, Catalina Usme, Leicy Santos, Mayra Ramírez, Daniela Montoya y Catalina Pérez quedó subcampeón ante el poderoso Brasil; en un partido en el cual, si el fútbol fuera solo de méritos, las nuestras debieron haber alzado la copa.

Pero la satisfacción por lo que lograron estas guerreras no solo pasa por lo ocurrido en el campo de juego: por momentos incluso podría pensarse que lo que menos importa es el marcador final si tenemos en cuenta el significado que el fútbol femenino está teniendo en la trasformación de la cultura, de la mente, de los colombianos.

El fútbol de mujeres es hoy uno de los más poderosos símbolos de inclusión en la sociedad. Así como en 1957 el voto femenino significó un antes y un después de la participación de las mujeres en la política y en las decisiones del país; este desempeño en la Copa América es una bofetada muy elegante para quienes en Colombia siguen creyendo que hay espacios de privilegio para los hombres, como el sagrado escenario de un estadio, en el que las mujeres no pueden reinar.

Hace un siglo, la Asociación de Fútbol de Inglaterra, considerando que el fútbol era un deporte inadecuado para las mujeres, les pidió a los equipos “no prestar sus campos para ese tipo de partidos”. Y aún hoy, un siglo después, sigue la discriminación: el 66 % de las mujeres que hoy son futbolistas han tenido que lidiar con alguna situación de discriminación, de acuerdo con un estudio de “Women in football”.

A propósito de la discriminación, la Copa América fue la ocasión para que las jugadoras de la Selección Catalina Usme y Daniela Montoya protagonizaran un bello comercial creado por Homecenter: “La cancha libre de estereotipos” en el que animan a las niñas que apenas comienzan a dar sus primeras patadas al balón a que no se dejen intimidar por comentarios discriminatorios. ¿Cuánta discriminación, cuánto dolor, nos vamos a ahorrar gracias a los buenos resultados de la selección de mujeres? Si este subcampeonato sirve para que a cientos o miles de niñas no las matoneen por seguir sus sueños ya valió la pena.

El acabar con todos los símbolos de exclusión activa además clavijas mucho más profundas en una sociedad. Y más en un país como Colombia donde hace apenas cuatro años un dirigente del fútbol, que había sido senador, pedía no seguir con la liga de mujeres y dio razones tan absurdas como que “las mujeres son más tomatrago que los hombres” o que el fútbol femenino “es un caldo de cultivo del lesbianismo”.

Por no hablar del presidente de la Federación, Ramón Jesurún, quien no parece dar pie con bola en el manejo del fútbol de mujeres. En 2019, no bajó del palco a felicitar a la selección por ganar el oro en los Juegos Panamericanos en Lima. En 2020, no fue drástico como se le pedía tras las denuncias de acoso sexual contra un técnico de la selección de menores. Y hace pocos días no cayeron nada bien sus declaraciones después del partido en el que Colombia le ganó a Argentina y clasificó a los Olímpicos y al Mundial. “Tengo una relación con ellas muy linda, las adoro. Las tengo a todas como mis hijas, de pronto a otras como mis nietas y muy contento en ese vestuario”, fue lo que dijo.

Ahora bien, una cosa es la discriminación, inaceptable y en contra la cual Colombia tiene que seguir ganando terreno, y otra distinta es el fútbol como espectáculo que va de la mano del negocio.

Es cierto que el fútbol de mujeres, en general, todavía no mueve las masas ni los montos de dinero del fútbol de los hombres. Pero ahí va. Hubo lleno este domingo en el estadio de Wembley para la final de la Eurocopa femenina, cerca de 80.000 espectadores. El récord de asistencia a los estadios lo tiene el Barcelona de mujeres que este año ha llenado dos veces el Camp Nou con más de 91.000 espectadores.

En Colombia y en general en Suramérica la afición ha crecido de manera más lenta. Pero no es nada despreciable. La final de la Copa América llenó el estadio de Bucaramanga, con capacidad para 25.000 espectadores. Y el récord de asistencia en Colombia se rompió en la final de la Liga en junio de este año con 35.000 espectadores en Cali.

Se hace urgente retomar la Liga Femenina en Colombia en este segundo semestre, el Gobierno de Iván Duque entregó recursos (1.200 millones de pesos), pero la Federación y la Dimayor no los utilizaron. Se tiene que buscar cómo hacer una gestión del fútbol femenino acorde con su realidad y encontrar la manera de crear una Liga que perdure en el tiempo.

Es lo mínimo que se merecen estas jugadoras que, llenas de pundonor, con menos recursos y menos apoyo, lograron lo que sus pares masculinos no hicieron, clasificaron a los mundiales sub-17, sub-20 y mayores.

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