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Editorial

La estrategia de Maduro

Después de casi tres años de no salir de Venezuela, Nicolás Maduro se presentó en la cumbre de la Celac. ¿Qué buscó la sorpresiva visita, en la que se sacó chispas con varios jefes de Estado?
La estrategia de Maduro
ilustración morphart Publicado el 21 de septiembre de 2021

Antes de iniciarse la siguiente ronda en los diálogos entre la oposición y el gobierno de Nicolás Maduro, prevista para esta semana, el mandatario venezolano sorprendió a todos con su presencia en la cumbre de presidentes de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y caribeños (Celac).

La visita, en la que tuvo fuertes choques con los presidentes de Paraguay y Uruguay, solo tiene una lectura. Maduro busca un espacio de legitimidad a nivel internacional. Después de casi tres años de no salir de Caracas, ahora quiere estar otra vez en el juego de la diplomacia continental. Lo que está por verse es si su viaje sorpresa en algo incide en los diálogos entre el gobierno y la oposición que se adelantan en México, país mediador junto a Noruega. Analistas políticos internacionales señalan que, aunque fue polémico, no le restará credibilidad al proceso.

Hace pocos días, el líder opositor de Venezuela, Juan Guaidó, declaró, en rueda de prensa, que tenían una “cauta esperanza” acerca de los diálogos en ciudad de México. Lo dijo porque, en esta primera etapa, se alcanzaron un par de acuerdos concretos: la defensa del territorio de Esequivo, en disputa entre Venezuela y Guyana, y la conformación de una mesa social para atender la crisis humanitaria, con énfasis en los efectos de la pandemia.

Pero, a pesar de los avances, la cautela se explica porque lo que viene para los diálogos no es fácil. Han pasado varias cosas que enturbian el ambiente de las conversaciones. En primer lugar, se encuentra el anuncio de la sentencia de la Corte de Cabo Verde para permitir la extradición a Estados Unidos del empresario colombiano Alex Saab, el presunto testaferro del gobierno de Maduro. Esto precipitó la designación de Saab como representante del gobierno en las negociaciones, con el fin de entorpecer la extradición.

Para los líderes de la oposición, la designación no debe distraerlos de su objetivo y pueden soportarla; en contraste, no deberían sentirse cómodos negociando con un gobierno que ha jugado un papel central en las violaciones a los derechos humanos y que ha negado, al apropiarse de la Justicia, la posibilidad de verdad y reparación para las víctimas.

De otra parte, el informe de la Misión Internacional de las Naciones Unidas sobre Venezuela ratificó el deterioro institucional en ese país, cuando señaló que “las reiteradas violaciones a las garantías procesales en Venezuela exponen un sistema judicial falto de independencia que prolonga las graves violaciones a los derechos humanos contra opositores gubernamentales”.

De hecho, esas declaraciones de la ONU hacen difícil que se levanten las sanciones internacionales, contrariando el principal interés de Maduro en las negociaciones. El caso concreto de los activos en el exterior del Estado venezolano, “congelados” para mantener la presión, y en algunos casos entregados al gobierno interino, es un punto de honor para él, porque considera que se está saqueando a Venezuela, en un acto de traición a la patria.

Dentro de los activos se encuentra Monómeros, empresa que el gobierno interino estaba manejando por decisión de Colombia, hasta la reciente e inesperada toma de control por parte de la Superintendencia de Sociedades. La base real de la intervención es que la empresa es muy importante para Colombia y no puede quedar en manos de Maduro, porque satisface el 50 % de la demanda de fertilizantes en el país, tiene ventas por un billón de pesos al año y genera 600 empleos directos. Para el gobierno interino, sentarse a negociar Monómeros significaba arriesgar el apoyo de Colombia y por eso aceptó, según sus comunicados, la decisión de la intervención, ya que le quita esa presión, aunque hay sectores que preferirían un fideicomiso.

Así las cosas, este proceso, impulsado por Noruega, en el que México solo participa como sede facilitadora, y en el que la oposición exige elecciones “libres” en los comicios regionales del 21 de noviembre, mientras que Maduro pretende que se levanten las sanciones internacionales, está en un impasse. La apuesta de la negociación presenta dificultades; el cambio político de una nación arruinada parece ser más una aspiración que una certeza. En todo caso, mientras que las partes no se levanten de la mesa, cabe guardar una cauta esperanza 

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