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La neutralidad
de América Latina
América Latina, por idiosincracia, suele oponerse al uso unilateral de la fuerza contra naciones débiles. Y aunque la invasión a Afganistán en 2001 fue apoyada por la mayor parte de países en esta región, al presentarse la invasión de Irak en 2003 hubo gran división de opiniones. Colombia, sin embargo, no dudó en dar su apoyo aprovechando la alianza estratégica contra las drogas que tenía con Estados Unidos.
El tema viene a cuento porque, curiosamente, en el conflicto actual en Ucrania, Latinoamérica no se ha mostrado tan en contra de la invasión de una potencia como Rusia a un país pequeño como Ucrania. Por el contrario, varios gobiernos latinoamericanos se han opuesto a las sanciones contra Rusia y recientemente muchos han dicho no al envío de armamento para la defensa ucrana.
No deja de ser paradójico que gobernantes que siempre han exigido la libre determinación de los pueblos hoy se muestren tan tibios con una potencia con ánimo hegemónico como es la Rusia de Vladimir Putin. Se han escudado en una suerte de ambigüedad: la inmensa mayoría de países latinoamericanos describen las acciones de Rusia como una agresión, pero no se adhieren a las solicitudes de Estados Unidos, Europa y la misma Ucrania para solidarizarse mediante acciones concretas con el bloque que defiende la independencia, la libertad y el derecho al autogobierno de una nación.
Por supuesto, todo tiene una explicación. Exceptuando a Cuba, Nicaragua, Venezuela y Bolivia, que apoyan abiertamente al Kremlin -y que dicen que la agresión está justificada por los intentos de expansión de la OTAN- todos los países latinoamericanos se han declarado neutrales en esta guerra. Argentina, Colombia, México y Brasil se han negado al envío de material militar a Ucrania porque consideran que esto solo ayuda a escalar el conflicto. El propio Petro dijo: “nuestra constitución tiene como orden en el terreno internacional la paz”.
Aunque valga decir que Estados Unidos estaba pidiendo el material militar que cada país tuviera de origen ruso, dado que es el armamento que los ucranianos saben manejar y que no requiere tanto entrenamiento. Pero la cantidad de armas rusas o soviéticas que América Latina podría aportar sería pequeña, vieja y bastante acabada por la falta de mantenimiento.
Si se busca alguna explicación en el campo comercial no se encuentran respuestas. Los efectos de estas decisiones tienen consecuencias mínimas porque la relación de importaciones y exportaciones entre Rusia y Latinoamérica es totalmente marginal. El último dato que se tiene, correspondiente a 2019, indica que el promedio de intercambio comercial entre las dos regiones fue de 0.3%, cifra que no le mueve un pelo a Putin.
¿Por qué América Latina está reaccionando de esta manera al conflicto entre Ucrania y Rusia? Podría ser que la región se inclina más por encontrar un consenso multilateral coordinado que por sanciones a Rusia. O puede ser también, que quieren mantenerse distanciados de un conflicto bélico y de las peleas entre potencias. La hipótesis de un alineamiento a Rusia, aunque podría explicarse por el antinorteamericanismo que ha caracterizado a varios de los gobiernos que están hoy en el poder en América Latina, no es tan claro en la medida en que tampoco han expresado su respaldo a la potencia rusa.
Países como Colombia, por ejemplo, bajo el gobierno de Petro han tratado de establecer relaciones armónicas con las potencias de uno y otro lado.
Sin embargo, el no apoyar sanciones contra el invasor y el tampoco apoyar que saquen al invasor de foros multilaterales implica de cierta manera un apoyo a ese proceder autoritario de Rusia. Para Europa, el apoyo diplomático tiene un gran peso. No en vano, la semana pasada estuvo de gira por la región Olaf Scholz, canciller alemán, buscando votos contra Rusia en la ONU, en lugar de armamento como muchos sospechaban.
Hace unos meses, el presidente de Ucrania Volodymyr Zelensky se dirigió al Consejo de Naciones Unidas para recordarles que sin un apoyo decidido y comprometido, la invasión rusa continuará, y entonces “el final será que cada país podrá apoyarse solo en el poder de las armas para afianzar su seguridad, no en las leyes internacionales, no en las instituciones internacionales”. Esa es en realidad la gran amenaza para la paz internacional. De ahí que el equilibrio de funambulista con el que se mueve América Latina frente a este conflicto sea tan delicado. Como dijo el embajador de Antigua y Barbuda ante ese foro internacional: los países pequeños deben alzar su voz, ahora y en el futuro, contra agresiones de esta magnitud vengan de donde vengan. No se puede guardar silencio.