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Editorial

La parábola de James

Ojalá James, para bien de él y de Colombia, encuentre en el Olympiacos su redención deportiva. No es fácil porque, como dicen por ahí, para jugar bien al fútbol se necesita hambre y ambición. Y James, que le ha dado tantas glorias a Colombia, tendrá primero que recuperar alguna de ellas”.
Publicado el 18 de septiembre de 2022

El llamado de James, de nuevo, a la Selección Colombia ha despertado todo tipo de comentarios: si no fuera porque Colombia está eliminada para el mundial de Qatar y porque se trata de unos amistosos de trámite los que se avecinan, la polémica alrededor de su convocatoria estaría ardiendo.

Hay quienes, de un lado y con toda razón, alegan que es inconcebible llamar a un jugador que pasó seis meses sin jugar partidos oficiales y solo ha jugado 15 partidos en un año en una liga poco competitiva. Y del otro lado, también con razón, argumentan que James sigue siendo un 10 mejor que cualquier otro de los que están en competencia para ocupar ese puesto en la selección.

Más allá de la polémica deportiva o de entrar a discutir si James debe estar o no en la selección, las noticias alrededor de James –no solo la convocatoria sino también su paso al Olympiacos de Grecia, con el cual jugó ayer su primer partido– nos dan la oportunidad de hacer una reflexión sobre el daño que al fútbol y a jugadores como James les ha producido la danza de los millones (o el espectáculo de nuevos ricos) en el que este deporte se ha convertido.

Es tanto el dinero que mueve el negocio del fútbol profesional (sin contar el aficionado) en el mundo que si se pusiera en la lista de los países por Producto Interno Bruto al año estaría por ahí en el lugar número 13. Comparado con Colombia puede llegar a duplicar su producto interno bruto.

El monto más alto por compra de un futbolista sigue siendo el de Neymar, los 222 millones de euros que pagó el Paris Saint Germain en 2017. Y Mbappe también dio de qué hablar hace unas semanas porque renovó con el mismo PSG con un contrato de casi 300 millones para tres años. Le van a pagar 83,6 millones de euros por temporada, según The New York Times. Se convierte en el salario más alto para cualquier futbolista. Es decir, se gana casi 363.000 millones de pesos al año, una cifra que sigue siendo difícil de entender para la mayoría de los mortales. Tal vez, para entender mejor, decir que Mbappe tiene un salario de casi 1.000 millones de pesos al día. Solo por el salario, sin contar lo que gana por publicidad, por renovación de la ficha, en fin.

El presidente de la Liga de España la semana pasada volvió a disparar las alarmas contra los clubes-estado, aquellos como el PSG, el Manchester City, el Newcastle inglés y hasta el año pasado el Chelsea, que son propiedad de multimillonarios rusos o fondos de inversión árabes, y que pueden gastar sin medida. Dice el presidente de La Liga que este tipo de equipos son una amenaza para el fútbol.

Si el exceso de dinero –algo que ha tratado de controlar la UEFA, para lo cual impuso desde junio una nueva reglamentación de fair play financiero– amenaza con el fútbol, qué decir lo que le hace a los jugadores.

El mercado ultramillonario los empieza a sacar del espectáculo deportivo del fútbol y los empieza a mover hacia una plataforma diferente, la de estrellas de la farándula. Que por supuesto tiene otros lenguajes, otros valores y otros propósitos: una verdadera hoguera de las vanidades.

James Rodríguez tuvo que hacer muchos esfuerzos para poder destacarse en el fútbol. Sus historias de cómo sufrió viviendo solo en Argentina, cuando llegó a probarse a los 16 años en el Banfield, son conmovedoras. Pero apenas cinco años después la vida le cambió por completo, fue el goleador del Mundial de Brasil en 2014, y tras su traspaso al Real Madrid por 80 millones de euros, quedó con un salario de 8 millones de euros por temporada.

El primer año le fue tan bien en la liga española que en abril del 2015 apareció en una foto espectacular, con el torso desnudo y pintado todo de oro, en la portada de la revista Marca: “James vale su peso en oro”, decía.

Y, desde entonces, así lo de la portada de la revista no haya sido el motivo, la vida deportiva de James no ha sido nunca mejor que antes y por el contrario parece haberse convertido en un viacrucis. Ha tenido algunos momentos buenos, como sus primeros meses en el Bayern Munich. Pero poco más.

Lo que ocurrió en este último año con James habla por sí solo. Con 30 años decidió irse al fútbol de Qatar, porque según conocedores el Al-Rayyan era el único equipo que le mantenía un buen salario. Y allá tal vez se dio cuenta que estaba atrapado en una jaula de oro, porque se le notó desesperado para salir de allí. Pidió al Valencia que lo recibieran y no resultó. Hasta que al fin su agente Jorge Mendes (gran protagonista de esta historia y en parte responsable del camino que ha tomado el talento de James) logró ubicarlo en el Olympiacos de Grecia aceptando rebajar su sueldo.

El jueves, cuando presentaron a James ante los hinchas, se le vio feliz como hace rato no se le veía. “Quería volver a sentir todo esto otra vez”, dijo el 10.

Ojalá James, para bien de él y de Colombia, encuentre en el Olympiacos su redención deportiva. No es fácil porque, como dicen por ahí, para jugar bien al fútbol se necesita hambre y ambición. Y James, que le ha dado tantas glorias a Colombia, tendrá primero que recuperar alguna de ellas.

De paso, ojalá el fútbol del mundo no se convierta, como parece estarlo siendo, en una máquina que produce mucho dinero y acaba con el talento de grandes futbolistas

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