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De los 1.022 kilómetros de costa de la isla de Jamaica, solo 0,6% es público y de libre acceso para residentes locales. Y de los US$4.300 millones que Jamaica genera en ingresos turísticos, solo 40% se queda en la isla.
Las extraordinarias playas del Caribe son el sueño de cientos de miles de turistas que cada año acuden en masa a disfrutar de un pedazo de ese paraíso. Muchos, aislados en sus resorts, nunca llegarán a tener un conocimiento veraz de la cultura local, no sabrán cómo viven o qué necesidades tienen sus habitantes. Como por ejemplo el extremo al que se ha llegado en Jamaica, donde sus habitantes no tienen derecho a usar las playas.
El caso fue expuesto recientemente por la BBC que pudo comprobar cómo se venden tramos de arena a promotores privados para convertirlos en complejos turísticos y residenciales de lujo. Luego los aíslan con muros de cemento y cierran así el acceso de los lugareños a la playa. De repente, lugares donde tradicionalmente habían ido a nadar o zonas donde los pescadores habían botado sus barcos por generaciones quedaban vetados para ellos, todo en cuestión de días.
La privatización de las playas no es un hecho que se esté dando solo ahora, sino que viene ocurriendo desde hace más de 70 años, pero han sido los últimos cinco años los que han demostrado un desenfreno absoluto en el desarrollo inmobiliario de propiedad extranjera. Al punto de haber llegado al siguiente extremo: de los 1.022 kilómetros de costa de la isla de Jamaica, solo el 0,6% es público y de libre acceso para los residentes locales. Y de los 4.300 millones de dólares que Jamaica genera en ingresos turísticos, solo el 40% se queda en la isla.
Semejante inequidad está a punto de empeorar, porque para 2030 está prevista la construcción de 10.000 nuevas habitaciones en todo el territorio. Muchas de ellas estarán en complejos gigantescos que aglutinarán hasta 1.300 habitaciones en un mismo hotel, se ubicarán en la costa y restringirán aún más el acceso de los jamaiquinos a su litoral.
Muchos se preguntarán cómo es posible que esté fenómeno se produzca en un lugar paradisíaco en el que perfectamente podrían convivir locales y turistas. La explicación está en una Ley heredada de la época en que la isla fue colonia británica. Fechada en 1956, la Ley de Control de Playas otorgó la propiedad del litoral al Estado y estipuló que los jamaiquinos no tienen derecho público a nadar ni a acceder a la playa sin permiso. Pues bien, como aún sigue vigente y a nadie le ha interesado cambiarla, el gobierno sigue transfiriendo zonas costeras a manos privadas.
Esta situación llega a ser extrema en Jamaica, pero no es única en el Caribe, donde muchas otras islas ofrecen a los turistas “burbujas” de las que no tienen que salir durante los días que pasen en sus resorts. En busca de playa, sol y mar, la mayoría ignora el daño que su inocente gozo puede estar generando en los lugares que visita y que a veces ni llega a conocer.
Ejemplo de que las cosas pueden funcionar de otra manera lo representa Groenlandia, ahora tan de moda por el apetito voraz que ha mostrado Trump por ella. Pues bien, esta isla que comparte su identidad con los turistas, entiende el territorio como herencia y no como recurso. En uno de los entornos más extremos del planeta, sus habitantes, los inuits, entienden la importancia de los recursos que les brinda el turismo, lo reciben con agrado, pero no masivamente sino de forma controlada bajo una regla clara: no todo está hecho para ser visitado ni todo para ser mostrado.
Tal es el caso de su cocina, en la que se incluye la carne de foca, que no se usa como entretenimiento o espectáculo, sino como la continuidad cultural de lo que les fue transmitido por sus ancestros. Los restaurantes de la isla tienen como objetivo no replicar las prácticas tradicionales reservadas al ámbito familiar, sino ofrecer una interpretación contemporánea del territorio, respetuosa tanto de sus límites culturales como ambientales y totalmente alejados de la lógica del consumo masivo.
Todo esto demuestra que sí es posible y deseable una convivencia entre las culturas locales y quienes llegan a hacer turismo. Aislar a las comunidades como está ocurriendo en Jamaica, disminuir sus medios de vida al minimizar su acceso al mar, es como condenarlas a la desaparición. Evitarlo está en manos de sus gobernantes primero que todo, de las propias comunidades que deben hacerse escuchar y de los turistas que tienen que entender que visitar un lugar es cuidarlo también. Conectar con la cultura local, apoyar los negocios locales y respetar el entorno constituyen un aporte vital para que los paraísos sigan existiendo.
Por fortuna en Colombia está prohibido la privatización de las playas. Y ojalá así siga.