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Editorial

Lo que está en juego no es el precio de la acción

Si los Gilinski logran colarse en el “enroque paisa”, la gran pregunta sería: ¿hasta qué punto podría afectar el estilo de gobierno de estas empresas y su contribución al progreso de Antioquia y el país?
Lo que está en juego no es el precio de la acción
ilustración morphart Publicado el 19 de noviembre de 2021

La oferta de los Gilinski por Nutresa ha dado pie a diversos análisis económicos y bursátiles. Se habla de si son siete mil o diez mil pesos los que van a pagar de más por cada acción —dependiendo de a cómo esté el cambio del dólar— y si es suficiente o no. Se ha explicado por qué la acción de una empresa tan exitosa está tan bajita. Y se ha insistido en que para los fondos de pensiones será difícil negarse a vender las acciones por ese precio.

Pero, en realidad, ese no es el debate que vale la pena dar en este caso. Hay algo más trascendental en juego y tiene que ver con que si Gilinski compra Nutresa, podría ser el principio del fin de un modelo empresarial que ha marcado la historia y ha sido la columna vertebral del progreso de esta región.

A veces tiende a simplificarse lo que significa el “enroque paisa” y se concluye simplemente que las empresas antioqueñas se unieron para evitar que llegaran los grandes conglomerados y se las tomaran. Y eso en parte es verdad. Pero es apenas una parte de la explicación porque los empresarios se asociaron y crearon esta especie de fuerte no solo para proteger lo que llamaron en su momento “el patrimonio industrial de Antioquia”, sino también para echarse al hombro el progreso del departamento.

Y eso no es de ahora o de hace casi medio siglo, cuando nació el GEA; es una característica que está en el ADN de muchas empresas paisas. En 1899, por ejemplo, se unieron los empresarios para crear la Sociedad de Mejoras Públicas, que aún hoy existe y tiene a su cargo el zoológico y el Instituto de Bellas Artes. Y a lo largo del siglo XX se crearon todo tipo de juntas y ligas con el mismo origen y propósito, hasta 1975, cuando los dirigentes de las más importantes empresas se juntaron para crear Proantioquia.

Basta con decir que en sus inicios impulsó la construcción del aeropuerto de Rionegro, la autopista Medellín-Bogotá, y contribuyó a sacar de la crisis al Hospital San Vicente de Paúl. Luego promovió y apoyó la creación de instituciones como Antioquia Presente, para canalizar más eficazmente la solidaridad en desastres naturales; Recuperar, para capacitar y dar empleo a quienes vivían del antiguo basurero de Moravia; y Empresarios por la educación, por mencionar tan solo unas cuantas.

Ese modelo empresarial explica en buena parte por qué el desarrollo en Antioquia tiende a diferenciarse de algunas otras regiones del país. No es lo mismo un mandatario en una ciudad, o en un departamento, solo con su equipo, cada cuatro años, que lo que puede hacer cuando tiene una plataforma institucional ya construida por décadas, en las que el sector privado, la academia y el Estado trabajan de manera solidaria. Eso hace (y en el caso de Antioquia ha hecho) toda la diferencia.

Hay que entender que el Grupo Empresarial Antioqueño es apenas una expresión de este modelo que también se manifiesta en otros importantes grupos de Antioquia, como Éxito, Corona, Orbis, Bios o Corbeta. No sería descabellado sugerir, incluso, que el movimiento que está tan de moda en el mundo, el del capitalismo consciente —que busca que, más allá de la generación de riqueza, las compañías sean más humanas, más amigables con el planeta y generen beneficios sociales—, es el que se ha practicado siempre, con más o menos énfasis, en Antioquia.

Los últimos resultados del índice de sostenibilidad de Dow Jones, revelados en los últimos días, lo ratifican. Seis de las ocho empresas colombianas que aparecen destacadas en el listado son antioqueñas: Grupo Argos, Cementos Argos, Bancolombia, Grupo Nutresa, Grupo Sura e ISA. Es un índice bastante exigente que analiza 600 variables referentes a factores ambientales, laborales, sociales y de gobernanza. En el caso particular de Nutresa, fue reconocido como Líder de Industria, máxima distinción otorgada entre 106 empresas del sector de alimentos.

El hecho de que los Gilinski puedan colarse en el “enroque paisa”, y que, desde adentro, ellos y eventualmente otros empresarios logren tomarse las empresas emblemáticas de Antioquia, obliga a preguntarse: ¿hasta qué punto podrá afectar el estilo de gobierno de estas y su contribución al progreso de la región?

Es una curiosa coincidencia el que, precisamente cuando los empresarios paisas decidieron crear el GEA, la primera misión fue el rescate del Grupo Nutresa (entonces, Compañía Nacional de Chocolates), para lo que se sumaron esfuerzos y se compraron las acciones que Jaime Michelsen había adquirido. El gran interrogante es si 40 años después se repetirá la historia 

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