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La celebración del Grito de Independencia no va a tener un solo escenario, sino tres: la instalación del nuevo Congreso, la movilización de despedida de Gustavo Petro, y el encuentro entre el presidente electo y el gobernador en el túnel del Toyo.
Hay que reconocer que Colombia es el único país del continente cuyo relato de independencia se basa en una anécdota doméstica. Nos independizamos porque un español no quiso prestar un florero. Y lo mejor es que ni siquiera lo necesitábamos: era para adornar una mesa. Obviamente que la gesta libertadora, que mañana cumple 216 años, no empezó como un simple problema de decoración: lo del florero fue apenas la chispa. El malestar contra la Corona llevaba años acumulándose, y les tocaba financiar con “préstamos” las guerras de un rey que estaba preso en Francia.
El genio estuvo en entender que a veces el pueblo no se moviliza por un tratado de veinte páginas, sino por una ofensa que todos pueden entender en dos segundos. Ahí sí hay que quitarse el sombrero: 1810 fue, entre otras cosas, una lección temprana de comunicación estratégica.
El recuerdo nos sirve de abrebocas para hablar de lo que va a ocurrir mañana. La celebración del Grito de Independencia no va a tener un solo escenario, sino tres: la instalación del nuevo Congreso, la movilización de despedida de Gustavo Petro, y el encuentro entre el presidente electo y el gobernador de Antioquia en el túnel del Toyo. Cada uno responde a un cálculo político preciso, y juntos retratan el país que Abelardo de la Espriella está a punto de heredar.
Empecemos por el Capitolio, porque ahí se juega la gobernabilidad. La posesión del nuevo Congreso suele ser un acto de protocolo, pero este año parece un campo de batalla. Se disputa voto a voto la presidencia del Senado entre Alfredo Deluque, el candidato que respalda el presidente electo, y Honorio Henríquez, el que impulsa el Centro Democrático. El hecho de que no se pongan de acuerdo dice algo importante: la coalición que lo llevó al poder no es un bloque, es una alianza entre fuerzas que compartieron adversario —Petro— pero no necesariamente proyecto.
El expresidente Álvaro Uribe lo dejó claro con una imagen: “Si el Tigre ruge contra el Centro Democrático, nos tendremos que volver abejas africanas para defendernos”. Si bien expresó lealtad al nuevo presidente, también dejó claro que su partido se reserva el derecho de picar.
Mientras en el Capitolio se define esa puja, al otro lado de Bogotá ocurre algo que rompe con toda la tradición colombiana. Los presidentes salientes suelen usar sus últimas semanas para empacar, agradecer y desaparecer con dignidad. Petro ha decidido lo contrario: convocó a la ciudadanía a las plazas públicas de Bosa y Ciudad Bolívar, para ir ambientando lo que será su papel como líder de la oposición. La pregunta no es si Petro tiene derecho a hacer oposición después del 7 de agosto, sino si es legítimo usar los últimos días de un mandato, con los recursos que ese mandato todavía le otorga, para montar la batalla siguiente.
Y el tercer Grito de Independencia se dará mañana en el túnel del Toyo, obra que el gobernador Andrés Julián Rendón ha calificado como el símbolo de la resistencia de Antioquia. Es un gesto profundamente simbólico: ese túnel ha sido, si se quiere, el Florero de Llorente de la relación entre Gustavo Petro y Antioquia.
Es la primera fotografía de una relación que todavía está por construirse, entre un departamento que como Antioquia le dio al nuevo presidente uno de cada seis votos con los cuales salió elegido. El gesto importa también por lo que viene después: el martes, De la Espriella se sentará a revisar agenda y proyectos con los alcaldes de los 125 municipios, y el gobernador Rendón le planteará una hoja de ruta de cinco ejes que anticipa en entrevista con este diario.
Vistos juntos, estos tres momentos no son coincidencia de calendario: son el mapa de las tres batallas que definirán el gobierno que empieza. La del Congreso decide si De la Espriella podrá legislar o si pasará cuatro años administrando una coalición que se muerde a sí misma. La de Petro decide qué tan disruptiva será la oposición que hereda, y si Colombia normalizará la idea de que un presidente saliente puede convertirse, sin transición alguna, en jefe de una resistencia callejera financiada hasta el último minuto con recursos del Estado.
Y la del Toyo decide algo distinto: Antioquia no es una región por conquistar, es la base que más lo respaldó —le dio 65% de los votos del departamento y casi el 17% de todo su caudal nacional—. Lo que está en juego ahí no es ganarse una región esquiva, sino algo igual de delicado: si ese respaldo se traduce en resultados de gobierno.
El 20 de julio de 1810 un florero fue apenas el pretexto para independizarse de una Corona. El 20 de julio de 2026 no necesita pretextos: celebramos la Independencia con la convicción de que 216 años después, la Nación sigue en construcción.