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Editorial

Otra vez Piedad

Publicado el 15 de febrero de 2022

Como una gran torre que, piedra sobre piedra, crece cada día más, las evidencias y testimonios sobre la conducta de Piedad Córdoba no hacen más que acumularse. A lo largo de los años van apareciendo más y más indicios y todos, sin importar su origen, apuntan hacia lo mismo: el papel que Córdoba habría tenido en la intermediación de pagos y negocios con el régimen chavista y, peor aún, la manipulación que habría ejercido con los secuestrados por las Farc.

En efecto, nuevas declaraciones, esta vez de su exasesor Andrés Vásquez Moreno, apuntan a que Córdoba, hoy candidata al Senado por el Pacto Histórico, habría jugado un papel central en esa macabra triangulación con las Farc y el régimen de Hugo Chávez, con el fin de lucrarse políticamente de los secuestros que de manera masiva venía practicando esa guerrilla. De acuerdo con el testimonio de Vásquez Moreno, revelado por Noticias Caracol, Córdoba habría actuado como la estratega de un plan en el cual las liberaciones de secuestrados se dosificaban con el fin de darle el mayor rédito político a Hugo Chávez y a ella misma.

Podría decirse que aquel no es más que un simple testimonio, si no fuera porque coincide con los documentos de los computadores de Raúl Reyes, con el libro de Gerardo Reyes sobre Álex Saab, con en el informe del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos y coincide también con la manera como efectivamente se desarrollaron los hechos.

Cómo olvidar, por ejemplo, los espectáculos organizados por el gobierno venezolano, en los cuales, con Chávez y Córdoba como maestros de ceremonias, se exhibía a los secuestrados a los que se iba a liberar para sacar el mayor provecho publicitario de la situación. Estas personas, que pasaban de estar en poder de las Farc a estar en poder del gobierno chavista, eran seres humanos con plenos derechos, cuya libertad les había sido arrebatada de manera violenta, para luego ser convertidas en fichas de un cruel juego político. Según estas versiones, Córdoba era la bisagra central de ese juego. “Lo importante no era la liberación de los secuestrados, lo importante era que ella o Chávez los liberaran”, dice en su versión el señor Vásquez Moreno.

La propia Íngrid Betancourt ha reiterado la veracidad de estas versiones, recordando que su secuestro fue deliberadamente prolongado, al parecer, por idea de Piedad Córdoba. Porque Íngrid era el botín más preciado, la ficha más cara, aquella que involucraba, incluso, a la comunidad internacional, por lo cual de ella se podía sacar el mayor provecho. Semejante crueldad con la vida y la libertad de seres humanos es difícil de concebir.

Rápidamente, las bodegas tuiteras afines al Pacto Histórico han salido a rechazar estas versiones, calificándolas de persecución política. No ofrecen ningún contraargumento ni muestran evidencia; solo cierran filas en torno a la señalada.

No dicen nada tampoco de los señalamientos de acuerdo con los cuales la candidata al Senado habría intermediado de manera sistemática en el problema de los pagos en mora de Venezuela a empresarios colombianos. Recordemos que numerosas empresas que habían vendido a Venezuela se vieron afectadas por suspensiones de sus pagos. Dichos pagos eran manipulados por el régimen, mediante órdenes directas o mediante su control férreo del sistema cambiario. Se mencionaba que en esto habría todo tipo de motivos, desde los puramente políticos (castigar a empresarios tildados de uribistas) hasta, simple y llanamente, echarse al bolsillo una comisión. Hoy el testimonio señala a Córdoba como la intermediaria.

En esas gestiones, por cierto, habría conocido a Álex Saab, hoy acusado de ser el mayor lavador del régimen. Y, como dice una célebre película, ese habría sido el principio de una gran amistad.

La última palabra la tienen los jueces. Lo cual es buena ocasión para recordar que en este caso, como en otros similares, la Justicia tiene ya una acumulada tardanza que empieza a parecer negligencia. Todavía nos deben claridad sobre hechos que ellos se niegan a procesar y sentenciar, aun cuando miles de pruebas e indicios afirmen y sigan afirmando su ocurrencia 

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