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Editorial

Postales del Apocalipsis

Los expertos aseguran que los europeos están siendo testigos de una ola de calor causada, sin duda, por los efectos de la actividad humana. Las probabilidades de vivir este tipo de situaciones se han multiplicado por diez.
Publicado el 23 de julio de 2022

En lo que va del verano, Europa ha padecido los efectos de lo que fue evitable en algún momento. Incendios que han devorado miles y miles de hectáreas de montes, temperaturas abrasadoras que alcanzan récords nunca vistos y cientos de muertos por deshidratación a causa de dos olas de calor en menos de un mes.

Y lo peor es que el asunto se viene agravando en los últimos años. Ya no es un aviso preventivo de esos expertos a los que algunos llegaron a calificar de alarmistas; son los termómetros los que anuncian que ya es una realidad.

Si se mira a España, por ejemplo, en los siete meses que van de este 2022 se han calcinado 193.247 hectáreas forestales, o sea que el 0,38 % del territorio de todo el país está afectado. España es la nación europea más afectada por el fuego. Se trata de incendios absolutamente impredecibles, llamados de “sexta generación”, que son alimentados por las olas de calor y que se extienden con una voracidad que supera la capacidad de cualquier servicio de extinción. Eran fenómenos raros, como el que mató en Portugal a 60 personas en 2017, pero cada vez son más frecuentes.

Ese nombre de “incendios de sexta generación” se refiere a que la energía que liberan es tan fuerte que puede cambiar la meteorología a su alrededor y generar nuevos focos. Y se ven tantos ahora porque las condiciones de precalentamiento, como en los hornos, están dadas por el cambio climático. Cuando se desatan, la única forma de combatirlos es con una estrategia defensiva: se establecen prioridades y se decide qué se quiere salvar. No hay de otra.

Pero el panorama incendiario no es exclusivo de España. En Francia las autoridades llegaron a hablar de un “apocalipsis de calor” cuando las temperaturas alcanzaron los 43 grados centígrados y tuvieron que evacuar a más de 15.000 personas. Cientos de bomberos adicionales se han tenido que desplazar a las zonas más afectadas, incluso a sitios de playa y vacaciones.

Irlanda y Gran Bretaña alcanzaron los 41 grados, temperatura totalmente ajena a su historia y para la cual no están preparadas ni las personas ni las viviendas. Las autoridades británicas declararon emergencia nacional y se llegó a situaciones tan atípicas como tener que envolver con material aislante un puente de hierro sobre el Támesis para que no se rajara. Hasta los trenes de todo el Reino tuvieron que ir a menor velocidad.

Los expertos aseguran que los europeos están siendo testigos de una ola de calor causada, sin duda, por los efectos de la actividad humana. Las probabilidades de vivir este tipo de situaciones se han multiplicado por diez. El cambio climático es una realidad letal que plantea muchos desafíos y que deja víctimas mortales por doquier. En una sola semana murieron en España 510 personas por el calor, mientras que en Portugal lo hacían 659.

Y el asunto no se detiene aquí. Como el calor hace que la calidad del aire disminuya, los hospitales comienzan a sentir una gran presión para atender a un número mayor de personas que acuden por problemas respiratorios. Una carga más para esos servicios de urgencias que estaban empezando a ver cómo aumentaba su trabajo a causa del incremento en los casos de coronavirus.

Este es el momento para plantearse preguntas y debatir sobre cómo deben prepararse las ciudades, y por ende los ciudadanos, para combatir el impacto del cambio climático. Y habrá muchos dilemas éticos que tendrán que contemplarse. Por ejemplo, cómo evitar más víctimas mortales sin tener que usar aire acondicionado para refrescarse, ya que este es dañino para el medio ambiente. Existen alternativas y las autoridades de algunos lugares han comenzado a ponerlas en práctica. Más espacios verdes, más “islas refrescantes” dentro de las ciudades, más árboles. En las zonas rurales habrá que luchar de otra manera, porque definitivamente, entre las heladas y las altas temperaturas, el exceso de lluvia concentrada en pocos días y la sequía prolongada, la producción en las cosechas de los campos europeos comienza a resentirse.

Se requiere imaginación, compromiso y esa gran capacidad de adaptación que tiene el ser humano y que nos ha permitido llegar hasta aquí. Porque lo que se está viviendo al otro lado del Atlántico es solo el anticipo de lo que el mundo entero tendrá que enfrentar 

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