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Editorial

¿Quién para
las fake news?

Lo que parece absurdo es que asuntos de máxima importancia para un país se decidan influidos por los dimes y diretes que circulan en las redes, en lugar de hacerlo a través de fuentes contrastadas.
Publicado el 23 de abril de 2022

La lucha contra la desinformación es compleja y los nuevos casos que aparecen son la comprobación de que el mundo está frente a uno de sus más grandes desafíos. Ya se sabía que en la política, como en la guerra, se ha usado —o, mejor, abusado— de herramientas para distorsionar el debate público, pero hace unos días se comprobó que no hay actividad que se libre de estas prácticas, al quedar desmantelada una red dedicada a transmitir noticias falsas sobre asuntos medioambientales.

La buena noticia es que Meta, el nuevo nombre de la empresa propietaria de Facebook, descubrió y eliminó cuentas de usuarios cuyo objetivo explícito era desinformar sobre ecología. Y lo descubierto no fue poca cosa: se trata de 14 perfiles falsos y 9 páginas de Facebook y de 39 cuentas de Instagram, todo controlado por dos militares brasileños cuyo objetivo era publicar mentiras sobre la verdadera situación que vive la Amazonía en su país. Con más de 25.000 seguidores, estos perfiles y páginas fingían ser organizaciones no gubernamentales y activistas interesados en la preservación del mayor bosque tropical del planeta. Pero lo que hacían era confundir con mensajes del tipo “no todas las quemas son malas para la selva”.

Afortunadamente, el gigante tecnológico logró acabar con esta trama. Y pese a que no revelan muchos detalles del cómo lo consiguieron, se puede concluir que su equipo de investigación y seguimiento de cuentas sospechosas funciona. El informe sobre amenazas que publica trimestralmente Facebook es solo uno de los esfuerzos para combatir la desinformación, que ya ha ocasionado momentos muy complicados en distintos lugares del mundo. Pese a que perseguir ciberdelincuentes es algo así como “corre que te cojo” y a veces puede parecer una labor titánica.

El caso de Brasil llama la atención porque este país es un terreno especialmente fértil para la desinformación, dado que la penetración de las redes sociales es altísima. Según estudios recientes, es uno de los países del mundo donde más horas pasa la ciudadanía frente a las pantallas de computadores y portátiles, moviéndose en diferentes plataformas sociales. En 2018, por ejemplo, WhatsApp se convirtió en trampolín para la propagación de toda clase de noticias falsas sobre las elecciones presidenciales de ese año, en las que ganó el derechista Jair Bolsonaro.

Menos mal que de hechos negativos pueden salir propuestas positivas. Las autoridades electorales de ese país han comenzado a colaborar con otras empresas tecnológicas, como Telegram, para evitar la proliferación de noticias falsas. Pero el camino es largo y tortuoso y requiere ampliar recursos para sostener equipos que día y noche detecten a aquellos que se dedican a desinformar. Es una responsabilidad que compete a quienes controlan y manejan las redes, pero exige también la colaboración ciudadana y el trabajo mancomunado con entidades estatales.

Por otro lado, lo que sí parece absurdo es que asuntos de máxima importancia para un país se decidan influidos por los dimes y diretes que circulan en las redes, en lugar de hacerlo a través de fuentes contrastadas. Tal fue el caso del polémico toque de queda que ordenó el presidente de Perú, Pedro Castillo, basado en informaciones falsas que mostraban saqueos y desmadres que en realidad no estaban ocurriendo ni allí ni en ese momento. Inmovilizar a millones de personas a causa de noticias falsas diseminadas por las redes denota una gran irresponsabilidad. Eso no es tomarle el pulso al ciudadano, eso es dejarse llevar irreflexivamente y decidir en caliente a punta de tweets.

Es muy preocupante comprobar cada día cómo se permea la desinformación aquí y allá, pero a la vez alivia un poco saber que quienes crearon estos espacios de comunicación están asumiendo su responsabilidad no solo con los usuarios, sino con el mundo. Todavía falta mucho, sin duda, para que las redes sociales se conviertan en un espacio virtuoso de comunicación.

Habrá que esperar a ver cómo se desarrolla el tema de la compra de Twitter por parte de Elon Musk. Parece que él quiere insuflar más libertad de opinión en esa plataforma. Ojalá también recuerde que la libertad va intrínsecamente unida a la responsabilidad y el cómo se gestiona ese dilema puede llegar a ser uno de los descubrimientos más importantes de las próximas décadas para la humanidad 

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