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Editorial

Todos contra el bullying

No se puede pemitir más el acoso sicológico o físico continuo en los ambientes escolares. No se trata de una “moda proteccionista” de estos tiempos. Ningún niño puede ser perseguidor de otro.
<span class="priority-content" mlnid="idcon=35264058;order=2.0">Todos contra el bullying</span>
ilustración MORPHART Publicado el 26 de febrero de 2020

Las imágenes del niño australiano Quaden Bayles diciéndole a su madre que no quiere existir más, como consecuencia del infierno del matoneo en su colegio debido a sus problemas congénitos de enanismo, más allá de la conveniencia o no de su publicación y exposición en redes sociales, obligan a pensar en la tarea urgente e inaplazable de trabajar para que los ambientes escolares, bajo ninguna circunstancia, acepten o provoquen existencias y experiencias de discriminación y humillación.

No pueden asomar ni aprobarse conductas de desprecio entre pares, entre compañeros. A la luz de los derechos largamente asimilados y desarrollados por la humanidad, hay que construir y alentar un espíritu de respeto e integración entre los alumnos, niños y adolescentes.

Deben proliferar -esto es que sean suficientes- los mensajes que prevengan y limiten en los menores, y los maestros, cualquier comportamiento que pretenda someter, denigrar o aislar a algún miembro de la comunidad escolar. La aceptación plena de cada ser humano, en el libre desarrollo de su personalidad, tal como lo define la Constitución, debe tener en las instituciones educativas escenarios privilegiados y garantistas.

Ni por su sexo, ni por su origen, ni por su raza, ni por su credo, ni por sus discapacidades, ni por su pensamiento (ideología y política), un niño puede ser maltratado por otros. Hay que frenar y desaparecer en las aulas toda actitud que procree y estimule complejos, taras y vergüenzas, propias o ajenas, impuestas por la equívoca “normalidad” o “superioridad” de otros actores del mundo escolar.

Descuidar o congeniar con esas hostilidades y segregaciones es permitir que se acentúen y se hagan daños a veces irreparables entre niños, y que, en consecuencia, esa misma tolerancia y complicidad con el matoneo se proyecte desde escuelas y colegios como norma de conducta social y “reflejo comportamental”, que luego auspiciará en la adultez la arbitrariedad y el atropello a los derechos de los conciudadanos. La escuela no puede ser un agente de prevenciones, segregaciones y humillaciones automáticas ante las normales diferencias humanas y la diversidad y riqueza genética y cultural de nuestra especie.

Se quieren justificar a veces fórmulas caducas de supervivencia, de cierta selección natural, en el pensamiento de padres y maestros, para que las diferencias y los conflictos de la interacción en el espacio escolar se resuelvan y decanten en la “espontaneidad e inocencia” de los niños.

Actuar así es dejar a su suerte la resolución de problemas y fricciones infantiles y adolescentes que a veces desencadenan y marcan el horror silencioso de la depresión, la inseguridad y la violencia. Hay que intervenir, impedir que vidas prometedoras y ojalá felices se conviertan en los infiernos de niños frustrados y golpeados en su estructura de personalidad por la permisividad e inacción del sistema escolar y sus actores.

Respeto al otro. Esa es la idea sobre la cual se debe fundar cualquier proceso de socialización. La escuela es un espacio definitivo para elevar esa conciencia individual y colectiva. Maestros y padres deben promover en sus acudidos un pensamiento amoroso, considerado y defensor de los derechos propios y los del otro. Es en esa frontera donde podemos encontrarnos, crecer y convivir en procura de un humanismo edificante.

Las sociedades, incluso tan avanzadas y pacíficas como la australiana, no pueden repetir historias de niños de ocho, nueve, diez o más años, en los que brota la desesperanza ante la vida por el peso abrumador de las burlas o los ataques de compañeros de clase, sufridos en medio de la indiferencia o la pasividad de los padres y maestros .

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