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Trump (y la FIFA) en fuera de lugar

El fútbol sin reglas claras corre el riesgo de perder lo que lo distingue de la geopolítica que pretende colonizarlo: la certeza de que, dentro de la cancha, ni el poder ni el dinero alteran el marcador.

hace 1 hora
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  • Trump (y la FIFA) en fuera de lugar

La geopolítica ha encontrado un insospechado nuevo campo de juego: el fútbol. Justo cuando la cumbre de la OTAN en Turquía pone al descubierto las grietas de la relación entre Estados Unidos y Europa, cada vez más deteriorada por aranceles caprichosos y amenazas absurdas, el presidente Donald Trump ha decidido trasladar ese mismo estilo de presión diplomática a las decisiones de la FIFA.

Que un mandatario de la principal potencia global se tome el tiempo para llamar personalmente al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, con el único fin de exigir la revisión de una tarjeta roja contra el delantero estadounidense Folarin Balogun –y dejarla sin efecto–, demuestra una preocupante falta de sentido de Estado. El propio Trump reconoció que ni siquiera sabía qué implicaba una tarjeta roja hasta que le explicaron que dejaría a su jugador estrella fuera del partido contra Bélgica. Que la sanción fuera o no justa es materia de debate. Pero de ahí a que la Casa Blanca movilice a su secretario de Comercio, a un asesor designado como jefe de una “task force” presidencial para el Mundial, y a un ejército de abogados para presionar a un organismo deportivo, media un abismo.

Lo verdaderamente grave no es solo el tráfico de influencias de Trump, sino la flagrante sumisión de la FIFA. Al ceder ante la presión de Washington y suspender el castigo para que el jugador pudiera actuar, el máximo organismo del fútbol mundial cruzó una línea que no había cruzado desde 1962: no ocurría hace más de sesenta años que una expulsión en un Mundial no derivara en sanción efectiva.

El mundo entero quedó como pasmado ante lo ocurrido. A muchos no les cabía en la cabeza que un simple chasquido de dedos del todopoderoso Trump pudiera borrar las reglas del fútbol. Se le dio un duro golpe al fair play que es el alma y lo que hace diferente al deporte.

Los mandamás del fútbol europeo reunidos en la UEFA protestaron con razón y fueron claros al advertir que cuando la certeza de las reglas deja de estar garantizada por sus propios guardianes, la integridad del juego queda en entredicho. Infantino, por su parte, insistió en que sus órganos judiciales son independientes, mientras el mundo entero veía cómo esa independencia parecía derretirse ante una llamada telefónica –cabe anotar que la decisión fue tomada por una sola persona, un delegado de Qatar–.

El premio Nobel Daron Acemoglu, famoso por la investigación de Por qué fracasan las naciones, acusó a Trump de “estar envenenando el bello juego”. “Lo triste y peligroso es que el desprecio repetido del presidente Trump por las reglas está teniendo un efecto en todos los ámbitos. Como en la democracia, una vez que dañas las instituciones del fútbol mundial, y la confianza que la gente tiene en la efectividad e imparcialidad de estas instituciones, las consecuencias serán duraderas”.

Tal vez Infantino no ha dimensionado lo peligroso de esa jugada. Ahora cada episodio que ocurre en el Mundial es interpretado con enormes sospechas a la luz de ese “favor”. Egipto está alterado y no ahorró acusaciones por el papel de la FIFA tras su eliminación a manos de Argentina. O la eliminación de Croacia a manos de Portugal, resuelta en el minuto 102 cuando el VAR anuló el gol de empate de los croatas por un fuera de lugar que ningún ojo humano pudo apreciar ni siquiera en la repetición. Los legendarios Luka Modrić y Zlatan Ibramovich usaron duros calificativos. Y hasta Juanfer Quintero, cuando le preguntaron por los largos recorridos que le había tocado hacer a la Selección para sus partidos, también insinuó dudas sobre la transparencia.

Ninguno de estos episodios prueba, por sí solo, una manipulación deliberada. Pero la suma de todos ellos pinta el retrato de una institución que camina en la cuerda floja, y a la que la intervención de Trump no hizo más que empujarla un poco más cerca del abismo.

A eso se suma que Trump apuntaría ahora a un botín mucho mayor: la sede de la final del Mundial de 2030. Según reportes de la prensa deportiva española —sin confirmación de FIFA ni de la Casa Blanca— el mandatario estaría presionando informalmente para arrebatarle a Madrid la gran final y trasladarla a Marruecos, al megaproyecto del estadio Hassan II en Casablanca.

El deporte rey ya no es un espacio de neutralidad ni de tregua. Bajo la óptica de Trump, el fútbol es simplemente otra herramienta de poder. La FIFA debería recordar que su único patrimonio real es la credibilidad, y esa la tiene bastante tocada. Si cede de nuevo ante el tablero geopolítico de la Casa Blanca, terminará por convertir los estadios en apéndices de la Oficina Oval.

El fútbol sin reglas claras corre el riesgo de perder lo único que en verdad lo distingue de la geopolítica que pretende colonizarlo: la certeza de que, dentro de la cancha, ni el poder ni el dinero alteran el marcador.

La ironía, generosa como siempre, se encargó de poner las cosas en su sitio: Balogun jugó contra Bélgica gracias a la diligencia presidencial, y Estados Unidos perdió 4-1. La Casa Blanca movió sus fichas, la FIFA dobló sus reglas, y el fútbol —que no atiende razones de Estado ni conoce jefes— dictó su propio veredicto, inapelable, sin necesidad de VAR: en la cancha, ni Trump gana siempre.

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