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Algo muy grave está pasando en la política colombiana para que prácticamente todas las campañas terminen incurriendo en conductas indebidas de financiación.
De decepción en decepción puede fácilmente un país perder por completo la fe. Pero todos sabemos que no podemos dejar que eso suceda. En este caso nos referimos a esa bomba atómica que han sido los audios de Oscar Iván Zuluaga, a quien la Fiscalía acaba de imputar tres delitos por el aporte que a su campaña a la Presidencia de 2014 habría hecho la brasileña Odebrecht, famosa hoy por haber propiciado esquemas de corrupción en toda América Latina.
En los audios se escucha que Odebrecht habría pagado 1,6 millones de dólares (cerca de 7.000 millones de pesos de hoy) a un estratega brasileño que ayudó a Zuluaga en la campaña. En Colombia, todos los aportes a campañas deben ser reportados al Consejo Nacional Electoral, y si bien ese pago no lo hicieron desde la campaña, se entiende como una donación que debe ser registrada.
Los pagos a estrategas de campaña han sido polémicos. Cuando Juan Manuel Santos ganó en 2010, su estratega, el venezolano JJ Rendón, decía: “No tengo ningún contrato, no he recibido un peso. Me estoy pagando mi boleto yo, mis gastos yo, mi estadía yo y es a mi cuenta y riesgo”.
Pero volviendo a Zuluaga, para la fecha de los hechos pasarse el tope de financiación no era delito. Sin embargo, la Fiscalía le imputó los delitos de fraude procesal, falsedad en documento privado y enriquecimiento ilícito. Junto a él también fue imputado su hijo David, conocido por sus amplios merecimientos académicos.
Ni Zuluaga ni su hijo David han sido aún condenados, ninguno de los dos aceptó cargos en la audiencia de imputación. No obstante, los audios parecerían indicar una conclusión demoledora, y es la de que Oscar Iván Zuluaga tenía claro los pagos de la multinacional brasileña a su estratega de campaña y no los reportó debidamente. Ello implicaría que la campaña presentó ante las autoridades cuentas que no correspondían a la verdad y de ahí los delitos que le imputan.
Los audios fueron grabados y entregados a la Fiscalía por Daniel García Arizabaleta. Un personaje que inició su vida política en Cali y se le recuerda no solo por la presentación de un certificado falso para posesionarse en un cargo (lo cual le valió destitución de Procuraduría) sino recibir cheques de Odebrecht.
No son pocos los que tendrán en buena estima a García Arizabaleta por haber delatado a Zuluaga. Y es fundamental aplaudir que la verdad salga a flote. Pero queda un sabor amargo al saber que García Arizabaleta, a pesar de haber incurrido en irregularidades, quedará en libertad.
Sobre todo porque en Colombia, está haciendo carrera un nuevo oficio: el de ser corrupto, pero si lo pilla la Fiscalía simplemente delata a otros y sale libre. Así ha pasado con Emilio Tapia, primero en el carrusel de la contratación de Bogotá, salió libre, y después lo volvieron a pescar en Centros Poblados; y también con Federico Gaviria, en el carrusel de Bogotá primero y luego en Odebrecht.
Los hechos que enredan a Zuluaga, insistimos, son una especie de bomba atómica sobre nuestra confianza y nuestra fe. ¿Por qué? Porque la vida política de Oscar Iván Zuluaga, al igual que su destacada carrera empresarial, habían siempre transcurrido dentro de los límites de la excelencia y de la pulcritud, sin que jamás se le hubiera hecho siquiera un señalamiento.
En un país donde los alcaldes suelen ser eje de corrupción, Zuluaga fue un destacado alcalde de Pensilvania, Caldas. Fue luego un senador juicioso, inteligente e intachable, pasando luego al ministerio de Hacienda donde sembró la semilla de instituciones como la regla fiscal. Era, en resumen, un hombre en quien se podía creer.
Nos quedan entonces dos reflexiones.
La primera: algo muy grave está pasando en la política colombiana para que prácticamente todas las campañas terminen incurriendo en conductas indebidas de financiación. Desde el elefante del 94 son ya varios los escándalos sucesivos, todos ellos referidos a la entrada de dineros a las campañas. ¿Acaso se volvió imposible ganar legalmente en Colombia? ¿Acaso se volvió esto un juego en el que, si yo veo que mi rival hace cosas indebidas, entonces yo también tengo que hacerlas? En algún momento alguien tiene que decir no, no más, y jugar limpio aunque el rival juegue de la manera más sucia posible.
Y la segunda reflexión: está en nuestras manos no perder la fe. Indudablemente hechos como el que aquí comentamos nos sacuden y podrían llenarnos de pesimismo. Pero la clave está en que nuestra fe no descanse únicamente en personas, sino en instituciones. Las personas pueden ser volubles y falibles. Pero las instituciones encarnan los valores en los que creemos y en los que apostamos. La fe en ellas, pese a todos los desafíos, es lo que permitirá que nuestros hijos vivan en una Colombia democrática y libre.