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Una nueva oportunidad para el Chocó

Hay otra barrera de la que se habla menos y que el Chocó deberá romper: una forma de hacer política que por décadas utilizó la pobreza como instrumento de poder.

13 de septiembre de 2026
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  • Una nueva oportunidad para el Chocó

“El Chocó no puede volver al 9 de agosto”, dijo la gobernadora Nubia Carolina Córdoba, refiriéndose a que la idea no es volver al Chocó como estaba hace poco más de un mes, sino, ante la avalancha de solidaridad tras el terremoto, entenderlo como la oportunidad para que dé un salto hacia el progreso.

Y lo dice con razón, porque Quibdó, antes de la tragedia, ya era la capital más pobre del país, con seis de cada diez habitantes sin ingresos para cubrir lo básico, y venía de dos semanas de protestas por cortes de energía.

El Chocó no tiene por qué estar condenado al atraso ni a la pobreza, ni por su geografía ni por su historia. Hay que romper ese mito. La reconstrucción es la mejor oportunidad en décadas para dejar de administrar su pobreza y empezar a remover las barreras que la producen.

De ahí la importancia de la cumbre de la semana pasada. El presidente Abelardo de la Espriella llegó a Quibdó con buena parte de los dueños y administradores de las empresas más grandes del país y salió con una lista de compromisos cuya importancia no está solo en el monto, sino en el intento de actuar de manera simultánea sobre problemas estructurales: $1 billón para el aeropuerto de Bahía Solano, cinco vías y el estudio de un corredor interoceánico entre Urabá y el Pacífico; obras de transmisión eléctrica y, mientras llegan, plantas solares y diésel para los hospitales; capital semilla para mil emprendedores y la compra directa de producción chocoana.

A eso se suma Shakira, cuya fundación Pies Descalzos ya está avanzando en la reconstrucción de la Universidad y en siete de diez colegios que prometió.

Son anuncios que dan esperanza y que, de materializarse, responderían a problemas de vieja data. En un estudio de 2007, “¿Por qué es pobre el Chocó?”, del Banco de la República, el economista Jaime Bonet identificó algunos: instituciones débiles de herencia colonial, una geografía que aísla y encarece todo, una economía atada al oro y una desconexión de la economía nacional que sigue ahí, como lo recuerda cada tanto la noticia de derrumbes no pocas veces letales en la vía a Medellín.

Y acá la geografía importa: en Quibdó, uno de los lugares más lluviosos del mundo, caen más de 7.700 milímetros de agua al año, siete veces los de Bogotá y 4,5 veces más que en Medellín. La selva espesa vuelve los problemas logísticos el pan de cada día. Todo cuesta más que en el interior del país, y ese sobrecosto refuerza el círculo vicioso.

Pero hay otra barrera de la que se habla menos y que el Chocó deberá romper: una forma de hacer política que por décadas utilizó la pobreza como instrumento de poder. Más allá del abandono que se alega, también es cierto que con los impuestos de todos los colombianos se han financiado programas, hecho transferencias y obras para el departamento, y una parte de esos recursos ha terminado atrapada en estructuras políticas que no transformaron suficientemente las condiciones de vida de la población. De poco servirá que ahora lleguen más billones si terminan recorriendo los mismos caminos de antes.

Por eso también resulta esperanzador que se esté consolidando una nueva generación de liderazgos, particularmente de mujeres afro, que están demostrando preparación, capacidad de gestión y ambición para ocupar espacios que durante mucho tiempo parecieron vedados. La gobernadora Córdoba puede convertirse en uno de esos símbolos. No porque haya que entregarle un cheque en blanco, sino precisamente porque tendrá que demostrar que es posible gobernar el Chocó de otra manera. Tal vez hoy el principal recurso del Chocó no esté debajo de la tierra ni en sus ríos, sino en una generación que ya no está dispuesta a aceptar que pobreza, dependencia y mala política sean parte inevitable de su identidad.

Hay ejemplos que sirven de inspiración. Otro 9 de agosto, el de 1965, Singapur, una isla tan húmeda y calurosa como el Pacífico colombiano, amaneció expulsada de Malasia, sin recursos naturales y con desempleo de dos dígitos. Su ubicación era una ventaja, y obtuvo riqueza por lo que se hizo con ella.

En 1933, el valle del Tennessee era una de las regiones más pobres de Estados Unidos: la mitad del ingreso promedio del país, malaria en tres de cada diez habitantes, suelos agotados y fincas sin luz. Ese año Roosevelt creó la Tennessee Valley Authority, una agencia federal encargada del río, la electricidad y el campo. En once años levantó 16 represas y al terminar la Segunda Guerra Mundial era el mayor proveedor de electricidad del país.

La lección está en haber entendido que una región atrapada en el atraso no sale de él con proyectos aislados, sino con una estrategia sostenida durante años. El corredor interoceánico, una idea con más de un siglo a cuestas, merece exactamente eso: estudios serios, antes que anuncios y titulares.

El país debe dejar de preguntarse cuánto dinero tiene que transferir al Chocó porque es pobre y comenzar a preguntarse qué debe hacer para que deje de serlo. Y los chocoanos tienen también ante sí la oportunidad de demostrar que una nueva generación de dirigentes puede convertir esos recursos en progreso, en lugar de permitir que vuelvan a desaparecer por los agujeros de siempre. Tal vez esa sea la reconstrucción más importante de todas.

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