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Hoy los colombianos tenemos la oportunidad más importante de nuestra historia reciente de construir la paz. Sabemos que un sinfín de violaciones a los derechos humanos alimentó por décadas un ambiente de desconfianza, y pareciera que apenas comenzamos a preguntarnos cómo fue posible naturalizar tanta violencia. Es fundamental no perder la perspectiva. Hace un año, había quienes no creían que para finales de 2017 ya habríamos sido testigos del desarme de las Farc, el lanzamiento de su partido político y el comienzo de un cese al fuego bilateral con el ELN. Hoy son realidades.
Un año es un periodo corto de tiempo: tomará generaciones construir una paz justa y duradera. ¿Qué nos salvará, entonces, como nación? ¿Qué elemento marcará la diferencia y guiará el rumbo en los próximos años? No tengo dudas: el respeto por los derechos humanos es clave para el tránsito de la guerra a la paz.
El desarrollo de una conciencia colectiva para proteger los derechos humanos nos permitirá tender puentes. Es el triunfo de la gente, de la dignidad por encima de los intereses y la mezquindad. Por eso, anhelo un país cuya expresión no sea la ausencia de conflictos, sino la posibilidad de tramitarlos desde el diálogo, el reconocimiento del otro, la acción política no violenta y la negociación.