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Desde la ciencia también se equivocan

Hay momentos en que los científicos deben admitir sus errores. Algunos casos.

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Por Helena Cortés Gómez | Publicado el 16 de julio de 2020

Ante la amenaza de un virus merodeando, el miedo se apodera de las personas con facilidad. En medio de una pandemia parece no haber otra salida que confiar en la ciencia. Aunque en esta también hay sesgos de los científicos y los políticos, y a veces los investigadores deben asumir que se equivocaron.

Un ejemplo son las discusiones científicas alrededor de la hidroxicloroquina como tratamiento para la covid-19, que han dejado lecciones estos días (Ver recuadros para más detalles de la historia).

No es palabra de dios

Hasta ahora, sugiere el ensayo clínico Recovery, en un examen intermedio de los resultados, con más de 1.500 pacientes asignados a la hidroxicloroquina y 3.000 a placebo, no se observa reducción de la mortalidad ni acortamiento de la internación, y tampoco hay evidencia de que afecte el corazón de quienes la usan, como aseguró la retractación el 4 de junio de los estudios científicos publicados en mayo.

A medida que el coronavirus continúa causando estragos en el mundo, parece haber un creciente interés por los estudios médicos que ofrecen alguna claridad sobre el nuevo virus, pero los defectuosos o con errores, que los hay (ver recuadro), han llevado a la confusión e incluso a teorías de conspiración.

Validada entre expertos

Un buen estudio, explica Luis Fernando García, profesor emérito de la U. de A. y reconocido nacional e internacionalmente por su labor desde el Grupo de inmunología celular e inmunogenética de esta universidad, se construye y se prueba usando el método científico: se encuentra un problema, se recogen datos y se plantea una hipótesis.

Luego esta es probada bajo estrictos controles por otros investigadores expertos en determinadas áreas y los resultados, ya sea que confirme o no la hipótesis, se registran y se desarrolla una conclusión.

La barrera de entrada para las publicaciones de investigaciones en revistas médicas de renombre es bastante alta: la de la Asociación Médica Americana (JAMA) acepta solo el 4 por ciento de los más de 5.300 trabajos de investigación que recibe anualmente.

Según la sabiduría convencional, expresan William Broad y Nicholas Wade, autores de Los enemigos de la verdad (1982), “la ciencia es un proceso estrictamente lógico, la objetividad es la esencia de la actitud del científico hacia su trabajo, y las afirmaciones científicas son rigurosamente controladas por el escrutinio entre pares y la replica de experimentos. A partir de este sistema de autoverificación, el error de todo tipo se descarta rápida e inexorablemente”.

Excepto que ejemplos recientes e históricos (ver recuadros) permiten plantear excepciones a este punto de vista al informar algunos de los casos recientes en los que se descubrió a científicos que publicaban resultados que eran ficticios o simplemente sesgados. “La investigación científica es imperfecta, pero nadie puede negar el avance que ha sido sustentado en esta forma de trabajo, hoy vivimos más y mejor por lo que hemos construido históricamente”.

Alejandro Hincapié, profesor de la Facultad de ciencias farmacéuticas y alimentarias de la U. de A., está convencido de que la ciencia debe acercar a otros, “ser más abierta al escrutinio de otros, más allá de los pares”, pues todas las metodologías, incluidas las más destacadas, tienen sus límites. Por supuesto, pasa en la ciencia, ese sistema de conocimiento que se considera en las sociedades occidentales como el último árbitro de la verdad, agrega Hincapié.

Por su parte, García reconoce que “está hecha por seres humanos que tienen defectos y cometen errores algunas veces voluntariamente, pero otras no”. Y no deja de lado las presiones institucionales al abordar las equivocaciones, que no son de ahora, hay ejemplos en los 500 años en que la historia de la ciencia se ha construido.

Hincapié tampoco desestima los riesgos que implica la institucionalidad para su desarrollo (con las presiones a los investigadores por publicar constantemente). Su conclusión es que la ciencia es la forma más aceptada de generación de conocimiento y de su uso para el bienestar de la humanidad por lo que resulta adecuado tomar decisiones con ella, “pero deberíamos, al menos, llegar a acuerdos sobre no rechazar otros saberes culturales, ancestrales o sociales e inclusive tratar de acercarlos”.

Los procesos erráticos que ha suscitado ayudan a recordar que ella tampoco es un dogma o un cúmulo de reglas que no se puedan cuestiona.r. Aquí unos ejemplos

Contexto de la Noticia

Le pasa hasta a los premios nobel

Un premio de este calibre no es un chaleco antibalas contra los errores a los que puede estar sometido un científico. La americana Frances Arnold ganó el Nobel de Química en 2018 “por la evolución dirigida de las enzimas”. En una serie de publicaciones en Twitter del 2 de enero, la investigadora reveló que un artículo diferente, no relacionado con el Nobel, publicado en mayo de 2019, fue retirado de la muy respetada revista Science.

“El trabajo no ha sido reproducible. Es doloroso admitirlo, pero es importante hacerlo. Me disculpo con todos. Estaba un poco ocupada cuando esto fue presentado, y no hice bien mi trabajo” escribió Arnold desde su cuenta @francesarnold.

El error se dio en el registro de datos tomados en el laboratorio. Otros investigadores se pronunciaron en Twitter elogiando a Arnold, que trabaja en el Instituto Tecnológico de California y forma parte del consejo de administración de la empresa matriz de Google, Alphabet, por admitir su error. “A veces las cosas parecen funcionar, pero luego no lo hacen. La ciencia debería ser un proceso, no el ganador se lleva todo, cueste lo que cueste”, escribió, también en Twitter, el profesor Lee Cronin de la Universidad de Glasgow en Escocia.

Las vacunas no producen autismo

En 2010, doce años después de publicar un estudio histórico que puso a decenas de miles de padres del mundo en contra de la vacuna contra el sarampión, las paperas y la rubéola (SPR) debido a un vínculo implícito con el autismo, la revista médica The Lancet retiró el artículo.

En una declaración publicada el 2 de febrero de ese año, la revista médica británica dijo que estaba claro que “varios elementos” de un documento de 1998 que publicó el doctor Andrew Wakefield y sus colegas “son incorrectos, contrariamente a las conclusiones de una investigación anterior”.

En el journal de la Asociación médica de Canadá (CMAJ) se publicó una editorial en la que se reflexionaba sobre esta situación. “Creo que muchas familias buscaban una razón, por lo que eran extremadamente vulnerables (a esta explicación)”, dijo en este comunicado Jeanette Holden, genetista de la Universidad de Queen en Kingston, Ontario. Holden dirigía el Consorcio de Investigación de Trastornos del Espectro Autista de Canadá. Murió en 2012. Su hermano es autista.

En el Reino Unido, el Organismo de Protección de la Salud atribuyó un gran brote de sarampión en 2008 y 2009 a la disminución simultánea del número de niños que recibieron la vacuna triple viral. También han surgido brotes de sarampión –que pueden ser mortales– en Canadá y Estados Unidos como resultado de la negativa de los padres a vacunar.

Lo que pasó con la hidroxicloroquina

Todo comenzó cuando el médico francés Didier Raoult publicó un estudio polémico que sugería que este medicamento usado para tratar artritis reumatoidea y lupus eritematoso sistémico podría ayudar como tratamiento para la nueva enfermedad que tiene a gran parte de la población enclaustrada. “Desde su concepción hasta su publicación este trabajo tardó un mes y medio en salir a la luz, eso nunca antes lo habíamos visto en la historia de la evidencia científica”, analiza Jaime Alejandro Hincapié García, profesor de la Facultad de ciencias farmacéuticas y alimentarias de la U. de A. La metodología de los procedimientos del francés publicados en abril de este año fue criticada debido a la poca cantidad de pacientes involucrados y detalles no declarados. Poco tiempo después, el 22 de mayo, la revista médica The Lancet publicó otro artículo que contradecía a Raoult. Sus resultados indicaban que este medicamento no era efectivo en los pacientes afectados por el nuevo coronavirus y, lo que más llamó la atención, que era potencialmente dañino para ellos. Esto provocó reacciones en varias instituciones. La Organización Mundial de la Salud frenó los estudios experimentales con este medicamento. Toda la situación generó preocupaciones incluso en pacientes que usan estos medicamentos para sus afecciones. Pero el 4 de junio las revistas The Lancet y New England Journal of Medicine (que también había sugerido evidencia de efectos adversos para el corazón de estos medicamentos), se retractaron. De vuelta al punto inicial, comenta Hincapié. Los investigadores que publicaron en The Lancet declararon: “Ya no podemos dar fe de la veracidad de las fuentes de datos primarios”. El fármaco salió de los ensayos clínicos Recovery (en Europa) en los que se estaba probando.

Si quiere más información:

Helena Cortés Gómez

Periodista, científica frustrada, errante y enamorada de los perros. Eterna aprendiz.


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