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Un libro para entender qué es eso que nos llevamos a la boca

  • La argentina estudió lo que había en la comida al ser madre. Cree que hay que dejar de pensar como consumidor. FOTO colprensa
    La argentina estudió lo que había en la comida al ser madre. Cree que hay que dejar de pensar como consumidor. FOTO colprensa
Por Sergio Villamizar D. | Publicado el 08 de mayo de 2019

Soledad Barruti recordaba bien que en su infancia el consumo de bebidas gaseosas, postres empacados, así como las clásicas papas fritas, eran cosas para disfrutar en ocasiones especiales, pero desde que se convirtió en madre, empezó a ser consciente de que ahora los niños los consumen a diario y desde muy tempranas horas.

Esa fue una de las inquietudes que la llevaron a investigar sobre los ingredientes de estos productos, de dónde salen los colores de las aguas saborizadas, cómo se perfuman las papas fritas y quién inventa los aditivos de nombres impronunciables.

Lo que encontró fue tan asombroso como aterrador. Entendió por qué algunos especialistas hablan del azúcar como el nuevo tabaco. Ahí, su faceta como madre se unió a la de periodista, con el libro Malcomidos y, ahora, Mala Leche, un estudio por distintos países de la región, entre ellos Colombia.

¿Cómo fue la experiencia de realizar esta investigación por América Latina?

“Es un camino que de alguna manera fue natural, porque los problemas que tenemos en Argentina son los mismos que ocurren en la región, son problemas muy particulares de Latinoamérica que tiene que ver con una la transformación del negocio de la venta de alimentos masivos de las mismas marcas que le dan de comer a todo el planeta, quienes volcaron su negocio en América Latina. Durante los últimos diez años se han dado a la tarea de desplazar nuestra cultura gastronómica con efectos devastadores para la salud. De ahí, que han aumentado los casos de obesidad y diabetes, junto a la malnutrición infantil”.

¿Panorama complicado?

“Es una tragedia pasar por algunos lugares y ver lo que comen los niños. A las 9:00 de la mañana están con esas papas procesadas, los jugos de caja, cosas que le están destruyendo la salud. Cuando éramos chicos eso era un alimento esporádico, costoso y no tan fácil de conseguir. Era para una comida de cumpleaños o una festividad, pero hoy la consumen a diario. Es trágico que en Colombia se abandonen las arepas por papitas de paquete. Es impresionante cómo en países como México la obesidad infantil está llegando a niveles impresionantes”

¿Cómo fue la selección de los países que deseaba estudiar?

“Tomé los países que tuvieran una cultura alimentaria rica como México, Colombia, Brasil, lugares donde recorres 100 kilómetros y encuentras otra comida, otras recetas y otra agricultura, donde el campesinado existe y es muy fuerte, pero donde justamente se está dando esta sustitución de alimentos. Es una nueva guerra que no vemos, que está creciendo y cuyo primer propósito es tomar las tierras y producir los mismos ingredientes que tienen todos los productos. En realidad terminamos comprando las cosas que tienen los mismos ingredientes disfrazados con aditivos que dan la sensación de comer cosas que no son”.

¿Quiénes son las víctimas?

“Las víctimas empiezan en los cultivadores que han tenido que dejar de cultivar sus productos autóctonos y son desplazadas de la tierra, para ponerse a producir aceite de palma o producir sólo para grandes empresas”.

¿Cómo es el caso de Argentina?

“Argentina es muy distinto porque no tiene campesinado de una manera muy fuerte. Argentina es un híbrido donde el agronegocio ganó hace rato. Tenemos el 60 % de la tierra cultivable ocupada por Soja transgénica que nosotros no comemos. No hay una cultura alimentaria diversa, se consume casi carne con carne y algunas pastas, por lo que el contraste es brutal. Argentina debería pensarse de nuevo como Latinoamérica y rescatar el campesinado que existe en la tierra y que estaba bastante marginalizado”.

¿Cuáles son las mayores pérdidas?

“Estamos viendo como perdemos el gusto por los sabores verdaderos. Las personas que compran en las góndolas de los supermercados creen tener un gusto propio, pero este sólo responde al gusto que las marcas ofrecen, que son creaciones químicas hechas en base a colorantes, aromatizantes, texturas, que no son, que ofrecen una idea al paladar y que vuelve a las personas muy adictas.

Siempre son los mismos ingredientes, grandes cantidades de azúcar, aceite de mala calidad y harinas. Las personas abandonan el gusto por la tierra, por su identidad y pierden ese vínculo. No debemos perder de vista que todo esta sustitución alimentaria nos exige renunciar a muchas cosas, entre ellas la salud, así como la identidad, el placer real y los vínculos humanos que nos rodea”.

¿Qué encontró en Colombia?

“En Colombia se realizaron ensayos terribles, como los tratados de libre comercio, que hace que zonas de producción lechera vendan mal su producción y, a la vez, tengan que comprar en los supermercados reconstituidos de suero de leche. Una bonanza que nunca llegó y terminan importando pura porquería alimentaria.

Pero también han dado un gran ejemplo en el tema de las semillas. Conocía a campesinos que fueron perseguidos por esas semillas de origen. Afortunadamente ejercieron su poder para mantener su identidad y sus semillas”.

¿Cómo ha sido su propia experiencia?

“Yo abandoné el supermercado completamente, porque descubrí que el supermercado es un símbolo de lo peor de nosotros como humanidad. Donde vimos engaños, donde se confunde la publicidad con información y con un muestrario de la crueldad contra los campesinos.

Cada vez hay más opciones fuera de los supermercados, con los mercados campesinos con productos sanos y precios justos, donde se propone es otra vez un reencuentro entre humanos y no entre marcas”.

¿Generar un consumidor consciente?

“Dejar de pensar como consumidor y ser más personas y ciudadanos para exigir políticas públicas y sacudirnos, porque nos estamos exterminando y el mundo va a un colapso para terminar cambiando el rumbo”.

¿Cómo ha sido el impacto generado de este tipo de investigaciones?

“Por un lado, el lector que quiere saber más, porque hay una necesidad por saber lo que ocurre y es un camino de una sola vía, no vuelven a ser los mismos. Me llegan cartas de personas que cambian y buscan lo saludable.

Por el otro, toda la corriente en contra que vive de esos productos y tienen una legión de médicos y científicos tranquilizadores que trabajan para ellos para que la gente piense que sí son buenos”.


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