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La desnutrición que se camufla en la gordura

  • FOTO JAIME PÉREZ
    FOTO JAIME PÉREZ
Por Helena Cortés Gómez | Publicado el 02 de abril de 2019
Infografía
La desnutrición que se camufla en la gordura
en definitiva

La maneras de comer han cambiado y están afectando a los menores de edad. La desnutrición aguda y la sobrealimentación, en la que también hay falta de nutrientes, conviven en esta población.

Las papas fritas son las “verduras” más comunes entre los niños de 12 y 15 años en América del Norte, señaló un estudio publicado en Journal of Obesity en 2012. Una percepción que debería preocupar al sur del continente ya que algunos médicos y nutricionistas están de acuerdo en que los cambios en hábitos alimenticios de países como Colombia están muy influenciados por esas tendencias.

Hoy es evidente que los niños comen diferente y no siempre de manera saludable (ver infografía). La mamá de Ana* –paciente de la nutricionista Beatriz Rada Solórzano, de la Universidad de Antioquia– ha tenido que vivir el desprecio que su hija le hace a las loncheras que le empaca. La niña de 12 años las intercambia en el colegio por papas y gaseosas.

¿Por qué?
Sobre esto Luz Marina Arboleda, nutricionista de la Escuela de Nutrición de la Universidad de Antioquia con doctorado en ciencias sociales reflexiona: “Un niño en formación quiere encajar en su grupo y después de los setentas a algunos les comenzó a dar pena llevar arroz con huevo al colegio. Las maneras de comer dependen de cierta configuración sobre cómo vemos el mundo y qué es adecuado comer en cada espacio”.

Arboleda agrega que es clave recordar que los contextos de hace 50 años eran diferentes a los de la actualidad. También cuenta que la publicidad refuerza ideales en construcción: “No se consume una gaseosa, sino la chispa de la vida y la unión familiar”.

Rada, por su parte, llama la atención sobre las nuevas fiestas infantiles de moda: “En vez de torta tradicional se están haciendo bizcochos con decoraciones sugestivas con muñecos de Disney, pasta con mucho colorante y azúcar. Ponen estaciones de crispetas, algodón, fresas con chocolate y perro caliente”. Asegura que los adultos están “bombardeando a los niños con calorías y bajos nutrientes en un país rico en frutas”.

Por su parte Jorge Botero, médico nutriólogo pediatra de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia, comenta que “pasamos, muy rápido, de una alimentación que era muy agrícola por nuestros papás y abuelos campesinos, a la occidentalización de la dieta con comidas rápidas y alimentos ultraprocesados (ver glosario)”.

De extremo a extremo

El especialista alerta sobre la situación actual de Colombia, que vive una transición del perfil epidemiológico nutricional debido al cambio de los hábitos alimenticios y el ritmo de vida, al que lo mantienen dos extremos peligrosos.

“En los años setenta y ochenta, la principal problemática en alimentación era la desnutrición. Y para combatir el problema se desarrollaron políticas de suplementación como la bienestarina (alimento de alto valor nutricional desarrollado por el ICBF). En los últimos 20 años ese perfil está cambiando a una prevalencia (es decir, cuántos niños están en riesgo) de desnutrición: cada vez es menor y al contrario se va incrementando la del sobrepeso y la obesidad”.

Esto no es solo una situación de las familias de recursos escasos. A Botero le sorprende cuántos niños con medios y altos niveles económicos tienen algún tipo de déficit de nutrientes y energía en su alimentación.

Además expone que la población de estos chicos convive con la sobrealimentación, lo que se conoce como una doble carga de la enfermedad para Colombia (hay problemas de salud tanto por desnutrición como por malos hábitos alimenticios). Se peca tanto por déficit como por exceso.

Cifras contundentes
La más reciente Encuesta de Situación Nutricional del país (Ensin) 2015 reveló que en niños disminuyó la desnutrición y mostró inquietantes índices de sobrepeso y obesidad. Mientras en 2010 el exceso de peso entre niños de 5 a 12 años era 18,8 %, en 2015 llegó a 24,4 %. Algo similar sucedió entre los adolescentes (de 13 a 17 años): antes esa cifra era de 15,5 % y hoy es de 17,9 %.

En cuanto a la desnutrición crónica (ver glosario) en menores de cinco años cayó. En 1990 era de 26,1 %, pero ahora es de 10,8 %. Y aunque es mucho menor que la tasa mundial (23,2 %), en el medio tiene una dificultad grande por resolver: la crónica en los pueblos indígenas es de 29,6 % y la de la comunidad afro es de 7,2 %.

No sucede lo mismo con la aguda (ver glosario), que pasó de 0,9 % en 2010 a 2,3 % en 2015. Datos contradictorios que aún no se comprenden bien porque cuatro años después el informe no se ha presentado completo.

Para el caso de Medellín, a 2017 el 7,2% de los niños menores de seis años presentaban desnutrición crónica y el 1,1 % tenía desnutrición aguda. Esta es una de las conclusiones del informe “¿Cómo va la primera infancia?” de Medellín Cómo Vamos.

Botero agrega que el problema de la aguda en niños es mortal e imperdonable en pleno siglo XXI. Igual de preocupante es la situación de los que logran sobrevivir. Dice el médico pediatra, quien trabajó por la nutrición infantil en la región del Urabá de 2000 al 2007, que los niños que sobreviven a ella tienen que hacer una adaptación metabólica, es decir, aprender a necesitar muy poco (comida, energía), en condiciones precarias de aprendizaje y con tallas menores a las de su edad.

Esas adaptaciones programan o condicionan sus organismos a la obesidad. Lo que han notado las observaciones de investigadores, anota Botero, es que luego de la adolescencia cualquier alimento que ingieran de más los empujará al sobrepeso de manera desmesurada.

Además, según información de la Clínica Mayo, la desnutrición no tratada puede causar retraso mental o incapacidad física.

Qué hacer

Al presentar algunas conclusiones del Ensin en 2017, el ministro de Salud de la época, Alejandro Gaviria, dijo: “Este panorama muestra que algo no se está haciendo bien”. De hecho su reflexión fue que se necesitan más instrumentos de política pública para combatirlo. Mencionó el asunto de retomar el debate sobre los impuestos a las gaseosas y frente al etiquetado de los alimentos ultraprocesados.

Se ha intentado con algo de éxito, pero aún agridulce. Botero enumera varios proyectos locales que han dado frutos. A nivel regional rescata Maná (este año $ 3.000 millones serán destinados para el modelo de atención con las poblaciones indígenas y $ 15.000 millones se dispondrán para la creación de Centros de Atención para la Seguridad Alimentaria, en 30 municipios, le dijo a este diario Hugo Alexander Díaz, su gerente); en cuanto a Medellín, dice que es una ciudad que de verdad le ha metido la ficha con Buen Comienzo (aumentó su cobertura al 78,7%, con 79.644 menores atendidos en sus sedes, según Medellín Cómo Vamos), y aunque con dificultades también el ICBF a nivel nacional con su estrategia de atención y prevención de la desnutrición infantil. Dicho plan se desarrolla en dos modalidades: 1000 días para cambiar el mundo, enfocado a la atención de niños menores de dos años (con más de 19 mil beneficiarios en 284 municipios) y los Centros De Recuperación Nutricional (que se ubican en 10 departamentos del país).

En el sector privado Gen cero de la Fundación Éxito busca que para 2030 Colombia tenga la primera generación con cero desnutrición crónica. En 2018, contó Paula Escobar, su directora, el programa benefició a 63.487 en 27 departamentos y 123 municipios, 24.072 de ellos fueron de Antioquia. También RedPapaz, añade Botero, “con su campaña No más mentiras ha sido clave para que las familias se informen sobre los peligros de los alimentos megaprocesados”.

Hay estrategias que ya se han intentado poner en marcha, pero, lo dijo el exministro Gaviria, “en la pelea entre la salud pública y la industria no siempre basta con tener el respaldo de la ciencia para salir ganador”.

Y Rada está de acuerdo: “El lobby de las grandes industrias está presionando. Ahí prácticamente nos tenemos que defender”. Por eso la estrategia que usó con Ana* fue enseñarle a su mamá a cocinar “exclusividades” para que a la niña se le hiciera difícil contemplar intercambiarlas.

Ella asegura que hoy los nutricionistas deben mostrarle a sus pacientes cómo cocinar y por eso planeó una sesión educativa con esta mamá preocupada. Hicieron una torta de zanahoria y otra de avena integral de la grande, con ingredientes controlados. “Les agregamos nueces y cuidamos que la presentación fuera atractiva. Aunque estos bizcochos son una mezcla que para muchos no suena saludable, cualitativamente hablando son diferentes a los ultraprocesados”.

También, piénselo, ¿y qué tal si cocina con sus hijos? Involúcrelos en la preparación, pero eso sí, sin muchos dulces, no gaseosas en el tetero ni tampoco papas fritas que se miren como si fueran vegetales.

Contexto de la Noticia

Helena Cortés Gómez

Periodista, científica frustrada, errante y enamorada de los perros. Eterna aprendiz.

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