Editorial

Cumbre Iberoamericana

Con ausencia de muchos presidentes, hoy se instala esta cumbre, en la cual Colombia haría bien en lograr que envíe mensajes inequívocos a la guerrilla. Sobre Venezuela también hay algo qué hacer.
Cumbre Iberoamericana
ilustración ESTEBAN PARÍS Publicado el 28 de octubre de 2016

En medio del desconocimiento e indiferencia generalizados en el país anfitrión, se instala hoy en Cartagena de Indias la XXV Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno, que este año, por proposición de Colombia, versará sobre “Juventud, Emprendimiento y Educación”.

Las Cumbres Iberoamericanas comenzaron en 1991, impulsadas, patrocinadas y llevadas en peso principalmente por España, que vio en ellas la posibilidad de fortalecer su peso en política exterior. Como país “tutelante” de sus excolonias en América Latina, España aprovechó de forma hábil su pretensión de constituirse como puente entre Europa y los países latinoamericanos desprovistos de diplomacias fuertes.

Salvo México, Brasil, Perú, Chile y Argentina, que cuentan con cancillerías respetadas con capacidad de hacerse oír en el resto del mundo, los demás acuden a estas citas como oportunidad de dejar testimonio de reivindicaciones y quejas contra las potencias que, a su juicio, no las dejan prosperar.

Esta Cumbre, que por segunda vez se hace en la misma ciudad colombiana (¿no tendrían Santa Marta, Cali, Bucaramanga, Medellín o Barranquilla, méritos para mostrar diversas facetas del país?) es de las que más ausencias va a tener. Presidentes como los de Brasil, Argentina y Cuba enviarán delegados. Los del eje bolivariano no asistirán. Maduro sigue echando gasolina a su propio incendio, Evo Morales ha manifestado resentimientos con Colombia y Daniel Ortega es hostil a nuestro país desde siempre. De España vendrá el rey Felipe, acuciado por compromisos institucionales en su país que impiden que el presidente Rajoy pase por Cartagena.

Es previsible que el Gobierno colombiano ponga sobre la mesa el proceso de paz con las Farc y el Eln. Normal que lo haga, es parte del ejercicio de una diplomacia inteligente aprovechar esos espacios para fortalecer la legitimidad del Estado colombiano en sus esfuerzos de buscar la terminación del conflicto armado con esas dos guerrillas.

Sería un mejor ejercicio de diplomacia, por supuesto, si Colombia se asegurara que a la par de los habituales mensajes de apoyo a los diálogos de paz, la comunidad iberoamericana también enviara un mensaje inequívoco a las guerrillas, en el sentido de que son ellas quienes más deben poner de su parte para llegar a acuerdos viables, que tengan forma de ser apoyados y legitimados por el pueblo colombiano.

Uno de los miembros de esta comunidad latinoamericana, Venezuela, padece la destrucción de su democracia, la imposición de un régimen autoritario en el cual la separación de poderes no existe en la práctica y donde el poder Legislativo se ve acosado, con serias amenazas de ser aplastado por la violencia institucional del poder Ejecutivo.

La Cumbre Iberoamericana tendría la obligación democrática, pero en primer lugar moral, de enviar algún mensaje a los venezolanos que no ven ningún motivo de esperanza en el corto plazo. Las declaraciones retóricas serían imperdonables. Si el lema de esta Cumbre tiene que ver con la juventud, hay miles de jóvenes que no tienen asomos de un futuro promisorio ni en Venezuela ni en los otros países donde la libertad no existe y el régimen del miedo es impuesto con las más feroces políticas. El silencio de Latinoamérica tiene que terminar.

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