En Cantos de Agua, en el Retiro, Nora Londoño cuida plantas nativas en peligro de extinción
A pocos minutos del casco urbano de El Retiro, Nora Londoño y su familia tienen una finca en la que protegen a las especies nativas en peligro de extinción. Su historia recuerda la importancia de las plantas en la vida del planeta.
Periodista, Magíster en Estudios Literarios.
Sentada en el porche de su casa rural, Nora Londoño dice que ella y su esposo Jorge Toro decidieron irse a vivir al campo apenas se graduaran de la universidad. “Si probábamos un sueldo no hubiéramos salido de Medellín”, dice. Y así lo hicieron: apenas ella recibió su grado en la Universidad de Antioquia y él en el Politécnico Colombiano, se fueron a vivir a una finca ubicada en los límites entre La Unión y Sonsón.
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–No había electrificación y muchas familias obtenían el agua directamente de las cunetas de la carretera –dice Nora mientras mira el vivero, a pocos metros de su casa, donde se ha dedicado a la conservación de especies vegetales nativas de los bosques colombianos. Ahora estamos a menos de diez minutos de El Retiro, en una zona de crecimiento urbanístico enorme.
Nora sigue con el relato de su vida en el campo. Cuenta que allá, en Mi ranchito –la finca fronteriza– construyeron con el tiempo un granja integral, en la que cada cosa se utilizaba para acercase al sueño de los ambientalistas: la autosuficiencia. Los primeros años vivieron dificultades económicas. Con pequeños créditos de la antigua Caja Agraria adquirieron una vaca, una cerda de cría y comenzaron a experimentar con distintas formas de trabajar con la leche.
En un principio hicieron quesos artesanales, pero los frutos económicos no fueron muy halagüeños. Luego echaron mano de una receta de la mamá de Jorge para hacer arequipe, que un comerciante de la zona comenzó a venderle a su clientela. Nora recuerda que fueron años de trabajo de sol a sol en los que hicieron estanques de peces, sembraron comida y tuvieron animales de granja. En el fondo, hasta este punto, la historia de Nora y Jorge repite el sueño paisa de tener una finca. Sin embargo, en su caso, la tierra no sigue las reglas de la producción humana.
Nora dice que durante sus años en Mi ranchito promovió la construcción de un acueducto comunitario. La gente de la vereda puso la mano de obra y el transporte de los materiales mientras ella hizo las gestiones necesarias ante las autoridades locales.
–El proyecto tomó cerca de dos años. La red construida alcanzó siete kilómetros de extensión y permitió llevar agua a 43 familias –dice y al segundo recuerda que hace unos meses una mujer la llamó para contarle que 84 familias reciben ahora agua gracias al acueducto. También dice que durante sus años allá ayudó a la electrificación de las casas y trabajó con los niños de la zona.
Nora detiene el relato. Dice que unos científicos han replanteado la idea básica de la ley de la selección natural, según la cual la competencia es la norma básica en las relaciones entre las distintas especies. De ahí sale la famosa frase que se aplica sin discreción a asuntos por fuera de la biología, pero que ha sido un mapa para entender la vida en el planeta. “La supervivencia del más apto”... para adaptarse a los cambios de los ecosistemas y las contingencias de la realidad.
Pues no. Nora no cree en esa frase. Dice que esos científicos han llegado a una conclusión distinta. No es la competencia sino la cooperación la norma de la vida. Mira su jardín y dice que ella casi a diario ve la forma en que las diferentes matas se ayudan mutuamente, comparten información, savia y vida. De alguna manera, en una finca de este tipo, uno entiende la afirmación de Nora. También, ahí uno percibe el aleteo de eso que Nora llama un espíritu superior. La estridencia del mundo disminuye.
Retoma el hilo de la narración. Dice que con los años Mi Ranchito recibió visitantes interesados en conocer experiencias de desarrollo rural. Corporaciones ambientales y organizaciones campesinas llevaron grupos para aprender procesos relacionados con producción agropecuaria, manejo de recursos naturales y tecnologías apropiadas.
Uno de los proyectos que despertó mayor interés fue la instalación de un biodigestor construido con recursos locales. La estructura aprovechaba el estiércol de los cerdos para producir gas destinado a la cocina. A pesar de que varias entidades consideraron la iniciativa inviable debido a las bajas temperaturas de la zona, el sistema funcionó durante siete años.
Todo esto se vino a pique en 2000.
La vereda de Mi Ranchito fue el escenario de distintos actores del conflicto armado. Aunque Nora y Jorge se mantuvieron alejados de esos teje y manejes, la confrontación en la región los obligó a abandonar el trabajo de 21 años. Dejaron atrás la finca, los animales, las construcciones y todo el patrimonio acumulado durante ese tiempo.
–Salimos con lo que teníamos puesto –dice Nora.
La apicultura fue una de las primeras actividades para empezar de nuevo, esta vez en una casa de El Retiro. Con apoyo de una organización que agrupa reservas naturales de la sociedad civil, Jorge y Nora compraron colmenas. Casi al tiempo, Nora comenzó a trabajar en procesos de educación ambiental con niños de escuelas rurales.
Posteriormente, continuó esa labor junto a Gloria Bermúdez en iniciativas impulsadas por Correcaminos y más tarde en la organización Laboratorio del Espíritu. Durante doce años participó en proyectos pedagógicos orientados a fortalecer la relación de niños y jóvenes con su entorno natural. El trabajo incluía actividades de reconocimiento del territorio, educación ambiental y experiencias que buscaban acercar a los estudiantes rurales a la biodiversidad de sus regiones.
En 2008 surgió una nueva oportunidad.
Junto con Jorge y una familiar compraron Cantos de Agua, el sitio en el que ahora estamos. Nora muestra en una tablet fotos del predio antes de la compra: era un potrero con una casa. La propiedad carecía de cobertura boscosa significativa.
El proceso que siguió se convirtió en una experiencia de restauración ecológica de largo plazo. La familia sembró árboles, recuperó áreas degradadas y montó un vivero para especies nativas. A lo largo de los años incorporaron cientos de plantas obtenidas mediante propagación propia e intercambios con otras personas dedicadas a la restauración ecológica.
El trabajo transformó gradualmente el paisaje. Donde antes predominaban áreas abiertas aparecieron bosques jóvenes, corredores biológicos y espacios destinados a la conservación de flora y fauna.
–¿Pór qué se llama Cantos de Agua?
–Porque la quebrada de allá canta. Se llama La Danta.
Resulta sencillo saber dónde termina la finca de Nora y Jorge. Si hay potrero, no es de ellos, Si hay bosque, sí. La restauración propició cambios visibles en el ecosistema. Con la recuperación del agua aparecieron especies de aves, insectos, anfibios y plantas asociadas a ambientes húmedos.
La experiencia reforzó una convicción que Nora repite en esta entrevista: proteger el bosque implica proteger el agua y, con ello, múltiples formas de vida. Actualmente Cantos de Agua cuenta con un inventario preliminar de 597 especies vegetales registradas. De ellas, 438 son nativas y más de veinte se encuentran en alguna categoría de amenaza. Además, en el predio se han reportado más de 160 especies de aves.
La reserva es un espacio de educación ambiental. Los visitantes participan en recorridos para conocer procesos de restauración ecológica, propagación de especies nativas, manejo agroecológico y conservación de la biodiversidad. La experiencia de casi toda una vida le ha dado a Nora una visión sobre la relación entre las personas y los ecosistemas. Para ella, uno de los principales problemas ambientales radica en el desconocimiento de la biodiversidad.
–Todo lo que no conocemos lo llamamos rastrojo. Y ahí hay muchas especies que son importantes para los ambientes. Por ejemplo, los uvitos de monte. Según un amigo que es experto en esa especie, hay 395 uvitos de monte en Colombia.
Pensada en detalle, el rastrojo es una palabra que dice mucho de la forma en que los humanos nos relacionamos con la naturaleza. En resumida cuentas, aquellas plantas que no tienen una función estética o comestible las metemos en la categoría de las inservibles. Tal actitud nos hace olvidar que no somos los únicos en el planeta. Una planta que a nosotros nos resulta poco vistosa puede ser el sitio en el que un insecto pone sus larvas, una especie que para nosotros tiene un mal sabor, puede ser un manjar para las mariposas o los pájaros.
Nora cree que cuando las personas aprenden a reconocer una planta, un ave o un bosque, establecen vínculos diferentes con ellos y tienen una disposición mayor para protegerlos. Esa creencia orienta buena parte del trabajo que realiza en Cantos de Agua. Los recorridos por la reserva muestran que en el rastrojo existe una enorme diversidad biológica con potencial ecológico, cultural e incluso económico.
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La restauración también ha servido para demostrar que los cambios pueden comenzar en espacios reducidos. Nora sostiene que no es necesario contar con grandes extensiones de tierra para contribuir a la conservación. Sembrar especies nativas, reducir el uso de agroquímicos, crear jardines para polinizadores o permitir que ciertos espacios recuperen cobertura vegetal son acciones cruciales para sostener la vida en el planeta.
–¿Y qué le dices a la gente que cree que estas acciones pequeñas no cambian algo? Al fin y al cabo, los grandes países contaminan...
–Pienso que así como las abejas llevan una gotica de miel a la colmena, uno aporta su gotica de miel. Lo importante es que la gente tome conciencia de que hay otras formas de manejar el predio. Da mucha alegría cuando ves que llegan más colibríes a tu predio, que llegan más aves, que llegan mariposas, que llegan abejas –concluyó.