Nueva ola francesa, de Richard Linklater

Un clásico del cine y el genio que lo creó

Oswaldo Osorio

Esta película es, por supuesto, una carta de amor a la nueva ola, un apasionado homenaje al filme Sin aliento (1960) y una declaración de admiración por el genio de Jean-Luc Godard. Es también, claro, una obra más propicia para cinéfilos, en particular para quienes tenemos un especial aprecio por este movimiento que transformó tan significativamente el cine. Aunque es difícil que este aprecio no sea casi una condición para ser cinéfilo.

Guardadas las proporciones, el cineasta estadounidense que la firma tiene un carácter fílmico similar al del francés, esto en tanto tiene una obra tremendamente disímil entre unas películas y otras, también por su cinefilia y por su permanente espíritu de explorar distintas y nuevas formas expresivas con el cine. Y es que Linklater puede ser un austero director de cine independiente con filmes como Slacker, SuBurbia o The Tape, pasando por títulos tan comerciales como Escuela de rock o Cómplices del engaño, hasta búsquedas estéticas como Waking Life y A Scanner Darkly, así como piezas autorales únicas como Boyhood o la trilogía de Antes de…

Nueva ola francesa (2025) es la ficcionalización del diario de rodaje de Sin aliento. Aunque Linklater empieza enmarcándolo en el estreno de Los 400 golpes (Francois Truffaut, 1959), esto solo es para referenciar al célebre movimiento al que pertenece y, especialmente, para dejar en claro que Godard no es Truffaut, muy a pesar de todos los que rodean a este crítico, que aún no ha hecho un largometraje, quienes quisieran que él también fuera tan cálido personalmente y su cine tan entrañable como el de su amigo.

“Él no es Truffaut… ni siquiera Chabrol.” Repiten constantemente todos. Y efectivamente no lo es, y tal vez esta es la base de la premisa de esta película, a la cual lo que más le interesa es demostrar lo diferente que era Godard, tanto de sus amigos y congéneres como de cualquier cineasta. Y no solo cineastas previos a él, sino también posteriores, afirmo sin temor a ser exagerado. Porque desde las decisiones que empieza a tomar en la preproducción, hasta esos inusuales veinte días de rodaje, todo el relato es una antología de máximas, actitudes y lecciones sobre cómo concebir el cine, el arte, la vida y la búsqueda de nuevas vías, distintas y a contracorriente, para contar, crear y expresarse con imágenes en movimiento.

La seguridad con que Jean-Luc Godard toma estas decisiones y asume el cine tiene mucho de arrogancia y tozudez, pero así debía ser para defender su inusual visión, para que nadie dudara de él y lo siguieran en ese camino sin senda que se estaba abriendo y que haría historia, pero una historia de experimentación y trasgresión que no habría de abandonar aun en sus últimas obras, a los más de los noventa años.

Ahora, para quienes conozcan bien el contexto y los autores de aquel iluminado periodo, así como la ópera prima de Godard, esta película es todo un festín de guiños, citas y homenajes salpicados por el aprecio, la admiración y la nostalgia. Desde el gran parecido de todos los actores con los personajes históricos, hasta el calco de las escenas que reproduce.

En esta misma línea, aunque solo algunas escenas fueron rodadas en fílmico, a toda la película se le dio un acabado como si fuera tal, potenciando el estilo y la textura de los filmes de aquella época, por lo cual verla en una sala de cine le agrega un placer adicional, y casi lo transporta a uno a esos años en que unos jóvenes dijeron que no solo eran directores de cine sino también autores, y con eso redefinieron tanto la forma de hacer muchas películas como la manera de verlas.

 

Reencuentro, de Richard Linklater

Patriotas pero no alienados

Oswaldo Osorio

reencuentro

 

“Cada generación tiene su guerra. Los hombres crean las guerras y las guerras los hacen hombres. Es un asunto que no termina nunca”.  Esto lo dice Sal, uno de los tres veteranos que protagonizan esta película. Ellos tuvieron la de Vietnam y el hijo de Doc, otro de los veteranos, tuvo la de Irak. Un dispar trío padeciendo, entre dos guerras, las decisiones de sus gobernantes. Por eso esta es una historia llena de reproches y carga humanista, pero al mismo tiempo, insuflada de patriotismo y espíritu guerrerista. Continuar leyendo

Boyhood, de Richard Linklater

Una vida en la pantalla

Oswaldo Osorio


El elemento que más moldea y manipula el cine es el tiempo. Se habla del cine como el arte de la síntesis del tiempo. Pero además de sintetizarlo, también lo expande, lo corta, lo deforma y lo trastoca. Esta película, por ejemplo, desarrolla una historia de doce años en casi tres horas de argumento. La diferencia es que mientras a cualquier filme le toma unas semanas rodar un relato, este se demoró los mismos doce años que dura la historia que cuenta.

Entonces se ve transcurrir la infancia y la adolescencia de Mason en la pantalla, la actitud como asume la vida y la relación con sus familiares y amigos. Y luego de la sorpresa de ver crecer a este niño y ver envejecer a sus padres a lo largo del relato, se impone la pregunta: ¿Era necesario esto, por qué no usaron varios actores para el uno y maquillaje para los otros como lo ha hecho siempre el cine? Pero inmediatamente surge la respuesta: Porque el efecto habría sido distinto.

Richard Linklater prescinde de manipular el transcurso del tiempo, quitándole todo el efectismo e  ilusión que normalmente son usados en estos casos. Ya lo había hecho de cierta manera con su trilogía de Antes del amanecer (1995), Antes del atardecer (2004) y Antes de la media noche (2013), en las que cuenta la historia de una misma pareja durante dieciocho años. Es como ser testigos del cauce del río del tiempo, es como ver transcurrir la vida misma, con todas las alegrías y estragos de la cotidianidad, incluyendo tanto los tiempos muertos como los más intensos y dramáticos.

El relato, naturalmente, salta de año en año (Linklater rodaba dos semanas cada año) y muestra la vida en general sin sobresaltos de Mason, con su mirada entre calmada y confundida por los sucesos de su entorno familiar, empezando por el desfile de padrastros, las frecuentes mudanzas y la evolución de la relación con su padre. Este último es el que evidencia el cambio más radical en esos doce años. Pasa de ser un hombre rebelde y hasta un poco irresponsable, a ser un adulto incrustado en el sistema con su nueva familia y una camioneta. Es un cambio del que el personaje es consciente y por ello se muestra resignado y la película, por su parte, lo presenta como algo inevitable, aunque reprochable.

Esa vida sin sobresaltos, mirándola en retrospectiva, resulta un poco ordinaria. Revela una suerte de anestesiamiento existencial de una familia de clase media estadounidense. Para los niños parece solo un lapso de preparación para la vida y para los adultos, sobre todo para la madre, al parecer es el periodo más importante  de su vida. En cualquiera de los dos casos es un panorama un poco gris y uniforme. En la historia están presentes algunos momentos de felicidad y pequeñas alegrías cotidianas, que en últimas se supone que de eso se trata la vida, pero el director no hace mucho énfasis en estos.

Pero independientemente de las conclusiones que cada quien saque de esta cinta, lo cierto es que se trata de un audaz experimento narrativo y de punto de vista. Linklater apela a las posibilidades del montaje para concentrar orgánicamente una historia de vida que tiene ya una potente cohesión por el realismo en el tiempo que transcurre para los personajes. Es la vida ante la pantalla, tanto por su inédita concepción del tiempo como por el seguimiento que hace a este niño y a su familia.