Dogman, de Matteo Garrone

Nobleza animal

Oswaldo Osorio

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La violencia tiene muchas caras y combinaciones. El cine lo ha dejado claro en cada película que cruza a un personaje o situación particular con un acto de fuerza. Ya Garrone lo había hecho en diversas ocasiones, pero sobre todo con la potente y visceral Gomorra (2008), un filme sobre la mafia napolitana. En esta ocasión, se trata de un peluquero de perros y su amistad con un hombre violento y abusador. De esa combinación resulta un relato de tono ambiguo y desgarrador, una tragedia sucia y marginal que difícilmente se olvidará.

Está basada en un célebre y cruento crimen de los años ochenta, pero que el director decide adaptar de forma libre y especulativa. Marcello es un hombrecito noble y tranquilo, cariñoso con los perros que atiende y con una dulce relación con su pequeña hija. Pero al mismo tiempo, trafica con cocaína y es cómplice de robos con Simone, su violento amigo. Esta contradicción entre su personalidad y sus actos es lo que le da el valor diferencial a esta película, pues la ambigüedad entre identificarse con el protagonista y reprochar su comportamiento es la sensación que acompaña de principio a fin al espectador.

El contexto en que se desarrolla esta historia también resulta repelente e inquietante. Un barrio cerca al mar con un paisaje casi post apocalíptico. Todo es viejo, derruido y sucio. Un espacio que alberga a una comunidad también ambigua, definida por la calidez de la camaradería, pero al tiempo con la actitud de un pueblo sin ley. Esta atmósfera complementa al esmirriado Marcello, que buena parte del relato anda abatido y aporreado, como un pero callejero al que todos le tienen cariño pero que, al final, a nadie le importa.

Las vicisitudes que protagoniza Marcello y su irredento camino hacia la fatalidad resulta un buen ejemplo de lo que es la tragedia en el sentido clásico. La nobleza del personaje contrapuesta al funesto final, es lo que define a este género dramatúrgico y al relato de Garrone; una nobleza emotivamente ilustrada con el episodio en que Marcello regresa a rescatar a un perrito metido en un enfriador, y un final funesto que deja al público contrariado y en vilo con esas silenciosas y desoladoras imágenes antes de los créditos.

No se trata de la violencia pública y trepidante de Gomorra, sino de una suerte de violencia íntima y anómala por vía de un singular hombre lleno de contradicciones y, por eso mismo, tremendamente complejo y atractivo como personaje. Los actos que al final acomete, resultan siendo una experiencia escasa para el espectador por toda la mezcla de variables que se presentan en ese acto de violencia y en su perpetrador. Allí puede haber confusión, frustración, sorpresa, lástima, repudio, desesperación, impotencia, rabia y hasta una muda satisfacción.

Ad Astra y los viajes espaciales

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Oswaldo Osorio

Las misiones y viajes espaciales en el cine  parecen ser un medio propicio para reflexionar, de forma compleja y hasta trascendental, sobre asuntos esenciales, como la naturaleza humana, el sentido de la existencia y el destino de la humanidad. Eso está claro desde hace medio siglo con  2001: Una odisea espacial (Stanley Kubrick, 1968). La nueva película de James Gray, Ad Astra, parece tener esas pretensiones, pero termina anegándose en un sobre expuesto conflicto emocional del protagonista sin peso ni fuerza.

Kubrick en su odisea sorprendió con novedades en los efectos especiales, el realismo científico y un abstracto argumento que hacía alusión a esos temas esenciales mencionados antes. Ese fue el punto de referencia para quienes querían hacer de la ciencia ficción y los viajes por el cosmos algo más que pirotécnicas aventuras para un público infantilizado, además de ser la película con la que definitivamente la ciencia ficción dejó de ser un género menor.

Era la época de la Guerra fría y la carrera espacial, por lo que a este primer golpe de cine del occidente capitalista, respondió su contraparte socialista con Solaris (Andréi Tarkovski, 1972), con un relato aún más introspectivo y complejo, pero no menos cuidadoso en su concepción visual, incluso anteponiendo el componente dramático sobre el género cinematográfico.

Luego del éxito de La guerra de las galaxias (Georges Lucas, 1977), el público volvería a esa infantilización y, al menos en la línea de viajes espaciales, habría que esperar a que Contacto (Robert Zemeckis, 1997), basada nada menos que en un libro de Carl Sagan, le devolviera ese aire trascendental a este tipo de relatos. Incluso otra película de Hollywood de ese mismo año, Horizonte final (Paul W. S. Anderson, 1997) de cierta forma lo logró, a pesar de que tenía un componente de cine de horror.

Hasta las comedias como Guía del autoestopista galáctico (Douglas Adams, 2005) que han emprendido este largo viaje, en medio de su ingenioso humor le dan puntadas a esas ideas de peso que se quedan luego de que la película se termina. De las misma forma que lo hizo Danny Boyle con Sunshine (2007) o Christopher Nolan con  Interestelar (2014). Filmes que en su misión de salvar a la Tierra emprenden un viaje que, de nuevo, sirve como excusa para plantear serios cuestionamientos sobre la humanidad y cómo esta se relaciona con el tiempo y con el cosmos.

Es por eso que ad Astra solo se puede ver como una película indecisa entre esa trascendentalidad (que finalmente cambia por sensiblería) y su afán por incrustarle de mala manera algunas secuencias de acción forzadas o innecesarias, como la de los “simios asesinos espaciales”, que parecen sacados de la trama de una película de serie B.

 

Los días de la ballena, de Catalina Arroyave

Encallada pero no callada

Oswaldo Osorio

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La ciudad de Medellín casi siempre ha sido contada desde la marginalidad y la violencia. Pero ya hay varias películas, como Apocalípsur, Lo azul del cielo, Matar a Jesús y ahora esta ópera prima de Catalina Arroyave, que proponen contarla desde otro punto de vista o cruzan las diferentes ciudades que hay representadas en sus personajes y sectores. De ese cruce surge el conflicto central de una historia que definitivamente tiene su propio tono, y que hace un colorido retrato de la ciudad, en el que están presentes tanto el amor y la ilusión como la desazón y la violencia.

La primera tentación al ver la película es relacionarla con Los nadie (Juan Sebastián Mesa, 2016), por todos los elementos que tienen en común. Pero si bien puede haber relación, lo que no puede hacerse es una comparación valorativa, pues cada una tiene una actitud y una voz diferentes. Mientras Los nadie opta por la irreverencia y el desencanto, Los días de la ballena se inclina por la resistencia y la esperanza. Es decir, cuando la primera habla de esta ciudad desde un talante existencial, la segunda lo hace desde el ideológico, y en esa medida son obras muy distintas.

Simón y Cristina son dos jóvenes graffiteros que pasan sus días entre marcar los muros de la ciudad con sus obras y sobrellevar una ambigua relación como amigos, colegas y enamorados. En este sentido el relato se muestra intimista y espontáneo, incluso pueden resultar reveladores, para el público que no pertenezca a esa generación, los matices y el espectro de emociones y sentimientos que están en juego entre un grupo de jóvenes que pintan paredes sin ser delincuentes, fuman mariguana sin ser drogadictos y asumen unos compromisos sociales sin ser activistas.

A estas relaciones y conflictos íntimos se suma una problemática externa cuando su arte se enfrenta a los violentos del barrio. Cada quien quiere apropiarse de la ciudad a su manera, la cuestión es que los combos lo hacen por coerción e imponiendo la fuerza. Aquí es donde la película se la juega por la resistencia, con argumentos y con actitud por parte de sus personajes. Aunque es una lucha desigual, la cual parece terminar en una trunca derrota, y es en esto, tal vez, en lo que da la impresión de no ser consecuente la película con todo el planteamiento que traía.

El relato es animado por el contrapunto entre el intimismo de los protagonistas en su relación entre sí con su entorno inmediato (amigos y familia) y ese conflicto central fuerte de su confrontación con los violentos. La narración sabe pasar de lo uno a lo otro con buen sentido del ritmo, un ritmo acompasado no solo por el montaje, sino también por la diversidad de la música, el color que lo salpica todo, el raudo paisaje urbano y tal vez alguna ballena encallada en la ciudad.

Monos, de Alejandro landes

La animalidad de la guerra

Oswaldo Osorio

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La guerra en el cine colombiano ya ha sido narrada muchas veces, casi siempre apelando al realismo y desde el punto de vista de las víctimas. Incluso temas como el reclutamiento a menores, el secuestro y las dinámicas en las jerarquías y relaciones al interior de los grupos armados también  han sido temas tocados en diferentes producciones. No obstante, aunque esta película de Alejandro Landes tiene un poco de todo eso, marca claras diferencias con sus antecesoras en el acercamiento que propone.

La primera gran diferencia es el tono en que está planteada la historia y la naturaleza de sus personajes. Son imágenes realistas pero al servicio de la metáfora y el simbolismo. Ese escuadrón de adolescentes alineados en la dureza y la crueldad del conflicto  y comandados por un inquietante hombrecillo de apariencia contradictoria, se conducen en un universo no realista que solo puede leerse como una estilización que busca conferirle un sentido épico y estético a ese contexto muchas veces trivializado por el cine, la televisión y los noticieros.

La misión de estos jóvenes guerreros es cuidar a una ingeniera estadounidense secuestrada y mantenerse cohesionados fieles a las reglas de la organización y a las líneas de mando. Pero a fin de cuentas son adolescentes y seres humanos volubles y vulnerables. Entonces, bajo tal condición y en ese contexto de tensionante violencia, el relato toma una dirección que hace recordar a El señor de las moscas. El descontrol, la pérdida del sentido primario de la misión y el surgimiento de facciones, desconfianzas y violencias al interior del grupo se toma el relato.

Consecuentemente, la progresión dramática de la narración se dispara a niveles de locura y delirio. Todo esto carburado por el contrapunto entre el realismo y esa suerte de épica alegórica, lo cual genera una turbadora contradicción producida por estar ante una retorcida fábula que, al mismo tiempo, hace alusión directa a los horrores de la guerra que padeció el país hasta hace poco y de la que aún quedan desventurados remanentes.

El arte cuando más miente y más exagera puede ser más efectivo y contundente para comunicar lo que quiere, y en esta película ese componente épico y delirante exacerba la realidad que está contando: la selva es más espesa y amenazante, la violencia más enfática y las suspicacias y traiciones más temibles. Entonces la animalidad y el salvajismo se apoderan de esta manada de jóvenes, lo cual ya es sugerido desde su mismo título.

Toda esta exacerbación está acompañada por una factura de gran nivel y una estética igualmente épica y grandilocuente que crea el contexto visual ideal a lo que, sin duda, es lo más llamativo y agresivo de toda la propuesta: los personajes, sus relaciones entre sí y las interpretaciones. Tampoco hay realismo en este aspecto, lo que hay son excesos y manierismos, pero que en ningún momento se distancian de la premisa de reflejar y comentar los horrores de la guerra. Es un juego de la ficción al que el espectador debe entrar so pena de terminar desaprobando la película por hacer una lectura a partir de parámetros distintos, como el realismo o las dinámicas y acontecimientos exactos del conflicto colombiano.

Porque la premisa formal y narrativa no da para sutilezas o trazos miméticos, todo lo contrario, se trata de picos dramáticos y actorales fuertes, figuras estilizadas con grandes brillos y colores, peripecias enfáticas que rizan el rizo de la trama, y todo en función de hablar de la guerra, sus efectos deshumanizantes y perniciosas consecuencias. Ya otros se ocuparán de la filigrana y el realismo, el cine da para todo.

 

Intercambio de reinas, de Marc Dugai

Monarcas sin poder

Oswaldo Osorio

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Hace poco escribí sobre Las dos reinas (Josie Rourke), una cinta acerca del conflicto entre la Reina Elizabeth I y su prima Mary de Escocia. Lo proponía como un filme igual a casi todos sobre las monarquías europeas, pero con la novedad de querer abordar la trama y sus personajes desde el empoderamiento femenino, que es una de las agendas ideológicas del cine actual. Pero en Intercambio de reinas, a pesar de tener los mismos componentes, la posición de la mujer vuelve a ser menos que adversa y el relato lo enfatiza con toda contundencia.

Basada en Cambio de princesas, una novela de Chantal Thomas, la historia da cuenta de un matrimonio doble entre los herederos al trono de Francia y España en el siglo XVIII, cuando el hijo de Felipe V, Luis I de España, de 15 años, se casó con la francesa Luisa Isabel de Orleans, de 12; y Luis XV de Francia, de 11, con la infanta española Mariana Victoria de Borbón, de 4 años. Esto básicamente es trata de niños, pero como era un asunto de poder, además naturalizado por siglos, nadie lo cuestionaba ni lo veía de la mala manera que ahora lo podemos ver.

La ralea real nacía y fue siempre educada para eso, para dar continuidad a una estirpe que preservara el poder. Parecían privilegiados a los ojos de todos, pero en realidad, como queda claramente constatado en esta película, como individuos eran prisioneros de un sistema. Simplemente resultaban siendo piezas de intercambio entre las casas reales –las cuales se podían devolver si estaban defectuosas- en función solo de los intereses de la corona, suprimiendo cualquier albedrío de la persona, más aún si se trataba de niños, como en este caso.

Desde la perspectiva actual, llanamente se trata de una severa opresión a estos niños, quienes no tenían voz y eran instruidos en unas buenas maneras que los constreñía a ocultar sus emociones. Puro maltrato sicológico por vía institucional y por derecho divino. Por eso esta es una película tremendamente triste, porque no solo da cuenta de la consabida soledad y frialdad del poder, sino que eso se potencia al tratarse de niños. Sobre todo parte el corazón ver a la infanta soportar incólume la impositiva situación y los desplantes y comentarios de su imberbe esposo. No es de extrañar que de estas circunstancias surgieran los tiranos del futuro.

La película, además, sabe ofrecer las diversas variantes de esta condición desde sus cuatro protagonistas. Mientras las dos niñas son la doble y opuesta cara de la rebeldía y la sumisión frente a ese estado de cosas, los dos jóvenes representan, de un lado, la serenidad, y del otro, la torpeza de esos regentes que definirán el destino de toda una nación por el simple derecho de cuna.

Por eso se trata de una película reveladora de un novedoso sentido, que muy escasamente se puede vislumbrar en esos reiterativos y cansados filmes de cortes, palacios y monarcas. Si Las dos reinas introducía desde la perspectiva histórica el empoderamiento femenino, Intercambio de reinas  nos da una casi inédita visión del muchas veces tortuoso papel que la infancia jugaba en estos malabares del poder.

 

Cyrano Mon Amour, de Alexis Michalik

Teatro en el teatro en el cine

Oswaldo Osorio

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“Somos artesanos de lo efímero”, dice un personaje de esta película al referirse al trabajo de los actores. Una frase que, justamente por esos años, empezaba a perder algo de su validez porque acababa de nacer el cine, y con él, ya una actuación podía quedar plasmada en el tiempo a través del celuloide. Así se desarrolla esta historia, entre las vicisitudes de lo efímero del teatro y la permanencia en el tiempo de una película. Dos artes hermanas que en este relato muestran lo mejor de su espíritu y poesía.

También se trata de la historia de dos hombres, ambos en construcción: el poeta y dramaturgo francés Edmond Rostand (el título original de la película es su nombre de pila), quien titubea acerca de su talento y vocación; y el personaje de Cyrano de Bergerac, que va tomando forma en cada escena del filme hasta convertirse en uno de los más populares del teatro y el cine francés, esto por las incontables veces que ha sido llevado a las tablas y las tantas otras que se ha adaptado a la pantalla.

Se diría que Edmund y Cyrano se encuentran por casualidad, pero en la creación la casualidad no existe, más bien los autores terminan encontrando sus temas, personajes y su voz porque sabían lo que estaban buscando. Entonces la película es una deliciosa y refinada comedia que da cuenta del proceso de este encuentro, así como de la forma en que Edmund, entre episodios de nerviosismo y la epifanía, se inspira para construir aquí un bello verso, allá otro pedazo de la trama y poco a poco al célebre narigón, poeta y espadachín.

El amor, y la inspiración por vía de este, también es un tema central del filme. Tanto el amor real, como el platónico y el idealizado por las palabras son los que mueven a los personajes y sus circunstancias. De hecho, Cyrano de Bergerac es un triángulo amoroso, y la película misma está constituida por dos de esos triángulos, y ciertamente resulta que esta es la figura que mayor intensidad dramática y posibilidades argumentales puede dar a las tantas variables del amor.

Igualmente, es la historia de la mejor ciudad del mundo en la mejor de sus épocas: París al final del siglo XIX, con los pintores cambiando la historia del arte, la gran Sarah Bernhardt presentándose cada noche entre las muchas obras del cartel y, en medio de ellas, el cine haciendo tímidamente su aparición en el saloncito de un café. Todo este ambiente es reconstruido aquí con una connotación de vitalidad y emoción, e impregnado con esa “alegría de vivir” de la que todavía se hablaba por esos años.

Es una bella y estimulante comedia, donde el teatro dentro del teatro es mostrado por el cine, y donde se puede ser testigo de la alquimia de la creación y los aprietos de la producción. Una película sobre la creación, el amor y la inspiración que devela el funcionamiento de ese universo falso que es concebido para hablar de lo verdadero.

 

Dolor y gloria, de Almodóvar

Recapitulación de vida

Oswaldo Osorio

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Almodóvar (ya no necesita el nombre) siempre ha sido sincero con su cine, pero en esta película hace de esa sinceridad la esencia de su propuesta. Luego de más de una década de balbuceos y salidas en falso con sus historias vuelve a mostrar su talento y corazón de la mano de una película autobiográfica, en la cual recapitula algunos momentos, sensaciones y personajes de su vida para crear un relato sólido, emotivo y lleno de guiños para quienes conocen su vida y obra.

De nuevo se trata de la historia de un director de cine, pero en esta ocasión es más él que cualquier otra alusión de ficción que haya hecho a su oficio antes. Se trata de un director envejecido y achacoso, anegado en una crisis creativa que lo lleva a devolverse al pasado y casi a caer en las fauces de la adicción. Su primera pasión, su primer amor verdadero y su madre son los motivos que mueven este argumento y sus emociones, que las hay muchas y bella y sutilmente desarrolladas.

Con un melodrama depurado por la experiencia y su dedicación a pensar y expresar las emociones y sentimientos, Almodóvar recurre, como pocas veces lo ha hecho, a una historia de hombres, sobre todo de uno, que parece él mismo, una autoficción, como le reprocha su madre en la película (y seguramente alguna vez en la vida real). Por eso esta historia tiene una conexión directa con, justamente, su última mejor película: Volver (2006), en la que desatiende los reclamos de su madre y habla de ella y un poco de su infancia, como lo hace aquí también.

Entre la historia de un director achacoso y un niño vivaz y precoz va dando saltos el relato, por lo que en algún momento parece una inconexa relación de eventos aotobiográficos, pero paulatinamente el leitmotiv emocional va tomando forma hasta quedar perfectamente redondeado hacia el final. Porque, en retrospectiva, se evidencia un universo cruzado por los mismos sentimientos dirigidos a distintos momentos y personajes, todo ello recalando en ese oficio de contador de historias, ya en un espontáneo relato, un guion o una película.

El Almodóvar que se puede ver aquí es uno que ya ha sabido tomar distancia de sus excesos y delirios, de sus facilismos dramatúrgicos y temas provocadores. Este Almodóvar parece ser ese viejo achacoso que se ve al final de esta película y que por fin decide romper con el vacío creativo que lo había aquejado. Entonces el personaje y el autor se funden en una película (como lo sugiere la imagen que acompaña este texto) llena de momentos emotivos y conmovedores, constituida por episodios que parecen ir a la deriva en una rememoración fílmica autobiográfica, pero que finalmente resultan ser un universo emocional orgánico y lleno de sentidos.

Y así es como el miedo de ver a un admirado director envejecido desaparece, y nace la esperanza de que estamos ante un nuevo envión creativo de uno de los autores más importantes y entrañables de nuestro tiempo.

 

Homo botanicus, de Guillermo Quintero

El jardín infinito

Oswaldo Osorio

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Ante la mención de la categoría de Cine científico, es posible encontrar reticencias por lo áridos que puedan parecer sus contenidos y tratamiento. Y si bien esta película podría entrar en esa categoría, decir que es un filme científico sería encasillarlo y tal vez restarle posibilidades con el público por las mencionadas reticencias. Esta película es un documental, y punto, con todo lo que implica este tipo de discurso: esa fascinación por unos temas y sujetos que sabe transmitir al espectador, su tratamiento creativo de una realidad y, a fin de cuentas, el relato de una historia contada con inteligencia y pasión.

Como ya es bastante habitual en el documental contemporáneo, el director hace parte de ese universo del que quiere dar cuenta. Guillermo Quintero antes hacía esa labor  que sus dos personajes desarrollan durante toda la película: internarse en los bosques nativos de Colombia y recolectar muestras de especies vegetales para su clasificación. Ahora regresa a su antiguo maestro, ya trabajando con otro discípulo, y los sigue por la espesura de la naturaleza en esa tarea que él mismo califica como infinita y que, incluso, cuestiona lo necesaria o inabarcable que puede ser.

Pero si en algún momento hay dudas, estas se empiezan a despejar con el compromiso, comprensión y casi cariño con que el director expone finalmente, con su propia voz incluso, esa ingente labor a lo largo de su relato. Sin mucho alarde en su concepción visual y su montaje, la película sigue de cerca y juiciosamente a maestro y discípulo en sus funciones de botánicos entregados y apasionados. Entonces el espectador puede empezar a comprender ese universo y sus dinámicas, justamente, a partir del entusiasmo de estos dos hombres, o más bien tres, si se cuenta al director.

El relato también pone en evidencia, de distintas maneras, ese sentido último que tiene la existencia humana: la transmisión del conocimiento, ya por vía del rigor en el trabajo de recolectar y clasificar especies de los botánicos desde Humbolt hasta el joven aprendiz de este documental, o a partir de la relación entre los dos personajes de esta película, en la que hay una armonía y una dinámica de cambios de estados entre la verticalidad, por la transmisión de ese conocimiento, y la horizontalidad, por el colegaje en que trabajan y la entrega a esa labor que los une.

La sinopsis de esta película y su posible clasificación dentro del Cine científico podría hacerla parecer un producto cinematográfico poco atractivo, por lo especializado y específico de su tema, incluso por la naturaleza de sus dos protagonistas, pero el caso es que con este material su director, seguramente por esa mencionada cercanía, es capaz de construir un relato envolvente y hasta revelador, así como dar cuenta de unos personajes con los que espectador inevitablemente empatiza  y hasta pude llegar a sentir admiración.

El cuento de las comadrejas, de Juan José Campanella

Del cine, la vejez y la muerte

Oswaldo Osorio

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Las comedias negras siempre se agradecen, sobre todo en estos tiempos de corrección política en el cine comercial, porque sí, este director argentino, con todo su oficio y talento, en sus últimas películas (El secreto de sus ojos, Metegol) ha buscado el beneplácito del público, aunque sin hacer grandes concesiones, al contrario, ha logrado piezas con un buen equilibrio entre el cine de entretenimiento y un cine con muchas virtudes cinematográficas. Y no es que esto sea incompatible, pero sí suele ser difícil de conciliar.

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Rocketman, de Dexter Fletcher

Solo quiero que me amen

Oswaldo Osorio

rocketman

“No es un biopic, es una fantasía musical”, dijo Taron Egerton, el actor que interpreta a Elton John en esta película sobre la vida del célebre cantante. Pero en realidad, se trata de las dos cosas, una biografía cinematográfica y un musical con las características de ese género caído en desuso hace décadas y solo revisitado eventualmente. Y es justo esta combinación lo que puede diferenciar a este filme de otros biopics que recurren una y otra vez a los mismos esquemas, que se quedan en el plano expositivo de los hechos y donde se echa de menos la creatividad.

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