Nueva ola francesa, de Richard Linklater

Un clásico del cine y el genio que lo creó

Oswaldo Osorio

Esta película es, por supuesto, una carta de amor a la nueva ola, un apasionado homenaje al filme Sin aliento (1960) y una declaración de admiración por el genio de Jean-Luc Godard. Es también, claro, una obra más propicia para cinéfilos, en particular para quienes tenemos un especial aprecio por este movimiento que transformó tan significativamente el cine. Aunque es difícil que este aprecio no sea casi una condición para ser cinéfilo.

Guardadas las proporciones, el cineasta estadounidense que la firma tiene un carácter fílmico similar al del francés, esto en tanto tiene una obra tremendamente disímil entre unas películas y otras, también por su cinefilia y por su permanente espíritu de explorar distintas y nuevas formas expresivas con el cine. Y es que Linklater puede ser un austero director de cine independiente con filmes como Slacker, SuBurbia o The Tape, pasando por títulos tan comerciales como Escuela de rock o Cómplices del engaño, hasta búsquedas estéticas como Waking Life y A Scanner Darkly, así como piezas autorales únicas como Boyhood o la trilogía de Antes de…

Nueva ola francesa (2025) es la ficcionalización del diario de rodaje de Sin aliento. Aunque Linklater empieza enmarcándolo en el estreno de Los 400 golpes (Francois Truffaut, 1959), esto solo es para referenciar al célebre movimiento al que pertenece y, especialmente, para dejar en claro que Godard no es Truffaut, muy a pesar de todos los que rodean a este crítico, que aún no ha hecho un largometraje, quienes quisieran que él también fuera tan cálido personalmente y su cine tan entrañable como el de su amigo.

“Él no es Truffaut… ni siquiera Chabrol.” Repiten constantemente todos. Y efectivamente no lo es, y tal vez esta es la base de la premisa de esta película, a la cual lo que más le interesa es demostrar lo diferente que era Godard, tanto de sus amigos y congéneres como de cualquier cineasta. Y no solo cineastas previos a él, sino también posteriores, afirmo sin temor a ser exagerado. Porque desde las decisiones que empieza a tomar en la preproducción, hasta esos inusuales veinte días de rodaje, todo el relato es una antología de máximas, actitudes y lecciones sobre cómo concebir el cine, el arte, la vida y la búsqueda de nuevas vías, distintas y a contracorriente, para contar, crear y expresarse con imágenes en movimiento.

La seguridad con que Jean-Luc Godard toma estas decisiones y asume el cine tiene mucho de arrogancia y tozudez, pero así debía ser para defender su inusual visión, para que nadie dudara de él y lo siguieran en ese camino sin senda que se estaba abriendo y que haría historia, pero una historia de experimentación y trasgresión que no habría de abandonar aun en sus últimas obras, a los más de los noventa años.

Ahora, para quienes conozcan bien el contexto y los autores de aquel iluminado periodo, así como la ópera prima de Godard, esta película es todo un festín de guiños, citas y homenajes salpicados por el aprecio, la admiración y la nostalgia. Desde el gran parecido de todos los actores con los personajes históricos, hasta el calco de las escenas que reproduce.

En esta misma línea, aunque solo algunas escenas fueron rodadas en fílmico, a toda la película se le dio un acabado como si fuera tal, potenciando el estilo y la textura de los filmes de aquella época, por lo cual verla en una sala de cine le agrega un placer adicional, y casi lo transporta a uno a esos años en que unos jóvenes dijeron que no solo eran directores de cine sino también autores, y con eso redefinieron tanto la forma de hacer muchas películas como la manera de verlas.

 

Disclosure Day, de Steven Spielberg

“La empatía es una ventaja evolutiva”

Mario Fernando Castaño

En un lejano 1964 Steven Spielberg con solo 17 años ya se pronunciaba acerca de su obsesión por la vida en otros planetas y las abducciones con Firelight, una modesta cinta influenciada por The Day the Earth Stood Still (1951), de Robert Wise, en donde un extraterrestre a modo de figura mesiánica llega a la Tierra para exponer de forma fallida su idea de paz y armonía, más adelante estrena Encuentros Cercanos del Tercer Tipo (1978), en donde ahonda en temas de conspiración y encubrimiento de la verdad por parte del gobierno, de ahí en adelante producciones como  E.T. El Extraterrestre (1981), La Guerra de los Mundos (2005) o incluso Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal (2008) va más allá, apuntando a la contracultura y a temas más personales, como las rupturas familiares.

Y entrando en la película en cuestión, Daniel Kellner (Josh O’Connor) quien trabajaba para el gobierno, roba información que podría cambiar la historia de la humanidad con respecto a la existencia irrefutable de la vida en otros planetas, obviamente los interesados en que esa evidencia no se divulgue harán lo que sea por esconderla, porque es una verdad con la que los habitantes de nuestro planeta, según ellos, no podrían manejar. Por otro lado, está Emily Fairchild (Emily Blunt), quien es un puente de comunicación para los humanos, un don al que ella se resiste y está conectada a Daniel por una experiencia anterior.

Esta historia, guionizada por David Koepp, se materializa en una producción en la que se respira la esencia Spielberg en todos sus planos, movimientos de cámara, ritmo acción y suspenso, adaptándose a las nuevas tecnologías, a la vez que respeta la vieja escuela sin recurrir a excesivos efectos digitales y optando por los prácticos, ambientando, además y por trigésima vez, su atmósfera musical de la mano del maestro John Williams en la banda sonora, quien sin defraudar afianza la emotividad y la presencia que siempre lo ha caracterizado, impregnando de alma a la narrativa, conteniendo sus notas como si estuviese guardando un secreto a punto de ser revelado.

La recepción del público frente su visionado ha estado dividida, calificando la cinta como conspiranoica, manipuladora, sensiblera y llena de preguntas sin responder. Otros afirman que esta ha sido la oportunidad para divulgar de una manera críptica y directa información real e irrefutable acerca de la existencia de vida alienígena, todo esto apoyado por videos e imágenes desclasificadas bajo un plan elaborado por el mismo gobierno y la NASA.

Su postura va acompañada de una reflexión que toca nuestra realidad y contexto actual al reflexionar con él “qué pasaría si” en un mundo en donde los intereses están centrados en el egoísmo, la polarización y el ansia de poder, por encima del bien común, sin detenerse un momento en mirar hacia arriba; y en cómo la historia de la humanidad se partiría nuevamente en dos en el caso de que la verdad revelada fuera absoluta y descubriéramos que no estamos solos. Además del fuerte remezón religioso que existiría al confirmar que no somos la única especie bendecida por deidades que concentran su presencia divina en un solo planeta. Se generan entonces preguntas como, ¿si un ser todopoderoso creó un todo, este no implica a todas la criaturas existentes incluso las que podrían estar más allá de nuestra atmósfera? ¿Sería posible que todo un vasto universo fuese creado solamente a favor de nuestra especie?

No esperemos que Spielberg nos de todas las respuestas, él solo como habitante de este planeta tiene la fortuna de pertenecer a un medio masivo como el cine y aprovecha la oportunidad de exponer, por medio de su arte, sus inquietudes frente al tema y posicionar a la humanidad en un estado en el que la verdad llegara a ser del dominio público y él cómo reaccionaría en medio de la crisis mundial por la que se atraviesa, cruzada además por el avance vertiginoso de la IA, la pérdida de valores, el escepticismo y el alto riesgo de una Tercera Guerra Mundial que para muchos ya ha comenzado.

El afamado director hace especial énfasis en un llamado urgente a la empatía y en cómo hemos perdido la capacidad de escuchar al otro en medio de tanto ruido. No esperemos que acá se encuentren todas las respuestas, todo lo contrario, acá se generan preguntas y reflexiones acerca de hacia dónde nos dirigimos y la responsabilidad que tenemos en común como raza humana. La respuesta ha estado dentro de nosotros desde siempre esperando a ser revelada, es una invitación a escucharnos, reflexionar y redefinirnos como habitantes de este pequeño punto azul pálido en el que existimos y pertenecemos.

Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa

Un cine “virtuoso”

Oswaldo Osorio

Hace poco veía una noticia que contaba que muchas iglesias en Holanda y Alemania, que habían dejado de ser usadas, ahora las están acondicionando como museos, restaurantes y hasta discotecas. Por eso, en un mundo occidental cada vez más laico, la historia sobre una joven que contempla entre sus planes la posibilidad de ser monja, resulta ser un asunto, cuando no polémico, al menos digno de ser explorado. Y eso es justamente lo que hace la directora de Cinco lobitos (2022), planteando su relato como una dicotomía a la que le sabe equilibrar las fuerzas en tensión y, así, darle un papel activo al espectador.

Claro, esta historia no sucede en Holanda ni Alemania, sino en España, donde hay una gran tradición católica, aunque su población de fieles ha disminuido dramáticamente en las últimas décadas. Por eso hace veinte años no se habría podido contar esta misma historia, pues no sería verosímil. Pero ahora sí es posible, no solo encontrar a una joven que esté considerando ingresar a un convento, sino también una férrea oposición por parte de algunos de sus allegados.

Así que Ainara quiere ser monja, pero encuentra en su tía, a quien quiere y admira, a la más vehemente contradictora de dicha intención. Lo que viene en adelante, es la forma en que Ruiz de Azúa, quien también escribió el guion, expone los argumentos de uno y otro bando, lo cual hace con un cuidado milimétrico, para que no parezca que toma partido. La narración entiende cómo pendular las razones prácticas y racionalistas de la tía, por un lado, y el ardor y al mismo tiempo sosiego espiritual de la joven, por el otro, lo que incluso es más difícil de representar.

El caso es que tanto hasta el más apóstata como el más clerical pueden dudar de este caso, disuadidos por los argumentos opuestos. Además, en esta tirantez también son sumados a la ecuación asuntos como el dinero y las hormonas. No obstante, esto que parece aquí descrito como un dramático conflicto, en realidad opta por otro tono, uno que se antoja tranquilo y civilizado, pero sobre todo amoroso. Un tono que, además, es complementado por una narración y puesta en escena absolutamente aplomadas y de un clasicismo de libro de texto, que la hacer ver como una película sólida en sus planteamientos, envolvente en su relato y legible en sus ideas.

Y estas características de Los domingos no necesariamente las estoy exponiendo como virtudes, al contrario, todo esto, tanto el no tomar partido como su concepción cinematográfica, la hace una película demasiado correcta, digerible, con la intención de no meterse en problemas y para el gusto de todos. Tal cosa lo corroboran los múltiples premios que ha obtenido, empezando por haber sido la gran triunfadora en los de casa, los Goya. Es una gran película, pero en la línea del cine claro, seguro y confiable. Y eso, de nuevo, no creo que sea una virtud… Extraño la intensidad, el malestar y el compromiso de su ópera prima.

Aún es de noche en Caracas, de Mariana Rondón y Marité Ugás

Declaración política no declarada

Oswaldo Osorio

Sabemos más de la crisis política y humanitaria de Venezuela por las noticias que por su cine, pero las noticias suelen arrojar solo titulares e instantáneas de la situación, mientras que con el cine se puede tener una comprensión más honda e integral de cualquier realidad o coyuntura. La cinematografía venezolana, debido a esta crisis y en la última década, ha sufrido un dramático empobrecimiento, y el escaso cine que se hace, poco ha logrado trascender sus fronteras, y mucho menos uno que hable del crítico estado en que se encuentra el país. Ese es el principal valor de esta película, que, además, por ser de distribuida por Netflix, aún mayor difusión podrá tener.

Aún es de noche en Caracas está firmada por una talentosa dupla de cineastas, la venezolana Mariana Rondón y la peruana Marité Ugás. Ambas han colaborado en la escritura de la mayoría de sus películas, que a veces dirigen juntas, como esta y A la media noche y media (1999), o solas, pero con la producción de su compañera, como esa la excepcional Pelo malo (Rondón, 2013).

Esta nueva película es una adaptación de la novela La hija de la española, de Karina Sainz Borgo, la cual ubica a su protagonista, Adelaida, en la Venezuela de 2017, en el peor periodo de su crisis, cuando la economía terminó por desplomarse, se inició un virulento periodo de protestas ciudadanas y el régimen endureció su represión. El relato es un amplio fresco de todo esto desde el punto de vista de Adelaida, quien es despojada de su casa y asediada por los tenebrosos Colectivos, esos escuadrones paramilitares que atemorizan y extorsionan a la población y suprimen a la oposición.

Para dar cuenta de ese oscuro panorama la película resulta muy eficaz y, por momentos, angustiante. Es decir, claramente hace un abrumador inventario de todos los males del país: la escasez, el abuso de los Colectivos, el miedo, la persecución, las calles tomadas por el terror, la represión, la corrupción, desaparición forzada y los asesinatos extrajudiciales. Sin embargo, a sus directoras parece no interesarles tanto las causas o explicaciones de este estado de caos en que está sumido el país, una decisión que libra al relato de proselitismos y discursos obvios, pero que también puede hacerla caer en el efectismo emocional y la simplificación de la situación y su contexto.

Además, la solidez que se les pudo ver en los guiones de algunos de sus anteriores trabajos, aquí evidencia grietas y elementos forzados, como esa endeble historia de amor y duelo entre Adelaida y su novio periodista, en la que se desvían al tema de la guerrilla sin que puedan conectarlo con nada. Incluso hasta se podría pensar que todo fue para que Edgar Ramírez, el único actor venezolano en Hollywood, pudiera tener un par de escenas y servir de promoción a la película. También la presencia del joven que convive con ella unos días, parece meramente instrumental para soltar algunos datos; así como la poca lógica que tiene que le quitaran su casa, que estaba habitada, pero nunca cruzaran el pasillo para adueñarse de la que parecía desocupada.

Por otro lado (alerta de espóiler), su protagonista –y con ella la posición de la película– resultan muy cuestionables frente a lo que ocurre en Venezuela. Es una mujer que solo piensa en ella, que suplanta, se deshace inhumanamente de un cadáver, insiste en negarle refugio a alguien que lo necesita, es cómplice de la corrupción y en lo único que piensa es en escapar de ese maldito país, sin importar que este se quede ardiendo. ¿Qué podría hacer ella? Tal vez nada, pero jamás hay un gesto suyo que vaya más allá de sus propios intereses y de querer únicamente, a cualquier costa, salvar su pellejo. Es cierto que no había la intención de hacer una película muy política (por más que el tema clamara por serlo), pero ese individualismo, no hacer nada y huir puede verse como la verdadera declaración política de este par de cineastas.

 

 

Father, Mother, Sister, Brother, de Jim Jarmusch

“Podemos elegir a nuestros amigos, a nuestra pareja, pero la familia es la que nos toca”

Mario Fernando Castaño

 

¿En qué momento de nuestras vidas el tiempo y la distancia logran que el vínculo con las personas más cercanas se convierta en algo extraño, ajeno y hasta incómodo?

Esta película ha sido galardonada en 2025 con el León de Oro en el Festival Internacional de Cine de Venecia, y su narrativa se compone de tres historias que se desarrollan en países diferentes, con situaciones afectadas por las variables continuas del azar, pero que las conectan de una manera poética con un conjunto de detalles casi imperceptibles, como la vida misma.

Padre, relata la visita de dos hijos (Adam Driver, Jeff y Mayim Bialik, Emily) a su padre (Tom Waits) quien vive en una zona alejada y nevada de los Estados Unidos, en donde la quietud de los paisajes juega a ser una fotografía impresa en el tiempo y que apoyan la frialdad del momento. La comedia triste y las situaciones en las que se intuye un pasado lleno de preguntas sin respuesta alimentan los silencios incómodos, el amor se convierte entonces en un trago amargo lleno de lástima y culpas que se pretenden ignorar tras la aparente preocupación que denotan un olvido mutuo tras la pérdida de la madre, un pilar vital que ahora está roto y que como resultado lleva a que los afectados tomen caminos separados llenos de secretos no revelados.

Madre, se desarrolla de manera similar, pero esta vez es en Irlanda en donde, a pesar de vivir en la misma ciudad, las hijas (Cate Blanchett, Timothea y Vicky Krieps, Lilith), visitan a su madre (Charlotte Rampling), una famosa escritora, cada año en un suburbio opulento de Dublín. El amor está presente, pero es distante, se llegan a acuerdos involuntarios que crean reglas que nadie quebranta a pesar de que los lazos familiares se vean afectados. El respeto y la malicia infantil en la complicidad de las hermanas frente a la figura materna se deja ver por momentos, repitiendo rituales marcados por una educación tradicional, mientras la tensión por mantener sus actuales vidas secretas es cada vez más notable.

Hermana, hermano, se sitúa en París en donde los hijos (Indya Moore, Skye, y Luka Sabbat, Billy) se reencuentran para dar una última despedida simbólica a sus padres que perdieron la vida en un accidente aéreo. Los silencios, a diferencia de las otras historias, son compartidos, la complicidad en la hermandad logra que el dolor sea más llevadero al visitar el lugar que fue testigo de su infancia y que ahora con su aplastante vacío respira un pasado lleno de momentos inolvidables que despiertan sonrisas nostálgicas y llantos que aparecen por sorpresa ante la presencia absoluta del fin.

Esta tríada se compone de situaciones, que aunque separadas por circunstancias y locaciones, son atravesadas por detalles sutiles, como es el cuestionar la autenticidad de un reloj, el debatir sobre la calidad del agua y preguntarse si es correcto brindar con ella, los comentarios repetitivos, los planos subjetivos que llevan al espectador a los diferentes lugares y los cenitales en donde se muestran los diferentes rituales gastronómicos o los skaters que se muestran como una metáfora de la vida en el que, a pesar de sentir que las situaciones son ajenas, al contrario, son más comunes y cotidianas de lo que pensamos y en las que estamos reflejados, conectando así con el espectador e invitando a una reflexión en donde todos nos identificamos como seres humanos en el amor resquebrajado por el tiempo y las ausencias que se traducen en la torpeza de los abrazos forzados, los comentarios que intentan tapar silencios que transforman los minutos en horas y la necesidad de volver a las cómodas rutinas, las cuales pretenden ignorar la fría realidad a la que se ha llegado por decisiones que danzan entre los aciertos y desaciertos que se toman en el camino.

El director, siendo fiel a su sello visual y narrativo, logra comunicar de una manera sutil y muy humana una reflexión profunda acerca del cómo el azar rige el resultado de lo que somos y que, en ocasiones, lleva a que nos alejemos de manera injusta de las personas que de alguna manera siempre han estado a nuestro lado, que nos han amado con transparencia y sin condiciones y que, en este caso, es la familia como núcleo afectado, reflejando un desvanecimiento imperceptible, inconsciente e irrecuperable en ocasiones. Nos abrimos a otros con más facilidad que con los que comparten nuestra propia sangre, quizás porque suponemos que al conocernos más se exponen las grietas de nuestra fragilidad.

Solo queda el tiempo que, como un viejo sabio, invita a recuperar el tiempo perdido, a no llenar los momentos con vacíos, a dar el valor que el presente merece siendo conscientes de lo efímero, cultivando sonrisas y experiencias que sabemos son invaluables e irrepetibles porque la vida es fugaz y cuando las ausencias se hagan sentir por el paso ineludible del final absoluto ya no habrá vuelta atrás.

Sinners, de Ryan Coogler  

Mario Fernando Castaño

 

“Si sigues bailando con el diablo…un día te seguirá a casa”.

“Hay leyendas sobre personas con el don de hacer una música tan auténtica que tiene el poder de invocar espíritus del pasado y del futuro. Pero también es capaz de rasgar el velo entre la vida y la muerte”.

 

1932, Clarksdale, Delta del Mississippi. Los gemelos, Smoke y Stack, (nombres que son un guiño directo a la canción Smokestack Lightning del mítico Bluesman, Howlin’ Wolf), siendo ya adinerados y poderosos, deciden cambiar su violento pasado en Chicago y regresan a su pueblo natal para forjar un nuevo futuro. Con dinero robado de los gangsters y licor de contrabando, buscan montar un club de Blues, para este propósito reclutan a su primo Sammie, quien es un diestro en la guitarra, al igual que contratan varias personas para la inauguración del juke joint (sitio de reunión de jornaleros), en un aserradero que han comprado a un terrateniente racista.

El horror toma su tiempo en aparecer, pero la historia es tan envolvente que no hay prisa. Sus personajes, tan interesantes como sus vivencias, son un retrato de ese Sur de Estados Unidos que aún sufría los rezagos de la esclavitud y en donde dominaban comunidades de segregación racial tan nefastas como el Ku Klux Klan y en plena época del Jim Crow, leyes opresivas que restaban oportunidades a los negros. El riel de la narrativa es la música que viaja por estaciones de drama, humor, western, folk, gore y, por supuesto, el terror que irrumpe de manera magistral en una de las escenas más inmersivas, emocionantes e hipnóticas que haya brindado la historia del cine, partiendo la narración en dos y dando entrada de lleno a lo sobrenatural.

Recalca también la intromisión de los blancos representados en el folclor europeo y cómo estos se interesan más en la música que en las personas que la interpretan, un claro mensaje a las industrias que se aprovecharon de varios artistas de la época, como si fuesen vampiros, al abusar de su talento sin darles el merecido crédito y borrando de paso su identidad cultural. Incluso también toca de manera sutil la presencia de la religión en su sincretismo, apropiándose de las tradiciones y creencias de los pueblos afroamericanos mediante su evangelización. Llama igualmente la atención que los vampiros provienen de Irlanda, que no solo es la nación que vio nacer al escritor Bram Stoker, autor de Drácula, sino que también, al igual que los afroamericanos, fueron un pueblo oprimido por Inglaterra, y es ahí donde existe cierta empatía que, como si fuese un mesías, usa Remmick a su favor, el líder de los vampiros, como discurso para atraer nuevos miembros a su comunidad.

La asesoría de Christopher Nolan (Interstellar, 2014), es notable en la aplicación del formato IMAX, multiplicando la experiencia audiovisual y afirmando una vez más la razón del porqué hay que ir al cine. Pero más allá de eso, Ryan Coogler, su director y guionista, inspirado en las vivencias de su fallecido tío, que era oriundo del Mississippi y amaba el Blues, toma como referencia películas como La Cosa (The Thing, 1982), Del Crepúsculo al Amanecer (From Dusk to Dawn, 1996) o Fargo (1996) y demuestra, de manera críptica, episodios de racismo y especialmente cómo la música, a modo de elemento liberador, une diferentes culturas a nivel espacio temporal, tocando incluso temas acerca del Hoodoo (no confundir con el Vudú), prácticas religiosas producto del sincretismo entre la fe cristiana y las creencias ancestrales traídas de los “Griots”, sabios del África Occidental, los “Firekeepers” de los Choctaw, indígenas norteamericanos y los “Filis”, narradores irlandeses.

Estos tintes tan diversos, unidos al hecho de no pertenecer a ninguna franquicia, precuela o secuela podrían ser el secreto de su arrollador éxito, no solo en sus rentables cifras de taquilla a nivel mundial, sino al ser elogiada por la crítica y el público por igual. Sinners ha ido ganando terreno con galardones que la han llevado a romper el récord histórico de 16 nominaciones a los Premios Oscar, incluyendo Mejor Película, Mejor Actor (en donde Michael B. Jordan encarna a los gemelos), Mejor Director, Mejor Canción con I Lied To You, interpretada por Miles Caton, quien encarna a Sammie, personaje basado en el mítico Robert Johnson o Mejor Banda Sonora en la que el compositor suizo Ludwig Göransson (Oppenheimer, 2024;  Black Panther, 2018 – 2022), añade un punto diferencial al utilizar el Blues sureño con influencias en sus raíces africanas como pilar musical, potenciando la narrativa del relato, evocando la nostalgia, el misterio y la profundidad de melodías que repercuten hasta hoy en otros géneros, una música que no es impuesta desde la religión, sino que proviene del alma misma y que está firmemente arraigada a la tierra a la que pertenece, brindando sus frutos al mundo entero a través del tiempo y el espacio mismo.

Sinners es una cinta atrevida y a la vez sencilla que sin pretensiones y cumpliendo de sobra con su cuota de entretenimiento ha logrado calar en diferentes tipos de público con originalidad y contenido y hasta con una escena postcréditos que estremecerá a los amantes del Blues. Es un canto a la libertad en muchos sentidos que, como cuerdas de una guitarra, va afinando sus notas en temas raciales, religiosos, culturales, políticos, históricos y espirituales que llevan de paso un mensaje potente acerca del significado de la vida y el valorar cada momento como un tesoro por muy corto que este sea, eligiendo ser un pecador libre dentro de las propias convicciones a ser un santo encadenado dentro de normas impuestas. Sinners te invita a bailar con el diablo, sin importar si después de salir de la sala este te acompañe a casa para que lo invites a pasar a ritmo de un buen Blues y para no olvidar que ese fue un momento en el que te sentiste vivo realmente.

Fue solo un accidente, de Jafar Panahi

Más político que cine

Oswaldo Osorio

Casi nunca en una película nada es un accidente, todo suele estar planificado con cuidado e intencionado en función de unos propósitos. A las películas bien hechas no se les nota esa calculada intención, las cosas ocurren como si así fuera la vida o están revestidas de una fundada verosimilitud. No obstante, el dilema al ver esta película de Panahi es que sí se le trasparentan de mala manera esos cálculos e intenciones y, aun así, no es posible decir que es una obra malograda, todo lo contrario, resulta ser una potente pieza en su desarrollo y certera consiguiendo sus objetivos.

En la ganadora de la Palma de Oro del Festival de Cannes 2025 un hombre es secuestrado por varias víctimas de la represión del régimen iraní. Lo acusan de ser su torturador y, en un periplo de un día, van y vienen por la ciudad con el dilema de qué hacer con él. El dispositivo narrativo que se hace más evidente es la configuración del grupo de víctimas, conformado por cinco personas con personalidades arquetípicas, creadas para defender un distinto punto de vista frente a la azarosa situación: está el noble y torpe, la cerebral, la emocional, el iracundo y el neutral.

Son estas personalidades la brocha gorda con que este director y guionista traza su discurso, un poco obvio y panfletario, en contra de ese régimen que siempre lo ha perseguido, censurado y encarcelado. No hay sutileza alguna en las denuncias y detalles que pone en boca de sus personajes, quienes aprovechan esos momentos dispuestos por el guion para tener sus exaltadas discusiones, que son el vehículo para revelar las horridas prácticas del sistema.

Esos distintos momentos están separados por diversas situaciones y peripecias que van desde lo jocoso hasta lo absurdo. Se les vara la camioneta, son extorsionados por un par de vigilantes y hasta llevan al hospital a dar a luz a la mismísima esposa del torturador. De manera que uno pasa de esa angustiante tensión del secuestro, a la risa nerviosa de ciertos pasajes que bien se podrían clasificar como humor negro, y luego al extrañamiento por lo inverosímil que a veces resulta su argumento.

En otras palabras, es una película que reprueba en guion, por su falta de sutileza y su forzada elaboración, pero aprueba en la pertinencia de su contenido y en la contundencia con que deja clara su premisa. Porque si bien la denuncia de la verticalidad y represión del régimen nos la recalcan en letra despegada, a los gritos, en repetidas ocasiones y de diferentes formas, entre líneas es mirada la sociedad iraní, su idiosincrasia y problemáticas, pero, sobre todo, es una obra que propone una declaración ética frente a la violencia y al odio, a lo que antepone la resiliencia y hasta el perdón, dejando claro lo contradictorio que sería comportarse como los victimarios.

Como muchas de las películas de Jafar Panahi, esta claramente es cine político, aunque se impone el componente político sobre el cinematográfico, donde el primero es elaborado y eficaz, mientras que el segundo se antoja más desprolijo y al servicio de esa agenda que siempre ha defendido este director.

A 50 años de JAWS, de Steven Spielberg (1975)

“Vas a necesitar un barco más grande”

Mario Fernando Castaño

Bajo el mar, cerca del apacible pueblo costero de Amity, la bestia acaba de percibir un movimiento que llama su atención. Sin razonar, todos sus sentidos se enfocan en ese algo que se agita no muy lejos, mientras sus músculos se preparan para el ataque a medida que aumenta su velocidad, pero con sigilo y estrategia rodeando a su presa y embistiendo desde abajo.

La víctima, ausente del peligro, nada sin preocupación hasta que siente que algo la golpea y la saca de su alcohólico letargo. Su mente no sabe cómo ordenar las ideas cuando busca su pierna ausente y cómo comienza a sentir el líquido caliente que sale de su reciente muñón. Antes de que comience a entenderlo, su atacante la sacude con fuerza de adelante a atrás. Chrissie grita de dolor y terror, clamando por una ayuda que nunca llegará y, si lo hiciese, no habría nada que hacer. Su último alarido se ve truncado por un fuerte jalonazo hacia las profundidades. En la superficie, la calma regresa, es como si la pesadilla nunca hubiese sucedido, dando paso a otro hermoso día… hace 50 años.

El joven director Steven Spielberg ya había logrado la confianza del estudio Universal, gracias a Duel (1972) y Sugarland Express (1974), para realizar la que es ahora, en su quincuagésimo aniversario, una película de culto y un referente obligado cuando se habla de buen cine. JAWS, basada en la obra homónima de Peter Benchley, es una historia donde un policía costero, un biólogo marino y un experimentado marinero emprenden la caza de un escualo que está devorando a los bañistas de una playa turística.

La historia es llamativa no solo por la amenaza en sí, sino por el desarrollo de sus maravillosos personajes y las situaciones que los rodean, a la vez que es una crítica al manejo de ciertas empresas que ponen sus intereses comerciales por encima de las vidas de las personas. El monstruo en este caso no es un ser sobrenatural o una criatura mutante, sino un animal que existe, que no exagera su comportamiento, ni siquiera sus dimensiones, creando un terror tan real y tangible que después de su estreno las playas estuvieron solas por varios meses.

La producción no fue una tarea fácil, echando a perder varias maquetas de Bruce, (como fue nombrado el tiburón, aduciendo al nombre del abogado de Spielberg), esto debido a la salinidad del agua, doblando su presupuesto y recurriendo a ideas ingeniosas y efectivas, como es el caso de reemplazar al tiburón con música, en donde menos es más, insinuando la presencia del monstruo con solo dos icónicas notas. El responsable de esta magia fue el maestro John Williams, quien siempre acompañó a Spielberg en la gran mayoría de sus producciones posteriores. El manejo de cámara, planos y hasta tener en cuenta que predominaran los colores claros para que la sangre contrastara de una manera más dramática, sumaron a un todo que narra una historia redonda que va más allá de una Monster Movie.

Richard Dreyfuss, como Matt Hooper, el biólogo marino, Roy Scheider, como Martin Brody, el policía que viene de Nueva York, y Robert Shaw, como Quint, el experimentado lobo de mar, conforman un trío antagónico pero efectivo. Resalta la escena en la que Shaw reescribe su línea y relata cómo sobrevivió su personaje al incidente del USS Minneapolis, que tenía la misión secreta de entregar partes de la bomba atómica y que fue hundido por un submarino japonés en la II Guerra Mundial, en esta tragedia solo sobrevivieron 316 de los mil cien hombres que fueron devorados por tiburones. “…A veces solo rodeaban a sus víctimas y se alejaban después de unos gritos y chapoteos, pero a veces… regresaban, observando de frente a sus víctimas con sus ojos muertos como de muñeco, pero que cobraban vida al morder, es entonces cuando se volvían blancos y todo se tornaba rojo.

El actor Roy Scheider, al observar que todo se estaba saliendo de las manos, le comenta a Spielberg en tono irónico, “vas a necesitar un barco más grande”. Y era cierto, el director estaba temiendo a estas alturas por el hundimiento del proyecto y su carrera, ya que el tiempo y el presupuesto se estaban desbordando más allá de lo esperado, pero sin saberlo, JAWS iba a convertirse en el primer Blockbuster de la historia del cine. Este sería el comienzo de una fila de logros que llevarían a que lo apodaran el “Rey Midas de Hollywood”, ya que todo lo que tocaba se convertía en oro en taquilla. La icónica frase la rescataría el director para la película en la escena en la que los personajes se percatan del inmenso tamaño de la bestia a la que se enfrentan.

A cincuenta años de su estreno, esta exitosa cinta inspirada en Moby Dick y en hechos reales, recibió numerosos galardones, marcando un hito en la historia del cine y continúa impactando la psique del público, al punto de pensarlo dos veces antes de entrar al mar, un lugar hermoso y misterioso que a la vez encierra amenazas que unen la fantasía con la realidad, creando un terror tan real, absoluto y físico que acude a nuestro miedo más primitivo, el ser presa de un ser que nos supera en todo sentido al estar en un medio al que somos ajenos, el reconocernos vulnerables a sus instintos y convertirnos en su presa al ser engullidos bajo la fuerza de sus mandíbulas llenas de dientes y enviarnos sin remedio al oscuro abismo del océano en donde, después de todo, el silencio final borra toda huella de nuestra existencia.

Horizonte, de César Acevedo

Espectros errantes

Oswaldo Osorio

Hay un cine colombiano reciente que está narrando la violencia de manera diferente. A los autores nacionales más jóvenes ya no les interesa tanto mirar el conflicto y sus repercusiones desde el realismo social, desde la denuncia o de manera expositiva. Ahora están apelando a otros códigos, casi todos amparados bajo el gran paraguas del cine moderno y recorriendo sendas como el lirismo, los espacios como protagonistas, lo poético o el realismo espectral.

Este último concepto es con el que mejor se puede asociar la segunda y esperada película del director de La tierra y la sombra (2015), porque los muertos que la protagonizan no son fantasmas, ni las apariciones del realismo mágico, sino espectros que habitan la tierra y deambulan buscando justicia, reparación o al menos algún tipo de redención. Son ya muchas películas colombianas pobladas por este tipo de personajes, los cuales se pueden ver en títulos como Los reyes del mundo, Los silencios, Yo vi tres luces negras, Memento Mori o Anhell69. En ellas la muerte es una presencia que convive con los vivos y entre unos y otros tratan de negociar verdades y perdones.

En Horizonte (2025), Basilio regresa a su casa luego de estar demasiados años en la guerra, tanto que su madre ya no reconoce a su joven hijo, reclutado hace mucho, en este hombre de gesto cansado y con las marcas de los horrores que presenció y protagonizó. Juntos deambulan por una tierra devastada por la guerra, avanzan hacia ninguna parte entre las ruinas físicas y morales que se les presentan como constantes obstáculos en su camino y en esa relación que están retomando. Caminan lento y penosamente, mientras tratan de poner en palabras ese dolor propio y ajeno que lo cubre todo como un olor malsano. En esos diálogos está mucho de la fuerza del relato, pues están cargados con el pasado que no pueden cambiar, así como con conversaciones y cavilaciones de gran elocuencia en su urgencia por exorcizar con palabras todo el vacío que les ha dejado la guerra. También es cierto que el peso de esa carga retórica, por momentos, se acerca más al discurso de la literatura que del cine.

En el contrapunto a la potencia de las palabras está toda una concepción visual, simbólica y espacial de ese ruinoso y yermo mundo por el que erran. El territorio es un protagonista avasallante en esta película: pueblos desolados, ríos secos, inhóspitos páramos y sombríos bosques son los paisajes que hacen eco al lamento y sollozos de los personajes. Así mismo, Acevedo demuestra su capacidad para crear impresionantes imágenes de una fuerza poética y alegórica que pocas películas colombianas han alcanzado. La casa, especialmente, es un lugar y concepto que funge como leitmotiv alusivo a todos los males de la guerra: la casa en ruinas, la casa abandonada, la casa en llamas, la casa repleta de despojos, la casa que contiene una horda de víctimas y la casa que se eleva para huir de esta tierra maldita. Y así, como este solo elemento, la película tiene muchos otros en los que su aspecto externo es desbordado por la simbología y las alusiones y asociaciones que teje este cineasta con su imponente puesta en escena y una expresiva fotografía que enfatiza sus virtudes.

Se trata de una película grandilocuente, en el buen sentido del término, porque en ella todo es supremo y contundente: las palabras, las imágenes, los paisajes, los símbolos, las verdades sobre la violencia y la urgencia por aprehenderla y expulsarla. Incluso el inusual punto de vista, desde un victimario tristísimo y penitente, termina redondeando esa mirada inédita que sobre el conflicto colombiano propone este cineasta, una mirada audaz, renovadora, sublime y profunda.

La Larga Marcha, de Francis Lawrence

Solo hay un ganador y no existe una línea de meta

Mario Fernando Castaño

No vamos a decir todas las reglas, pero todo se resume a esto: si reduces tu velocidad a menos de 6,5 km/h, tendrás 3 advertencias, luego de eso, recibirás tu pasaporte. Camina hasta que solo quede uno y éste ganará el gran premio.

Un joven de solo 19 años de edad escribe en 1966 una historia distópica que narra la necesidad de un país decadente por renovar sus valores nacionales a costa de la juventud, sembrando en esta ideales basados en el honor, el reconocimiento público, la fama y, lo mejor, ser vista ante el ojo del Gran Hermano como héroes nacionales.

Ese joven escritor es Stephen King, quien ya ha obtenido fama mundial por su novela Carrie (1974), además de quedar plasmado en la retina mundial en 1976 gracias a la gran película homónima dirigida por Brian DePalma  y de contar con el éxito que tuvo su segundo libro Jerusalem’s Lot (1975). Esta vez la editorial quiere una nueva novela, pero King prefiere jugársela con una historia que no esté iluminada por su famoso nombre, él se quiere probar a sí mismo y averiguar si sus historias agradecen su triunfo a la fama o a su contenido, para esto utiliza el seudónimo de Richard Bachman y es ahí cuando luego de lanzar Rabia (1978), La larga marcha (1979) sale de un baúl de historias rechazadas y entra en escena para convertirse en una de las historias más aterradoras e implacables de su carrera literaria.

46 años después y luego de varios intentos fallidos por llevarla a la pantalla, llega el director Francis Lawrence (Los juegos del hambre, 2013-2023, Constantine, 2005, Soy leyenda, 2007), para llevar a imágenes la historia de Raymond Davis Garraty (Cooper Alexander Hoffman), un joven que toma la decisión de unirse al concurso junto a otros como él y caminan hasta el final por carreteras solitarias e interminables con el sueño firme de hacerse con el anhelado premio.

A través del camino va encontrándose con que los demás competidores a pesar de tener el mismo objetivo, están marcados por ideales muy diferentes y entre ellos conoce a Peter Mc Bryes, interpretado por el actor británico David Jonsson, quien ya dejó su huella bien impresa en la cinta Romulus (2024).  Su personaje toma con cada paso el control de la historia, convirtiéndose en un hombro en quien apoyarse para Raymond cuando siente que todo está perdido y regalando más de un momentazo que logra remover las entrañas del espectador.

El comandante aparece cuando el momento requiere una dosis de aliento nacionalista y se convierte poco a poco en un personaje más que detestable, esto gracias a la gran actuación de Mark Hamill. A medida que las millas se vuelven cada vez más infinitas, la psicología de los competidores se va quebrando, sabemos cuál es el costo del pasaporte y ya no hay marcha atrás. Algunos se quiebran físicamente, otros en su mente y es ahí cuando se muestran tal y cómo son, es ahí cuando la humanidad sale a relucir ya sea llena de grandeza o inmundicia. El ser humano en todo su esplendor, un ser desdibujado que se va desvaneciendo con cada paso y que va perdiendo el sentido de las razones por las cuales antes soñaba y esto bajo la mirada de un público que presencia con morbosa curiosidad el inevitable desenlace, en donde nosotros mismos como espectadores somos partícipes de este macabro circo, observándolo todo desde nuestras cómodas y seguras butacas mientras disfrutamos de unas deliciosas crispetas.

Este es un relato que, cuando fue escrito, era un llamado más de la Contracultura, una alegoría a cómo una manipulada juventud se enviaba como conejos detrás de una zanahoria a morir dentro de una lejana selva de Saigón, al otro lado del continente, en una guerra que muchos quieren olvidar, pero que está pegada como alquitrán en el asfalto de la memoria. Una promesa rota que se ve reflejada en los cuerpos de esos jóvenes llenos de ilusiones que regresan a su tierra con honores y que ahora habitan cajas de madera adornadas por relucientes medallas listas para colgar en la sala del hogar de sus adoloridas madres, recordándoles cada día el por qué sus hijos murieron como héroes de una gran nación. Hoy, por estos días oscuros, esta historia tristemente es aún más que vigente y se identifica con la realidad, no solo del país estadounidense, es el espejo de nuestra humanidad, en donde nos vemos a nosotros mismos persiguiendo nuestra propia sombra dentro de una historia ya contada, caminando los mismos pasos hacia una meta de la que todos sabemos, es inexistente.