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Soldados del páramo Chingaza, del conflicto al cuidado de frailejones

  •  El Páramo de Chingaza, ubicado a las afueras del municipio de La Calera, Cundinamarca, era uno de los puntos estratégicos de enfrentamientos entre la guerrilla y el Ejército. FOTO COLPRENSA
    El Páramo de Chingaza, ubicado a las afueras del municipio de La Calera, Cundinamarca, era uno de los puntos estratégicos de enfrentamientos entre la guerrilla y el Ejército. FOTO COLPRENSA
COLPRENSA | Publicado el 22 de septiembre de 2019

El Páramo de Chingaza se cubre con una manta blanca y espesa de niebla en las mañanas. Suele ser tan pesada que no solo resulta difícil ver el horizonte, sino que apenas se alcanza a distinguir lo que hay a unos pocos metros de distancia.

El aire allí es frío y liviano, casi tanto como para penetrar en los huesos. Su pureza logra alimentar los pulmones, en comparación con el ambiente agitado y contaminado de la ciudad.

En la entrada del páramo, ubicado a las afueras del municipio de La Calera, en Cundinamarca, se ven casas polvorientas y opacas a punto de desplomarse. En la lejanía una construcción abandonada que hace pensar en los edificios de Chernobyl y algunas vacas recostadas en el pasto.

Conforme se avanza por la carretera curva e inestable, aquellos rezagos urbanos se desdibujan y se empieza a sentir el soplo helado del viento y a escuchar el tímido croar de las ranas.

Las montañas imponentes tapizadas con retazos verdes de diferentes tonalidades comienzan a aparecer mientras la bruma se disipa. Sobre ellas, hay miles de plantas de hojas alargadas y gruesas con forma de una corona. Algunas con flores amarillas parecidas a los girasoles. Esas plantas son los frailejones.

Ahora se ha convertido en una zona de reforestación y conservación de flora y fauna. FOTO COLPRENSA
Ahora se ha convertido en una zona de reforestación y conservación de flora y fauna. FOTO COLPRENSA

Los frailejones cumplen la función de retener el agua a través de las vellosidades de sus hojas. Su textura, dura al tacto, se asemeja al aspecto del velcro. Cuando hay tiempo de sequía, el frailejón va sacando sus reservas de agua para alimentar los afluentes.

A pesar de ser una planta subestimada, su poder para equilibrar el ecosistema es incalculable, ya que ayuda a abastecer del líquido vital a cerca del 80% del departamento de Cundinamarca.

Durante el trayecto, el cielo empieza a despejarse, el sol sale poco a poco y aquel frío inhóspito va desapareciendo lentamente. Entre las montañas, una laguna cristalina adorna el horizonte, reflejando los colores verde y azul del paisaje.

Desde septiembre de 2016, el soldado David Fuentes es uno de los guardianes de esta zona. A pesar de cierta timidez, habla con propiedad sobre el páramo y las especies que lo habitan.

Soldados en el Páramo de Chingaza. FOTO COLPRENSA
Soldados en el Páramo de Chingaza. FOTO COLPRENSA

En uno de los viveros instalados por los soldados para proteger los frailejones cuando apenas están empezando a crecer, Fuentes narra la situación en la que encontró el páramo cuando llegó y el interés que empezó a nacer en él hacia el cuidado de una zona vulnerable, que tanto antes como ahora tiene como amenazas el conflicto armado y el cambio climático.

“Aunque el páramo tiene un aire pacífico y tranquilo actualmente, era un punto de confrontación bélico entre la guerrilla y el Ejército para evitar la ejecución de atentados terroristas en la capital. En medio de los enfrentamientos, las especies de fauna y flora se vieron amenazadas. La presencia de basura y plástico deterioró seriamente el ecosistema de varias especies, entre ellas, el oso andino, uno de los animales más emblemáticos del lugar”, resaltó Fuentes.

Por aquella época, la zona estaba llena de cambuches improvisados que dejaban a su paso tanto el Ejército como la guerrilla. En ninguno de los bandos había una conciencia de lo que implicaba la destrucción de las especies de páramo, pues ganarle terreno al enemigo estaba por encima de cualquier otra consideración.

“Lo primero que hicimos al llegar fue retirar todos los escombros que había regados. Después, se construyeron los viveros con los plásticos que habían sido abandonados, con el fin de evitar un desperdicio mayor de recursos. A la vez se empezó la capacitación de selección de semillas, tiempos de siembra y de traslado al suelo para que tome los nutrientes que requiere y pueda sobrevivir”, relató Fuentes.

El Teniente Coronel Wilson Enrique Tovar afirmó por su parte que este proceso partió de una investigación previa para determinar los tiempos de germinación y crecimiento de las plantas, así como los factores que podían afectarlos. Este tipo de trabajos ya se habían realizado previamente en el Páramo del Sumapaz, considerado el más grande del mundo.

“Primero se realizó un proceso de educación a los miembros del Ejército para que se especializaran en el cuidado de estas especies. Luego se solicitaron los respectivos permisos ambientales y de saneamiento para crear condiciones adecuadas de siembra, y finalmente, se contó con burbujas medioambientales que ayudan a combatir los delitos que pueden amenazar los ecosistemas del Páramo” destacó Tovar.

El Páramo era uno de los puntos estratégicos de enfrentamientos entre la guerrilla y el Ejército. FOTO COLPRENSA
El Páramo era uno de los puntos estratégicos de enfrentamientos entre la guerrilla y el Ejército. FOTO COLPRENSA

En uno de los viveros se ponen las semillas en recipientes hasta que germinan a los 45 días. Después son puestas en otro en donde duran 8 meses en crecer y alcanzar el tamaño adecuado para ser puestas en una bolsa. En esta etapa, las plantas duran 1 año, hasta que finalmente puedan ser sembradas en una zona que no sea ni muy húmeda ni muy seca para vivir.

En un segundo vivero están los frailejones pertenecientes a la especie Espeletia Grandiflora, listos para ser plantados en la tierra. No obstante, existen otras especies que serán sembradas para restaurar el ecosistema, como lo son el cucharo, el senecio y la escalonia.

“También tenemos una plántulas pequeñas de frailejón llamadas “pullas” las cuales sirven de alimento para el oso andino. Cuando llegué al Páramo, la guía de Parques Nacionales nos explicaba que el oso de anteojos, como también se le conoce, es un animal carroñero. Anteriormente, en las fincas aledañas al páramo, este entraba las fincas y atacaba a las vacas, y a su vez, era atacado por los pobladores”, añade Fuentes.

Soldados durante las labores de reforestación y conservación de flora y fauna. FOTO COLPRENSA
Soldados durante las labores de reforestación y conservación de flora y fauna. FOTO COLPRENSA

Con este alimento, los soldados ayudan a evitar que los osos tengan que irse a buscar alimento en donde pueden correr peligro. Del otro lado, también hay controles para evitar que actividades invasivas como la ganadería avancen en el terreno que pertenece a los osos.

Mientras conversamos, miembros del Ejército y funcionarios de Parques Nacionales transportan 400 frailejones hasta una de las zonas más altas del páramo para ser sembradas.

No se sabe bien de dónde, la música de “Laguna Vieja” de Reinaldo Armas viene a mezclarse con el sonido de los pies sobre las piedras. “Al fín te añoro, lagunita de mis sueños; porque también mi caballo con tus aguas se bañó” dice la canción desde la lejanía.

En ese instante, un venado se acerca a comer, sin inmutarse ante los ojos y los lentes de las cámaras que lo observan.

Al llegar a una de las montañas más altas del páramo, el soldado Fuentes y sus compañeros, dedican la siembra al teniente Silva, uno de los gestores ambientales que impulsaron la iniciativa de conservación del páramo, que falleció hacía un mes.

En medio de ese cielo inmenso del páramo, lleno de arreboles rojos, naranjas y amarillos, no parece imposible que su mensaje le pueda llegar al oficial.

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