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Huaco retrato, de Gabriela Wiener, y las fisuras del discurso colonial

El nuevo libro de la escritora peruana aborda las heridas de la Edad Moderna y la búsqueda de la identidad.

  • Gabriela Wiener escribió en Huaco retrato sobre las contradicciones del colonialismo. FOTO GETTY
    Gabriela Wiener escribió en Huaco retrato sobre las contradicciones del colonialismo. FOTO GETTY
Ángel Castaño Guzmán | Publicado el 24 de abril de 2022

La obra de la cronista peruana Gabriela Wiener es un hachazo a los discursos oficiales. En Nueve lunas, por ejemplo, narró los pasadizos de la maternidad y del amor. En Sexografías reunió una antología de crónicas sobre sus experiencias con la sexualidad despojada de las convenciones: los clubes swingers, el poliamor y las relaciones abiertas. Dichas exploraciones la han convertido en un referente del periodismo gonzo, etiqueta acuñada por Hunter S. Thompson para hablar de las experiencias límite de los reporteros de la contracultura. Ahora, en Huaco retrato –libro por el que fue invitada a la FilBo 2022– dirige su curiosidad a los estropicios provocados por la colonización. En ese libro –a veces un ensayo, a veces una novela, a veces una confesión muy en la línea de la literatura del yo– relata el origen de su apellido, claramente europeo, y sus vivencias de migrante en Europa. EL COLOMBIANO conversó con Wiener sobre las heridas abiertas de la identidad latinoamericana.

En Sexografías, Nueve lunas y Huaco retrato hay una exploración del yo, pero en este último también habla de las consecuencias de la historia. ¿Hay un cambio de foco?

“Es verdad que este es un libro en el que me permito novelar por primera vez. Yo estaba muy dentro de la escuela de la crónica literaria de Etiqueta Negra y había escrito, sobre todo en los últimos tiempos, ensayo personal, sobre todo en mis libros Nueve Lunas y Llamada perdida. Todo dentro del ámbito de la no ficción. En Huaco retrato recurro casi por necesidad a la ficción. Desde hace como diez años quería escribir este libro, lo fui postergando. En un momento me di cuenta de que ya no iba a poder hacer una crónica basada en investigaciones, que materialmente y por fuerzas y por presupuesto no cabía en una historia que me permitiera una larga investigación. Y claro, yo quiero aquí poner el acento también en las condiciones materiales de las escritoras y escritores, cómo finalmente definen sus proyectos narrativos. Y en este caso puse sobre la mesa una historia familiar, pero al mismo tiempo empecé a llenar esos agujeros de información a través de la recreación, a través de la imaginación, a través incluso de la invención. Este libro es un libro de tres proyectos juntos que en un inicio iban a ser por sí mismos libros, pero que se unieron en uno solo.

Finalmente, lo que trabajo es el montaje de estas tres historias que termina siendo un collage, que en realidad quiere hablar de algo mayor. No solamente se trata de una historia personal, sino de las consecuencias de las realidades coloniales en nuestras vidas y en nuestro presente. La herida de la que hablo en este libro no es solo mía, es la herida abierta de nuestro continente, que es tan histórica como colectiva, íntima.

Me interesaba hablar de esas heridas que hemos compartido a lo largo de los siglos, que se manifiestan y se narran en las historias con minúscula. Somos hijos de los patriarcas europeos que efectuaron ese despojo para luego abandonarnos con un apellido que no entendemos, como el mío que es Wiener. Eso es lo que quiero contar, una experiencia del trauma y el abandono fundacional que se van transmitiendo de generación en generación y que condicionan las formas en que afrontamos las cuestiones contemporáneas desde nuestras subjetividades. Nos sobran historias sobre los patriarcas familiares a los que homenajeamos, esos hombres blancos ilustrados europeos y que poco sabemos de las otras, las historias de las mujeres, de las matriarcas, de las abuelas, de las madres. Porque, finalmente, la historia es el fruto del poder. Eso era lo que me interesaba”.

El libro aborda un tema que hoy en América Latina es muy importante y es la revisión del pasado colonial. ¿Huaco retrato es una forma de derrumbar una estatua, de cuestionar esa historia desde la literatura y desde el periodismo?

“Sí. Totalmente. Este libro para mí era importante porque yo soy una inmigrante peruana en España. Vivo, digamos, la condición poscolonial que no termina de serlo. Ya llevo casi 20 años en España y sin esa experiencia el libro no se hubiera podido completar. Tiene toda esa dimensión histórica y de personajes del siglo XIX, toda esa recreación de un universo racista, supremacista blanco. Tiene, además, la contraparte en el presente. El libro cuenta, por un lado, cómo fue el súmmum del racismo y de la cosificación de las personas y además cuenta el otro lado: cómo ese salvaje, ese caníbal, ese monstruo, es hoy es el migrante que padece la Ley de Extranjería, que padece los discursos de odio en España, de la ultraderecha en cualquiera de nuestros países.

Huaco retrato registra esos niveles de deshumanización. De alguna manera, la exposición de personas como animales con fines científicos y de entretenimiento desgarran a la protagonista al saber que ese antepasado suyo, tan valorado en su entorno familiar, es parte de ese proyecto. Los zoos humanos cerraron a mediados del siglo XX, o sea hace muy poco. De alguna manera quería contar cómo viven las comunidades de migrantes actuales en lucha, su relación con España, porque son relaciones que están ahora mismo activas no en el sentido del pacífico mestizaje, sino en el sentido del conflicto. Quise recordarles a los españoles y a las españolas lo paternalistas y racistas que son en el día a día, cuestionar esa mirada por la que juzgan a los emigrantes latinoamericanos como buenos salvajes asimilados”.

¿Cómo fue explorar esa historia familiar para descubrir que los latinoamericanos somos productos del despojo?

“A mí la condición de migrante sudaca y los estereotipos que nos rodean deben ser quizás las experiencias que personalmente más me han tocado experimentar y vivir en los años que estoy en España. Siempre me ha impresionado lo mucho que la colonización española está en nuestros divanes, formando parte central del autoanálisis y de la discusión sobre nuestro presente e identidad.

Mientras esto sucede con nosotros para la sociedad española no somos ni un tema, somos personas como en un segundo plano, y creo que ocurre porque para enfocarnos y vernos con claridad y respeto les tocaría revisar su lado más oscuro: el lado de la supremacía, de la conquista, del dominante, que subyace al mito falso del descubridor.

A los españoles les falta leer su identidad como una historia de violencia y sometimiento del otro, y eso es algo que los movimientos de resistencia indígena vienen recordándonos cada año, en la fecha en la que se sigue celebrando el inicio de la colonización, de un periodo tan violento.

Lo que hubo fue un etnocidio, el desmantelamiento de una cultura de pueblos originarios a causa de la imposición militar y religiosa de otra cultura. El Nuevo Mundo es un palimpsesto, una ficción que pasa necesariamente por los intentos de desaparecer ese mundo real, que es lo que desde luego hace Occidente con sus instituciones.

Todo esto finalmente justifica acciones coloniales aún en marcha, contemporáneamente: el extractivismo material y simbólico que aún existe de un lado hacia el otro, el turismo, en fin. Repsol cometió un ecocidio tremendo en los mares de Lima, muy cerca de la ciudad donde nací, y no hicieron absolutamente nada. Más bien engañaron a la población, minimizaron el daño, no utilizaron los equipos especiales, explotaron a la gente y pusieron en riesgo a los pescadores.

A cientos de ellos los pusieron a limpiar en las peores condiciones. En todo esto, como te digo, está profundamente activo. Al día de hoy, España ni siquiera ha reparado las heridas de su historia reciente, los crímenes de su dictadura. Aún nos seguimos preguntando qué va a hacer respecto a la justicia y reparación de lo que se cometió hace mucho tiempo. Si no pueden ni reparar su memoria histórica actual, imagínate respecto a los pueblos originarios de hace 500 años”.

Colombia es una sociedad blanqueada, donde lo indígena y lo afro apenas están ocupando un lugar en la discusión. ¿Qué nos estamos perdiendo los colombianos en este debate?

“Todos los procesos de descolonización son arduos, son amargos, no son fáciles y toman muchísimo tiempo. Yo este libro lo he escrito precisamente para relatar mi proceso, buscando estar en sintonía con los procesos de otras personas. Pero la descolonización no es algo que se da de la noche a la mañana. El racismo internalizado no es algo que nos lo podemos arrancar y ya. La condición de la colonialidad todavía está ahí, es una herida que sigue doliendo y que sigue siendo central. Y el racismo y el clasismo están y han dejado huellas en nuestra salud mental, en nuestra subjetividad y en la manera como nos relacionamos en sociedad y en la manera en que también hacemos nuestros estados nación y administramos la justicia y administramos la economía. Por eso es que vemos de qué manera tan feroz las comunidades racializadas, indígenas, cholas, afros, sufren sobre todo las consecuencias de las políticas económicas y sociales neoliberales y capitalistas de estos tiempos.

Las personas que hacen los trabajos de servicio, los trabajos de cuidado, los trabajos que nadie quiere hacer, son precisamente las personas racializadas.

Eso pasa en todas las partes del mundo y en los países más blancos. Estoy segura de que en Colombia hay colectivos enteros que se dedican a visibilizar que sus países no son blancos, aunque se haya querido decir esto. Eso pasa en toda América Latina: mira nada más la campaña ‘Argentina no es blanca’. Lo que hemos hecho es poner el foco solamente sobre Buenos Aires o sobre Bogotá o sobre Santiago de Chile y mirar como si no hubiera memoria, como si no estuvieran estas comunidades vivas, padeciendo esa desigualdad que viene de atrás.

Entonces toca cuestionar ese privilegio, el privilegio. Toca mirar a los mapuches, que están ahora queriendo escribir la Constitución en Chile, y escuchar lo que nos están diciendo sobre los ríos, lo que están diciendo sobre los territorios, lo que están diciendo sobre la hecatombe climática. Creo que no estamos viendo que se abran debates críticos sobre este proyecto colonial moderno, hetero centrado. No, no se está hablando lo necesario todavía y esto de la descolonización todavía está en lugares como muy académicos cuando hay que sacarlos de allí”

Contexto de la Noticia

radiografía El periodismo en primera persona

El periodismo gonzo es una variante del Nuevo Periodismo, que procura borrar los límites entre el reportero y los temas de sus textos. El ejemplo arquetípico de este formato de escritura es el libro “Miedo y asco en Las Vegas”, de Hunter. S. Thompson. En América Latina Gabriela Wiener y Cicco han cultivado tal estilo de cubrir la realidad. Los textos Sexografías y Rock and Roll Islam son buenas muestras de la manera en el que los periodistas emplean el yo. El gonzo suele consagrarse a temas contraculturales y contestatarios: las tribus urbanas y las músicas emergentes son algunos.

Ángel Castaño Guzmán

Periodista, Magíster en Estudios Literarios. Lector, caminante. Hincha del Deportes Quindío.


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