Si bien se vive un auge en la literatura negra, esta no es un género nuevo en Colombia.
En las letras colombianas se ha tratado lo policíaco desde la violencia, lo histórico, el sicariato. Crímenes municipales, de Darío Ruiz Gómez; Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez constituyen apenas una muestra de lo variado de esta literatura.
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A la colombiana —y a la latinoamericana—, la novela de crímenes se vive de una manera propia, distinta a la del resto del planeta. Dicho de otra manera, la literatura negra la tensionamos aquí, agregándole nuestro viciado entorno. La compleja realidad de Colombia y América Latina alimenta estas letras. Pero esta impronta no es un capricho de escritores, ni obedece simplemente a la válida búsqueda de ser diferentes. Tampoco a que tal género literario, como se ha hecho en Norteamérica y Europa, carezca de encanto. Lo ha tenido y sin medida. ¿Quién se atrevería a decir que adolecen de gracia envolvente las historias contadas por los clásicos del género, William Evans Burton, Edgar Allan Poe, sir Arthur Conan Doyle, Agatha Christie, Gilbert Keith...