En ese concierto de 1983 en Medellín, en el coliseo Iván de Bedout, Camilo Sesto se secó el sudor con una toalla, con varias, y las tiró al público para que se las llevaran de recuerdo. Era un ídolo que ponía a cantar a la gente esas canciones difíciles, aunque no pudieran subir como él, que cantaba esos temas con un estilo melodramático, mientras usaba unos pantalones botacampana.
Con su amplio registro, llegaba casi a cualquier nota aguda. Y él lo sabía. “Canto lo que siento, una canción de otro interpretada por mí no me causaba problema, pero mi repertorio era tan amplio que siempre había de dónde echar mano. Las mías, cuando lo pienso ahora, digo: “¡Qué loco!, ¡qué bruto!”, porque más alto no se podía cantar (lanza un berrido), tres octavas o cuatro”, le dijo a El País de España en diciembre de 2018.
Porque Camilo cantaba, componía sus canciones, las producía. A veces solía decir que solo le faltaba irlas a vender. El periodista musical y escritor Manolo Bellon lo describe así: “A Camilo lo hizo especial su voz, que es absolutamente inconfundible. En escena era un artista muy comunicativo e integrado con el público, pero además escribió cientos de canciones qué él mismo hizo éxito, sin olvidar docenas escritas para otros artistas, como Ángela Carrasco, Miguel Bosé, José José”.
Fueron cincuenta años de carrera musical, más de 40 producciones discográficas, varios discos de platino, cientos de composiciones, más de 175 millones de discos vendidos en el mundo, y muchos recuerdos: cantó ante 45.000 personas en el Madison Square Garden de Nueva York. Su último álbum salió el año pasado, en noviembre, y lo llamó Camilo Sinfónico. Una orquesta sinfónica lo acompañó a recordar sus numerosos éxitos. Según le dijo a El País, tiene el récord mundial de números uno, 52, los mismos que Madonna, precisó, pero ella no se le había pasado hasta ese diciembre (es la misma cifra en la lista de número uno de Los 40).
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