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La crítica: una lupa y un telescopio para mirar el mundo

Su importancia nace de la inclinación a sopesar los asuntos.

  • Leer el mundo con rigor y curiosidad es la práctica principal de quien ejerce la crítica. Ilustración de Elena Ospina.
    Leer el mundo con rigor y curiosidad es la práctica principal de quien ejerce la crítica. Ilustración de Elena Ospina.
Ángel Castaño Guzmán | Publicado el 06 de febrero de 2022

En abril de 1960, Gabriel García Márquez –entonces en camino de convertirse en el tótem del Boom de la novela latinoamericana– publicó La literatura colombiana, un fraude a la Nación, un ensayo buscapleitos y lúcido. En pocas páginas pasó revista a los principales males de la cultura nacional: el elogio mutuo convertido en moneda corriente –te aplaudo, me aplaudes–, la pobreza del ejercicio de la crítica –pocos se lanzan al ruedo de decir si algo es bueno o pura paja– y la precariedad en las condiciones materiales para realizar el trabajo artístico. En esas líneas, García Márquez desempolva un debate expuesto antes por Baldomero Sanín Cano y por José Antonio Osorio Lizarazo.

Los motivos de queja de García Márquez siguen intactos. La verdad, con la llegada de las redes sociales y el síndrome del “Me gusta/Me enoja” –respuesta instantánea a un estímulo–, el papel de la crítica se ha reducido al de un extra. Muchos creadores han mordido el anzuelo del rating, de las ventas. Olvida algo central: la popularidad de una obra –la cantidad de pulgares arriba– no garantiza nada. La democracia y el arte suelen ir por caminos distintos.

Para entender la función del crítico –de teatro, de cine, de libros, de culinaria, de videojuegos, de cómics–, tal vez resulte útil apelar a la imagen propuesta por Néstor Madrid Malo: el termómetro. El crítico mide la temperatura creativa –con sus altibajos–de un país o comunidad. Acude a la prosa argumentativa para compartir ideas que superan el simple gusto: traza los lazos de las obras con la historia y los fenómenos sociales. Al escribir sobre una telenovela, un concierto, una serie, no se detiene en la superficie, perfora los prejuicios: interpreta una parte de la cultura. En un disco de reguetón o de rap, por ejemplo, ve los dispositivos asumidos por las ciudades para narrarse y representarse. Lo consigue si fija la lupa en los matices, en las puntadas del tejido, en los quiebres del relato. El académico francés Gustave Lanson resumió esto en dos palabras: “Sentir históricamente”.

El del crítico no es el juicio de la historia, por fortuna. En su editorial, Virginia Woolf le dio el portazo al manuscrito de Ulises, de James Joyce. A la menor oportunidad, Jorge Luis Borges calificaba –con deliciosa malicia– de “superstición chilena” a Gabriela Mistral y otro tanto dijo de Paul Valery y de Rabindranath Tagore. Más allá de las minucias, Woolf y Borges les mostraron a los públicos una manera de leer y vivir el arte. El crítico enseña a apreciar y disfrutar una obra. Tiene una labor docente, didáctica: eleva el listón para los creadores –cualquier producto no recibe el aplauso– y brinda herramientas a las audiencias para poner en duda sus preferencias instintivas y procurar un consumo consciente. En la escala de las opiniones no existe la ruptura entre las mejores y las peores: las hay informadas, conscientes del fenómeno estético. Y hay contextos favorables para su florecimiento.

No siempre el periodismo cultural es el escenario propicio para el cultivo de la crítica. La cercanía a los cantantes, escritores y artistas inhibe la libertad en el dictamen. Unas gotas de justicia en una nota periodística pueden –y de hecho pasa con frecuencia– avinagrar el vínculo con una fuente. Tal vez por ello el ensayista y poeta José Emilio Pacheco porfiaba en no leer entrevistas ni reseñas: encontraba insípidos estos géneros periodísticos, próximos al mercadeo y distantes de la nuez de la crítica: contribuir a la formación de públicos sensibles y maduros.

Ángel Castaño Guzmán

Periodista, Magíster en Estudios Literarios. Lector, caminante. Hincha del Deportes Quindío.


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