El colombiano, que es un cine de regiones, margina a las regiones marginadas. Con esta película se reivindica un poco la región más marginada de todas, y lo hace a partir de una historia tan simple como potente, que habla al mismo tiempo de un drama humano y de esa cultura y región que lo determinan y lo enmarcan.
Y es que dentro de ese contexto marginal, esta película habla de otra marginalidad, la de la condición de la mujer, que en esa cultura particularmente se nos revela en una situación aún más crítica, pues está arrinconada por las convenciones sociales y por una muy desigual relación con los hombres, tanto que parece un ciudadano de segunda, con muchos deberes y con sus derechos restringidos, es casi un asunto de castas.
La desfigurada institución del matrimonio que retrata esta cinta ilustra con azarosa contundencia esta situación. El matrimonio aquí es otra cosa. Y decir aquí no es solo para referirse a esta historia, sino también a esa cultura, pues en este caso se debe tomar la parte por el todo, porque así lo sugiere la idea de que el nombre de la protagonista sea el mismo que el de este departamento colombiano: Chocó.
Se trata de un matrimonio que parece más un requisito social cumplido por una pareja, donde no hay afecto, ni diálogo, tampoco mutuo placer sexual y ni siquiera una equitativa repartición de las funciones dentro del hogar, donde el hombre, por lo menos, sería el proveedor. Este matrimonio parece más regido por una lógica tribal que por lo que ese convencional pacto conyugal significa en una sociedad moderna y urbana.
El relato se enfoca en Chocó, en su callado descontento y en su vida concentrada en la supervivencia y el cuidado de los niños. Muy sutilmente se insinúa en ella un deseo de altivez que no puede poner en práctica por sus limitaciones, ya sean las económicas, por su condición femenina o a causa de ese entorno social que se conjura contra su integridad y su dignidad.
Además, el filme hace comentarios sobre otros temas, como lo que ocurre en contraposición con la ociosa rutina de los hombres, la precariedad económica de esta zona del país, la presencia de foráneos como los dueños de la economía de la región, y también hace alusión al asunto ecológico, sobre todo por vía de la explotación minera.
Así mismo, el espeso y sobrecogedor paisaje natural también es un protagonista. Permanentemente nos recuerda que estamos en otro universo, que tiene otras reglas y dinámicas distintas. Por eso la cámara siempre está jugando con el contraste al mostrarnos a Chocó: por un lado a la mujer, con planos cerrados que tienden a concentrarse en su silencioso descontento, y por otro a la región, con planos abiertos y largos que dan cuenta de la inmensidad del paisaje y la minúscula pero determinante presencia del hombre en él.
Al final toda esta historia parece terminar como trunca, pero la verdad es que se trata de un final abierto, porque si bien nuestra protagonista soluciona su conflicto inmediato, en realidad sabemos que tal vez quedó en una peor situación, o que, en el mejor de los casos, todo va seguir igual, para ella y para todas las demás mujeres.
Pico y Placa Medellín
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