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¿COMPRENDER A DIOS?

16 de febrero de 2013
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En el mundo de hoy cada vez más personas se plantean el interrogante sobre la existencia de Dios. Vamos a hablar un poco de eso y lo primero que nos preguntamos es si la mente humana, que está circunscrita en el espacio y en el tiempo, puede comprender a Dios.

El hombre está ciertamente limitado para comprenderlo, pues todo lo percibe dentro del espacio y el tiempo. En cambio, Dios no es espacio temporal, es espíritu que no se puede captar como tiempo y espacio. La mente por sí misma no alcanza una comprensión real de Dios.

Ella obtiene la información a través de los sentidos y la elabora. Entonces ese Dios que la mente imagina, es una creación humana; o sea, ese no es Dios.

Entonces, ¿cómo experimentamos a Dios? La única manera es al constatar la forma como Él actúa. Se trata de una experiencia, de sentir a Dios, porque Él no se piensa, ni se capta con los sentidos, sino que se experimenta. No podemos tener una percepción directa de su realidad. Solamente por experiencia interna podemos percibir la realidad de Dios.

Pero, ¿experiencia de qué?

Experiencia de su actuar en nosotros que somos el lugar más inmediato de su manifestación. Dios actúa de una manera muy singular porque está en las cosas creadas. Es como la esencia misma de las cosas creadas. Está ahí permanentemente y el estar en lo que crea, es lo que se llama el misterio de Dios; podemos decir que Dios está presente en todo lo creado, permitiendo espectacular y sorprendentemente que seamos.

Para poner un ejemplo: el ser humano enfermo es el lugar en donde Dios padece; es la limitación de Dios en nosotros que se somete a todo lo que es propio del ser finito, como el dolor. El enfermo es el lugar en donde a Dios mismo le duele.

Detengamos un momento la mente, silenciémosla y experimentemos que Dios subsiste en mí al sentir un dolor, digamos que Él está sufriendo presente en mí dándose así la máxima intimidad entre Dios y yo.

Experimentar a Dios es como sentir esa íntima y permanente acción de Él en uno, sea que esté trabajando, esté jugando, esté compitiendo en los olímpicos, en lo que sea. En esa interiorización se percibe la manifestación de la presencia activa de Dios en mí.

Orar es ser consciente de la realidad de Dios, en uno mismo; ese es el fondo de la oración. Es abrirse a Dios mismo, entender que tenemos implicada la divinidad en nuestro ser.

Dios no es lo que nosotros con la mente creamos, porque lo volveríamos muy chiquito, una cosita.

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