Lo primero que impresiona a los ojos y encanta el alma es el azul cristalino y transparente que reflejan las aguas del Caribe que circundan la isla de Curazao, ese pequeño paraíso que está ubicado a 986 kilómetros de Medellín.
Todo es color en este terruño en el que las mezclas de culturas europeas, africanas y latinas, le han impregnado un carácter único a su arquitectura y al estilo de vida de los lugareños.
Caminar por las calles de su capital, Willemstad, llenas de edificios históricos y coloridos, que fueron declarados patrimonio de la humanidad por la Unesco, te hace sentir como en un cuento de hadas.
Y cuando te cruzas con personajes como Nusha, una morena alegre y llena de energía, que en un segundo te habla en papiamento y al instante siguiente lo hace en holandés, español o inglés, te das cuenta de la riqueza cultural que se respira en cualquier lugar de la isla.
Este es uno de los destinos más preciados por los amantes del buceo y del esnórquel, con más de 60 puntos para la práctica. Pero, en playas como la de Kenepa, solo con permanecer inmóvil dentro del agua puedes observar a simple vista los pececitos de colores que se pasean por entre tus pies. Así de cristalina es el agua.
Alimentando tiburones
Uno de los atractivos de la isla es el paseo obligado a Dolphin Academy y al Sequarium, dos lugares fantásticos en los que se puede apreciar la maravilla que habita el mar, como los delfines con quienes es posible jugar y dejarse llevar en sus aletas, bajo la orientación de los silbidos y palabras de los instructores. Es un momento sublime para quienes tienen la fortuna de vivirlo.
Y quién lo creyera, en el acuario es posible alimentar un tiburón, en una acción que dura fracciones de segundo.
La historia es así: el animal reposa en una especie de piscina con un canalete. El instructor permite que, por turnos, de a uno, el turista le acaricie el "lomo", cuya piel escamosa se asemeja al papel de lija. Después del ritual, el hombre llama la atención del tiburón con un pedazo de pescado, trenzado en una especie de gancho, que es sostenido por el asustado turista, pues la advertencia es no descuidarse y tras la frase del jovial instructor, de "esto es Curazoooo", el tiburón abre sus fauces y atrapa el trozo de comida, tan rápido como un abrir y cerrar de ojos y el sonido de un golpe seco. Y el turista ni cuenta se dio.
Pero más allá de las diversiones acuáticas, que se pueden complementar con un paseo de dos horas en un pequeño submarino a 150 pies de profundidad, a un costo de US$600, también hay espacio para aprender de la cultura y del horror de la esclavitud.
En el museo Kura Hulanda hay una réplica de los barcos en los que traían a los esclavos desde África y documentos originales de compra y venta de los esclavos. Estremecedor.
Y tres buenos hoteles para disfrutar de esta maravilla en el corazón Caribe son el Hyatt, el Kura Hulanda y el Hilton.
Pico y Placa Medellín
viernes
2 y 8
2 y 8