El Miércoles Santo, conocido también como el “Día de la Traición”, nos transporta a la noche en que Judas Iscariote, uno de los Doce discípulos más cercanos a Jesús, decidió entregar al Maestro a cambio de treinta monedas de plata.
Según ACI Prensa, este día también se refiere a él como “el primer día de luto de la Iglesia”, puesto que este suceso marca el inicio del camino que conducirá a la Pasión, la Muerte y, finalmente, la Resurrección de Jesús.
Uno de los discípulos más cercanos a Jesús, Judas Iscariote, decidió acercarse a los líderes religiosos y acordar la entrega del Maestro a cambio de treinta monedas de plata, según relatan las Escrituras. Desde ese instante, su pensamiento y sus acciones comenzaron a orientarse hacia ese plan, buscando el momento preciso para llevarlo a cabo.
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Las Escrituras muestran que la decisión de Judas no surgió de un impulso repentino, sino de una acumulación de decepciones, expectativas frustradas sobre un Mesías diferente al que había imaginado, que no coincidía con lo que en realidad era, y la influencia de fuerzas que él mismo no lograba controlar. Juan dice expresamente que “el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo” (Jn 13, 2); de manera semejante, Lucas escribe “Satanás entró en Judas, llamado Iscariote, que era del número de los Doce” (Lc 22, 3).
Mientras Judas avanzaba en su decisión, Jesús experimentaba horas de angustia. Los discípulos, ajenos al plan que se gestaba, se sentían confundidos y preocupados; la traición de uno de los suyos aún no había sido revelada, pero la tensión crecía cada instante. Este momento pone de manifiesto que quienes están más cerca pueden fallar, y que la vulnerabilidad es inseparable de lo que somos como seres humanos.
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«Muy entristecidos, se pusieron a decirle uno a uno: “¿Acaso soy yo, Señor?”. El respondió: “El que ha mojado conmigo la mano en el plato, ése me entregará. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!”. Entonces preguntó Judas, el que iba a entregarle: “¿Soy yo acaso, Rabbí?” Dícele: “Sí, tú lo has dicho”»
En cuanto al contraste con la jornada del Martes Santo, mostraba a un Jesús cuestionado, incomprendido y rodeado de controversia, hoy aparece la traición en su máxima cercanía, un golpe que viene desde el círculo más íntimo. La historia de Judas nos acerca a la fragilidad humana, al dolor de la decepción y a la dificultad de entender el plan de Dios en medio de la traición y la confusión.
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En paralelo, la reflexión de este día se abre también a la misión de los laicos en la Iglesia. En su red social X, el Papa León XIV envió un mensaje: “La Iglesia está presente en todos los lugares donde sus hijos profesan y testimonian el Evangelio: en los ambientes de trabajo, en la sociedad civil y en todas las relaciones humanas, allá donde ellos, con sus elecciones, muestran la belleza de la vida cristiana”.
El Pontífice subrayó durante su audiencia general del día de hoy, 1 de abril, que los laicos participan “a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejerciendo en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde”. En medio del relato de la traición, este llamado recuerda que la fe se sostiene con acciones concretas, con compromiso y con servicio, y que cada uno cumple con un papel dentro de la comunidad.
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La Semana Santa continuará mañana con el Jueves Santo, cuando dará inicio el Triduo Pascual, los días centrales en los que la Pasión, la Muerte y la Resurrección de Jesús. Pero hoy, la historia de Judas y el testimonio de los laicos enseñan que la fe, la lealtad y la misión se ponen a prueba todos los días, y que cada acto de compromiso marcar la diferencia en nuestras vidas y en las comunidades.
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