El olor es suave y entra despacio, en largas inhalaciones; el sabor permanece y antoja a repetir. El café Rubí se descubre en una finca del corregimiento que lleva el mismo nombre, en el municipio de Yolombó, rodeada de un paisaje que es el complemento perfecto para degustarlo.
Los cafetales enmarcan una casa impecable de la que salen los esposos Claudia Arcila y Jairo Alonso Castaño, y Roselia Alzate y Efrén Castaño. En las paredes hay varios avisos que invitan a cuidar la fauna y la flora y a seguir recomendaciones de higiene.
De esa finca familiar, de un poco más de 12 hectáreas, brota el café que ellos concibieron con una característica básica: que fuera ecológico.
"Eso quiere decir, que desde el mismo instante en el que se siembra no se puede usar ninguna sustancia química", explica Claudia, técnica agropecuaria, que también tiene otro proyecto de vino de naranja.
Esas prácticas limpias de las que ellos hablan se notan por todo el lugar y para eso se han capacitado y hoy cualifican a otros campesinos.
Seis hermanos y dos sobrinos están vinculados de planta en esta apuesta. "Esta es una empresa seria, no pueden caer basuras al piso, nos cuidamos mucho", afirma Jairo Alonso.
En orden
Para la recolección, emplean a madres cabeza de familia y jóvenes del corregimiento. Hoy trabajan con unas 40 personas en promedio. Y, por eso, manifiestan estos emprendedores, entidades como Transmetano y la Gobernación los han ayudado.
Sistematizan los procesos y, poco a poco, han ido gestionando lo necesario para impulsar su negocio, "y nosotros mismos vamos construyendo obras civiles", cuenta Efrén.
Pero su idea es conseguir una máquina trilladora, tostadora y de molino más grande para "ser más competitivos". Por eso, esperan más apoyo y siguen presentando proyectos.
Tienen una bodega de compostaje para el abono y una planta de aprovechamiento de aguas lluvias.
"Nuestros ancestros son campesinos. Eso hace que de verdad le tengamos amor a lo natural, a la tierra, y que veamos el futuro en ella", agrega Jairo Alonso.
Ya completaron cuatro años trabajándole a este proyecto y hoy exhiben con orgullo el nuevo empaque de su café, que decidieron diseñar con los colores de Yolombó, amarillo y verde.
Esperan, incluso, la certificación para poder exportarlo. La calidad, complementan, está en los procesos técnicos rigurosos que siguen; el sello se lo imprimen con el alma que le ponen a su Rubí.
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