Sentado a la mesa frente a un plato, un comensal podría acordarse del verso de Federico García Lorca: "Verde que te quiero verde. Verde viento. Verdes ramas" y luego, llevarse el tenedor a la boca. Solo queda, entonces, simplemente degustar.
Si se mira bien el plato, aparte del color dominante, ese tan poético y versátil, hay que hacer un inventario de tonos y texturas. Está el blanco de un queso tofú y el gris de un champiñón Portobello. Entrelazados podría ir un rojo del tomate y algo de cocción.
Amalia Villegas, la chef de Verdeo y sus cocineros asistentes, acumulan horas de preparación, pues se plantearon cada día armar un nuevo menú, sin repetirse, como si en ello estuviera su propia diversión, lo que aman hacer.
Así, este mes celebran 365 días de pensar diferente esa comida que no lleva carne, pero que por supuesto, trasciende la idea de un menú vegetariano, ese que se asocia con la idea de comer "soso y sin gusto".
Al contrario, ellos piensan en quinua, germinados, mijo o chontaduro, preparados de formas tan diversas que sorprenden al comensal más clásico.
Claro, también hacen sus variaciones de una lasaña, pasta o un plato mexicano.
Aunque todo esto suene fácil, ha sido un proceso, confiesan Amalia y su novio, Felipe Hernández, quien está al frente de la publicidad de un sitio que se conecta con sus comensales a través de Facebook.
"La gente es reacia a probar cosas nuevas", dice ella. Como si comerse un plato que no tiene en el centro un bistec de carne no fuera a ser tan rico, razona.
Amalia, egresada de gastronomía del Sena y docente de la Colegiatura, andaba de viaje cuando decidió no volver a comer carne.
Y en esa investigación, empezó a mover su creatividad y recursos para diseñar otras opciones, que además de ricas, fueran sanas.
Empezó con productos congelados, listos para cenas ligeras y nutritivas. Pero decidieron dar un paso más allá y crearon un restaurante en el que solo compran productos orgánicos.
"Verdeo es puro amor y buena onda", dice. Lo que quiere decir que cuando ellos abren su puertas, buscan que el comensal disponga de un rato para comer rico, en un ambiente tranquilo, sin hacerlo de afán y encima del teclado. Una forma de nutrir el cuerpo y el espíritu como lo propone también García Lorca en su Romance Sonámbulo.
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