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Gilmar busca otro salto: pintar a toda Colombia

El exatleta recrea toda su imaginación en un pequeño cuarto de su casa. Lo que lamenta es su ida de Antioquia.

  • Gilmar busca otro salto: pintar a toda Colombia | En la tranquilidad del cuarto que adaptó en su apartamento, Gilmar se dedica a la pintura. Es una de las actividades que más le gusta hacer. FOTO MANUEL SALDARRIAGA
    Gilmar busca otro salto: pintar a toda Colombia | En la tranquilidad del cuarto que adaptó en su apartamento, Gilmar se dedica a la pintura. Es una de las actividades que más le gusta hacer. FOTO MANUEL SALDARRIAGA
07 de abril de 2012
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El cuarto que Gilmar Jalith Mayo Lozano adaptó como taller de pintura en el tercer piso de su apartamento es una especie de buhardilla moderna, donde, además de pintar, escucha música, hace de carpintero, decorador, historiador y hasta de filósofo. En ese lugar, pequeño pero acogedor, el exatleta recrea toda su imaginación.

Un caballete que él mismo elaboró, un taladro, una paleta, una colilladora, lienzos, pinceles, brochas, espátulas, tres moldes de bastidores, dos lámparas grandes y varios frascos con pinturas en vinilo hacen parte de este colorido mundillo, junto a un proyector, un DVD, una cámara filmadora, un computador y una extensa colección de música.

Igual, es una especie de confesionario en el que medita, reflexiona y hasta habla en voz alta. Un lugar para analizar su vida pasada, la presente y la del futuro pero, ante todo, para pintar sus cuadros. "Aquí me inspiro, sí señor. Claro, tiene que ser un momento en el que no esté aburrido porque, de lo contrario, sale cualquier chambonada y de eso no se trata este cuento".

La casa de Mayo, su esposa Diana Marcela y sus hijos Cristian y Gilmar júnior, está ubicada en la vía que va de Medellín a Bello, frente a El Trapiche, el lugar donde los parapentistas caen después de tirarse de San Félix. Allí ya todos los vecinos saben que vive el aún poseedor del récord nacional y suramericano de salto alto.

Él sigue igual de orgulloso. Y no es para menos al saberse uno de los legendarios recordistas del deporte colombiano. Su brinco de 2.33 metros, que impuso en el Grand Prix Internacional de Pereira en 1994, se mantiene intacto después de 18 años como una de las marcas más añejas del atletismo nacional.

Y pese a que Gilmar viene pintando desde cuando estudiaba bachillerato en la Normal de Varones en Quibdó, donde creció y se hizo atleta, el de la pintura es un mundo diferente en su vida. "Es una pasión que hace con gusto y con una mirada muy realista", dice Carlos Castillo , un economista y empresario del transporte aéreo, quien se cuenta entre los que han adquirido sus obras. "Lo hace con gusto y un gran corazón".

Mayo, en efecto, es un artista natural que, sin embargo toma la pintura como un hobbie. No es profesional, porque no tuvo los recursos económicos para seguir estudios en Bellas Artes, aunque sí realizó varios semestres. Al principio fue duro. "Recuerdo que el profe me ponía a dibujar un bodegón y se iba. En esas estuve como 15 días. Me aburría realmente. Lo que pienso que me hizo quedar en esto de la pintura fue una mujer que pillé en otro salón y que hacía de modelo para una pintura de unos estudiantes", cuenta Mayo mientras ríe maliciosamente. "Ese encarrete de pintar una mujer me retuvo".

Pero sus primeros pasos en la pintura tienen historia. Su madre, Melania Lozano , quien aún conserva el primer cuadro que su hijo pintó y que bautizó con el nombre de Adán y Eva -una singular obra en la que aparece un manojo de manzanas de color azul en medio de los rostros de un hombre y una mujer-, fue testigo de esos primeros pasos. Para el colegio tenía que hacer trabajos didácticos y uno de los que más recuerda es el del ciclo del agua. Cada dibujo lo hacía en cartulina y vinilo. Luego serían los chicos que se "parqueaban" en el parque principal de Quibdó a pintar en el suelo o en las bancas. Eso data de 1985.

"Un día cualquiera me dio por explotarlo. Me dije, esto me gusta. Algunos decían que pintaba muy plano, que utilizaba mucho el color oscuro. De a poco, entonces, fui depurando la técnica. Lo he hecho empíricamente, mirando a los pintores, copiando de ellos lo bueno, sus mañas".

Y así como surgió la idea de Adán y Eva, cuadro que conserva doña Melania en el cuarto de su hijo Jair, en Quibdó, fueron apareciendo obras como El hijo pródigo o La Alborada (casa presidencial en Brasil), que dieron vida a este hobbie, como sus primeros pinitos en la pintura.

Y aunque no ha tenido la disciplina de llevar el listado de cuántos cuadros ha elaborado y a quiénes se los ha regalado o vendido, Gilmar cree que sus obras pasan de 280. "Es que siempre lo hago por gusto, no por comer". Y lo ha hecho en carboncillo, óleo o vinilo. "No mucho en óleo, porque es una técnica que exige más tiempo y trabajo y yo soy muy espontáneo. Intenté, alguna vez, con la acuarela, pero esta me ganó el pleito".

Pero así diga que no tiene disciplina, quienes le han encargado trabajos -como el más reciente, un bodegón que irá a parar a la pared del comedor de su tía Nidia Mayo - pueden constatar que lo hace con esmero y mucho cuidado en cada trazo.

"Yo tengo un cuadro que es un atardecer en Quibdó. Es realmente fantástico porque lo traslada a uno a ese momento. Creo que Gilmar pinta con el corazón en su pincel, es increíble", señala Liliana Sierra , estudiante de Idiomas de la U. de M., quien tiene varias de las obras del exatleta.

Hoy sigue enfrascado en un proyecto grande: hacerle a cada departamento del país una pintura. "Nosotros tenemos una gran riqueza y unos sitios tan increíblemente hermosos que no valoramos. Y eso precisamente quiero plasmar en mi obra".

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