Llorando y abrazada a un caballito herido, a cuya llaga se adherían los moscos ante la total indiferencia del dueño, vimos por primera vez a Karina Puvogel en las afueras de la fundación K-Mina, en La Estrella.
Entonces, de una vez supimos que la joven chilena tenía un corazón sensible al dolor ajeno.
Porque no fue un simple acercamiento al ejemplar. Karina, como si fuera la madre del equino, lo acarició, le sobó su pelaje varias veces, lo besó y cuando entendió la explotación despiadada que del animal hacía el propietario, que pese a las heridas lo tenía atado a una carreta cargada con escombros, no pudo hacer otra cosa que estallar en llanto, como si se tratara de un hijito suyo que estuviera sufriendo.
-¿Por qué lloras?-, preguntamos.
-Es que mira qué triste, este caballito está herido, en sus ojitos se le ve la tristeza, es insólito...-, dijo Karina.
Y fue imposible no compartir su llanto y su dolor.
-Los animales son como bebés y me duele más lo malo que les hacen porque son más indefensos, ellos no se pueden expresar-, añadió.
Pero ella no vino de Chile a nuestro país a llorar por las desgracias de un caballo, pues con seguridad acá se quedaría a vivir, ya que aún en nuestras capitales y pueblos reina el irrespeto por los animales.
Ella llegó a Medellín a que en la fundación Mahavir K-Mina le donaran una prótesis para reemplazar su pierna izquierda, la cual perdió en un aparatoso accidente que sufrió en su país hace 8 meses.
A Karina, estudiante de Comunicación Social y con sólo 22 años de edad, aún se le quiebra la voz cuando narra los hechos en los que perdió su miembro, sobre todo porque no fue la única víctima del caso sino que también un amigo que viajaba con ella padeció lesiones similares.
-Eso ocurrió el 2 de noviembre del año pasado. Yo iba con un amigo a mucha velocidad y los autos chocaron. Tuve fracturas muy severas, yo manejaba y fue un momento muy dramático-, narra Karina, quien supo sobreponerse a ese instante y fue capaz de darle fuerzas a su amigo, con el que llevaba poco tiempo de conocerse.
Según su relato, mientras su pierna quedó colgando de un tendón, él, de nombre Rodrigo Vial, la perdió de inmediato.
Al ver que el muchacho no quería luchar por sobrevivir, ella recuerda que le dijo una frase que actuó como una inyección de vida que lo hizo reaccionar:
-Le dije simplemente que este accidente nos iba a unir de por vida, que no se dejara vencer. Y entonces empezó a luchar-.
El contacto
Siempre será doloroso el drama de perder una pierna, una mano o cualquier otra parte del cuerpo. Y pese a su juventud y fortaleza espiritual, para Karina no fue fácil entenderlo.
Afirma que era muy duro saber que muchas cosas que ella disfrutaba ya no las iba a poder hacer, como montar en bicicleta, correr -pues era una atleta consagrada- o simplemente ponerse una mini para lucir sus piernas y su bella figura de 1.70 de estatura.
-¡Huy!, fue duro, le toca a uno pensar mucho. A veces, cuando siento que no puedo mover los dedos de la pierna izquierda, porque ni siquiera la tengo, ¡uf!, duele-.
Pero Karina no se quedó en los lamentos. Y así, mientras a su amigo le implantaron una prótesis en su país, ella, con menos recursos económicos que él, debió resignarse a esperar una oportunidad, pues en Chile las prótesis, dice, son muy costosas ya que llegan importadas de Europa.
-Lo único que pude hacer fue ir a un taller de maniquíes y allá me adecuaron un implante, pero sólo para dar la apariencia de que tengo pierna, porque no sirve para caminar-.
Inquieta como toda joven, Karina empezó a buscar soluciones a través de internet. Y así conoció la Fundación K-Mina, de Colombia, luego de explorar opciones en otras naciones, incluida la India. Se inició el contacto y K-Mina le abrió las puertas y la invitó a que llegara hasta La Estrella para recibir su implante.
La joven vino acompañada de su madre, Paula Roja, y sólo tuvieron que costearse el viaje y la estadía, que se prolongó por cerca de una semana, pues las prótesis, una vez se ponen, la persona debe pasar un proceso de adaptación durante el cual, si es necesario, se le hacen ajustes.
-Debe pasar unos días y depende de cómo se sienta se puede ir tranquila a caminar-, explicó John Jairo Tobón, supervisor técnico de K-Mina.
Para Karina, conocer esta fundación paisa fue como una bendición, pues en su país una prótesis cuesta cerca de tres millones de pesos chilenos y, según reconoce, difícilmente su familia iba a tener dinero para pagarla.
En K-Mina, las prótesis se entregan de manera gratuita y, además, son de las de mejor calidad en el mundo, explica Tobón. Añade que si bien, cuando K-Mina nació tomó como base la India y allí estudiaron sus técnicos, con el tiempo las perfeccionaron y luego los propios hindúes llegaron a La Estrella a aprender de los paisas.
Hoy es una fundación consolidada que se sostiene con aportes privados y de particulares y su tarea es donar prótesis a amputados de todo tipo: por minas, por accidentes, por enfermedades o incluso a los que nacen sin piernas.
Todo esto lo conoció Karina y por eso, al tiempo que lloró de dolor abrazada a un caballo maltratado y enfermo, también rio mientras recibía su nueva pierna, con la que se fue a Chile a hacer parte de una pequeña legión extranjera que ya camina con piernas artificiales implantadas en La Estrella.
Son sólo cuatro, pero suficientes para que la imagen altruista de esta fundación se vaya regando por el mundo. Están el húngaro Karol y Farcas, al panameño Marco Antonio Correa y el director de orquesta cubano René González Giralt.
-Siento que mucha gente en mi país me va a admirar por esto, porque no me eché a morir sino que me levanté-, dijo Karina instantes después de ponerse su prótesis y luego de un breve entrenamiento, salir caminando hacia su país con los mejores recuerdos de K-Mina y de una ciudad como Medellín, que la enamoró y a la que prometió algún día volver para decir gracias y pegarse otra montadita en el metrocable, que fue lo que más la impactó.
Fue emocionante verla feliz, verla caminar sonriente...
Pico y Placa Medellín
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