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Las tragedias matan y la imprevisión les ayuda

  • Ramiro Velásquez Gómez | Ramiro Velásquez Gómez
    Ramiro Velásquez Gómez | Ramiro Velásquez Gómez
07 de octubre de 2010
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Como el banco, andaban donde no era. Esta semana la Gobernación decretó la emergencia vial y otras oficinas lanzaron alertas.

Si desde mediados de año los ríos venían por encima del promedio y no ha dejado de llover en agosto ni en septiembre, lógico que la capacidad esté desbordada.

Salvo en temporadas Niño, como 2009, octubre y noviembre son lluviosos. La Niña provoca en buena parte del país lluvias por encima del promedio. Y La Niña anunció parto en mayo, habiendo nacido en junio-julio.

Ese hecho ameritaba reuniones y decisiones. Así se presentara moderada (no podía determinarse entonces su severidad), iba a causar líos. El sistema de alerta temprana para los funcionarios debió encenderse, pero no operó.

No operó, como tampoco funcionaba esta semana la conexión a algunos equipos de la red metropolitana de atención de desastres en la página web del Siata.

La Niña, y una temporada invernal, no son efecto del cambio climático, aunque hay indicios de que Niños y Niñas se hacen más frecuentes y más severos. Y en Antioquia no se habla de cambio climático. ¿Alguien ha escuchado a un gobernante hablando de eso? No. Está por fuera de la agenda. No lo conocen, aunque eso no salva responsabilidades. Ni las Secretarías del Ambiente tienen una pestaña para ese tema, de primer orden en la agenda mundial.

Varios de sus programas son acciones de mitigación, unas pocas de adaptación, pero es que del asunto hay que hablar de frente, como de sexo con niños y adolescentes.

No basta con alertas cuando el agua está al cuello y los muertos bajo el alud. El problema por condiciones cada día más extremas, continuará. ¿Se justifica esperar cada nueva ola de lluvia o sequía?

El Sistema Nacional para la Prevención y Atención a Desastres reveló que en todo 2009 hubo 435.461 personas afectadas, sólo en la actual ola 2010 van 854.534. Es imposible impedir todas las tragedias, pero se pueden reducir.

Juan Darío Restrepo, científico de Eafit, autoridad sobre la cuenca del río Magdalena, nos recordó desde Grecia, donde asiste a una cumbre, que 45 por ciento está deforestado. ¡Y 78 por ciento de los suelos degradado! Cuando caen tormentas, más frecuentes hoy por el cambio climático, el agua no se almacena en suelos y bosque y es liberada pronto hacia los canales fluviales. En la depresión momposina, informó, se daba una inundación en la cuenca alta, hoy son de dos a seis al año.

La deforestación no tiene tres meses. Todos la han permitido. Ninguno, entonces ni ahora, alzó firme su voz.

Medellín evidencia sitios críticos por el cambio climático y el llamado efecto isla de calor. ¿Se investiga cómo se ha afectado la vida citadina y de toda clase de pobladores?

En Antioquia ni se diga: Insectos transmisores de enfermedades han venido subiendo de piso; hay ríos que han bajado caudal; y especies amenazadas por el calentamiento.

El problema viene de atrás. Seguirá. Pero sólo cuando la tierra cubre casas y el agua se abre paso, se preocupan. Lo otro, lo que provoca el aumento de inundaciones y deslizamientos, no amerita nada.

Como el banco aquel, sólo que no es chistoso.

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