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Los desafíos de informar sobre el conflicto (1)

22 de mayo de 2008
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El lector Juan Emilio Acevedo formula varios interrogantes sobre la responsabilidad de los periodistas y los medios de comunicación al informar sobre el conflicto colombiano: "¿Cuál es la misión del periodista? ¿Cómo debe informar sobre los graves hechos que se presentan a diario en nuestra patria? ¿No considera usted que falta mucho profesionalismo y muchos valores éticos especialmente en la televisión colombiana que muchas veces vuelve la noticia un espectáculo? ¿Cómo pueden ayudar a conseguir la paz?".

El lector Carlos Andrés García se cuestiona si estas informaciones se convierten en "una estrategia de los medios de comunicación por reforzar un discurso contra la violencia que incita a más violencia y pérdida del respeto por la vida?".

Otros dos lectores, Alejandro López, desde Francia, discute si los medios le están jugando a la "banalización de la guerra", y Amparo Londoño se pregunta si "¿este es el verdadero periodismo?".

Informar sobre el conflicto que padece Colombia es una tarea compleja que exige una responsabilidad a toda prueba. Los periodistas tenemos la misión de buscar la verdad de los hechos en medio de la vorágine de sucesos sorpresivos, sorprendentes y contradictorios, y a la vez, crueles, dolorosos y desalentadores.

EL COLOMBIANO le ha otorgado sumo interés a estos temas, a través del área periodística de Paz y Derechos Humanos y del Grupo Asesor de Paz, conformado por personas prestantes de distintos sectores de la sociedad, con el fin de mantener una reflexión permanente sobre este frente informativo.

Veamos, a grandes rasgos, algunos de los desafíos que enfrentan los periodistas para garantizar el derecho a la información en tiempos de turbulencia criminal, política y social.

Obtener la información es a veces riesgoso y casi siempre fatigoso, porque, como es conocido, la verdad es la primera víctima que cae en medio de los conflictos.

La verificación de los hechos por fuentes distintas y distantes es parte esencial del método de averiguación periodística. Los rumores nunca son noticia, en el mejor de los casos es un mero indicio que no se puede publicar sin atentar en materia grave contra la ética profesional.

El proceso de verificación es fundamental. El periodista no puede ignorar o minimizar un hecho de interés y trascendencia para la sociedad. Tampoco puede exagerarlo. Aquí surge un alto riesgo de convertir la información en propaganda. Si se oculta, disimula, encubre o maximiza la información pierde la cualidad del equilibrio y se vuelve propaganda, espectáculo y mentira que desinforma, distorsiona y desorienta.

La cercanía a las fuentes de información es especialmente perniciosa en estas circunstancias porque el periodista tiene al frente el peligro de las filtraciones o de actuar como idiota útil, quién sabe con qué intención truculenta o enmascarada?

La banalización de los hechos es otro de los males frecuentes en los medios de información. Ocurre cuando a la información se le da un ribete de espectacularidad y el amarillismo, con imágenes crueles que provocan sensaciones fuertes que rayan en lo ridículo, indigno o escandaloso. Estos hechos son atroces, salvajes, bárbaros, pero no pueden ser espectaculares ni primicias exclusivas que soslayen los derechos de las personas, vivas o muertas. La sucesión de estas imágenes produce un efecto contrario, porque a fuerza de repetirlas, provocan la insensibilidad social.

Sucede también que algunas informaciones carecen de contexto histórico, geográfico y periodístico. Cualquier información obedece a unas causas, tiene antecedentes, y sugiere implicaciones. La información aislada, desnuda, no responde al interés ciudadano y aporta poco a la comprensión de la realidad.

La falta de memoria puede estimular la injusticia, el olvido y la impunidad social. Cuando una noticia es relevada por otra, cuando no se hace seguimiento y se abandona un asunto de interés general, se interrumpe el proceso de la historia. Es como meternos en un laberinto sin salida o dejar un rompecabezas sin ponerle todas las piezas. ¿Acaso no es frecuente que los medios cubran la destrucción de un pueblo pero se olviden de la reconstrucción?

El periodista no puede ignorar que el cubrimiento del conflicto lo debe hacer desde el frente civil, no desde el combatiente. Debe desarmar las palabras, usando las más idóneas y propias, para componer sus frases y párrafos.

Los medios de comunicación pueden ser armas de destrucción masiva. La historia cuenta que el 9 de abril de 1948, tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, de algunas emisoras bogotanas salieron consignas de muerte y destrucción. También cuenta que en Rwanda la Radio Televisión Libre de Las Mil Colinas, llamada por algunos Radio Odio, jugó un papel trascendente en el genocidio de los tucsis y hutus moderados, entre 1993 y 1994, con cerca de un millón de víctimas masacradas salvajemente.

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