El mundo, católico y no católico, se sorprendió ante el inesperado anuncio del Santo Padre, Benedicto XVI, de presentar renuncia al papado. Y no solo porque hace ya 598 años que no sucedía, desde la renuncia del papa Gregorio XII, sino porque el poder de un papa lo define claramente el derecho canónico: El Papa; "tiene, en virtud de su función, potestad ordinaria, plena y universal en la iglesia y que puede ejercer libremente" (canon 331). Por eso, su renuncia no tiene que ser aceptada por nadie.
Quizá no exista un líder mundial con más poder, no por la economía, no por las armas, no por la dominación, sino por la fuerza de lo que representa y por el mensaje que anuncia.
¿Quién lleva veinte o treinta mil personas cada semana a una plaza, como el Vaticano? ¿Quién es recibido por multitudes de creyentes y no creyentes cuando visita un país? ¿Quién tiene, ya como Estado, una representación diplomática como el Estado Vaticano y una red sacerdotal, de religiosos y de feligreses como la iglesia católica?
Pero sobre todo es el poder de un hombre que de acuerdo con nuestras creencias es el vicario de Cristo en la tierra y sucesor de san Pedro
Pues a todo esto con una profunda realidad de la fragilidad humana y un gran sentido de responsabilidad por el reto de su oficio fue a lo que renunció Benedicto XVI.
¡Qué lección para cardenales, obispos, sacerdotes y religiosos, algunos de los cuales se han engolosinado con el poder dejando a un lado las enseñanzas del Señor Jesús cuando respondió a Pilatos… "Mi reino no es de este mundo": (Juan 18-36).
Y segundo para los gobernantes civiles o dictadores militares que procuran permanecer, perpetuarse, reelegirse sin importarles qué sacrifican o sobre quiénes tienen que pasar para satisfacer su apetito de poder.
Juan Pablo II, enfermo, disminuido, incapacitado los últimos años y meses de su vida, también libremente, se negó a renunciar argumentando que el Señor Jesús tampoco se había bajado de la cruz. Es otra manera, igualmente valiosa y heroica, de entender su misión.
Quizá Ratzinger que fue tan cercano, lo que observó fue que en tales condiciones el Papa no ejerce y son otros los que mandan, ordenan y hasta maquinan en su nombre. Para mí, esa es la brillantez de Benedicto XVI. No permitió que mandaran en su nombre. Reconoció su fragilidad y su incapacidad y mientras está lúcido toma esta trascendental decisión. Y con ella descubre y hace pública la lucha interna de poderes en la Curia Romana.
Como no busca reelección, ni permanencia, pues fue elegido hasta su muerte, se siente totalmente libre, deja su cargo y empieza a llamar la atención sobre las divisiones y la hipocresía que lo rodean.
Con su renuncia, anunciada con la debida anticipación, evita que sobre su enfermedad y su lecho, se cumpla en él, como con el Señor, "y habiéndole crucificado, se repartieron sus vestidos" (Mateo 27-35) n
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