Estación Facultad de Medicina, línea D, Buenos Aires.
Cerca está el edificio de Obras Sanitarias con sus fantasmas de puerto, la librería de viejo El Gliptodón (con su Alejandro López cuasi-undergraund, al mejor estilo de Leopoldo Marechal ), la sede de la Amia (que fue volada por los iraníes, como todos los porteños lo saben, menos la policía) y una serie de cafecitos en los que uno se sienta a mirar mujeres embarazadas y judíos ortodoxos, estudiantes con cara de incredulidad y uno que otro anarquista en busca de un libro de segunda barato.
La avenida Córdoba, la calle Ayacucho, la Pasteur. Los colectivos, el subte, las pequeñas pizzerías y el tango que aparece como un silbo subversivo, como un fósil, como una reaparición con aires electrónicos.
Las versiones varían, igual que las variaciones y los que se cantan y se bailan en las milongas ya no contienen grelas ni minas sino señoras de clase media que van a recordar sus primeros firuletes. Y el tango se vive.
Los tangos muertos son muchos. Y los que oían esos tangos ya también se han ido al otro barrio o sobreviven (en una especie de limbo) pegados a un recuerdo y ensordecidos a lo nuevo del bandoneón y el piano.
Y se les respeta que sigan aferrados a esos tangos momia que, parecidos a Nefertiti o Aída, tienen su encanto nostálgico y su recurrencia a locales y gentes que ya no se ven sino en los libros de historia o en uno que otro prontuario o en algún fabulario, como el que escribió Eduardo Gudiño Kieffer.
Ya se dirán cosas, se oirán. Para esto son los poetas como Ricardo Ostuni , que hablará en la Biblioteca de Bello sobre Borges y el tango y Gardel y el arte de cantar (23 de junio). Y en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín sobre La poesía culta en el tango (21 del mismo mes). Como un flaneur.
Ostuni es un poeta nacido en el 37 en Buenos Aires, así que le han tocado distintas guerras sucias, lo que en América Latina quiere decir dictaduras, desapariciones, sustos continuados, delaciones, mordazas, picanas, censuras, salidas del país en el interior de cajas con frutas.
Pero se ha salvado en la música, en las letras, en los pequeños boliches en los que una frase bien escrita y cantada recupera la libertad perdida. Su tarea es investigar, dar razón del canto, penetrar el lunfardo y al final salvarse a sí mismo en colectivo.
Un hombre poco común este Ostuni, que se trae su tango hasta nosotros y, como los viejos titiriteros italianos, renueva ilusiones para maestros y aprendices. Pues hay muchos tangos muertos pero de esos nacen los que están vivos. Y de eso que se canta, se hace la nada y el baile.
Acotación: En la línea D del subte de Buenos Aires, que va desde la estación Juramento hasta Catedral, se ve de todo, pero lo más lindo es que allí no se asusta nadie. Todo es ciudad, incluidas las protestas y la caca de perro, los que leen el periódico al revés y las mujeres que tratan de devolverse al día antes sin remordimientos.
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