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Abrazar la oscuridad

Nuestro planeta brilla las 24 horas del día de manera artificial y la contaminación lumínica va en aumento. Por eso no es raro que haya quienes hacen campaña por la oscuridad y por defender la belleza de la noche absoluta.

14 de enero de 2024
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Por Lina María Múnera Gutiérrez - muneralina66@gmail.com

Desde las ciudades cada vez es más difícil ver las estrellas, esa es una pérdida que hemos aceptado como urbanitas que somos. Nuestro planeta brilla las 24 horas del día de manera artificial y la contaminación lumínica va en aumento. Por eso no es raro que haya quienes hacen campaña por la oscuridad y por defender la belleza de la noche absoluta.

Johan Eklöf es un científico ecólogo que vive en Suecia y acaba de publicar Manifiesto por la oscuridad, que no es otra cosa que una invitación a “descansar en la oscuridad, en su quietud y sutil belleza”. Pero no es un retorno sin sentido al principio de todos lo tiempos, sino un llamado a encontrar una iluminación que sea respetuosa con la naturaleza porque lo que el planeta vive actualmente es un estado de jet lag permanente.

El exceso de luz artificial hace que cada vez haya más insomnio, depresión y obesidad, porque la hormona que controla el apetito trabaja con la melatonina, esa otra hormona que le ha dado a todo el mundo por tomar ahora en pastillas porque no consiguen que su propio cuerpo la produzca y que en condiciones normales es la que se encarga de inducir el sueño. El asunto es que la melatonina solo se activa con la oscuridad, y así se consigue ralentizar el ritmo cardiaco y bajar la temperatura corporal, en últimas, descansar de verdad.

Quizá en parte el desespero de tantos por salir los fines de semana buscando dormir en el campo tiene que ver con esa necesidad. Cuánta gente no se siente renovada con una o dos noches lejos de la ciudad, y qué placer produce sentirse pequeño contemplando las estrellas, sintiendo cómo poco a poco los ojos se van acostumbrando a la oscuridad. Por el contrario, quien ha tenido la experiencia de pasar noches en un hospital ha vivido esa falta de respeto por la ausencia de luz. Cuentan que hubo un tiempo en el que quienes atendían a los pacientes entraban con una discreta linternita para revisar el suero y los medicamentos, porque entendían que esa oscuridad hacía parte del descanso reparador de los enfermos.

Existe todavía un temor atávico a la oscuridad que nos hace pensar en inseguridad, en que mientras más luz, menos cerca tendremos al enemigo malo. Pero los estudios demuestran que la delincuencia no tiene nada que ver con una ciudad luminosa u oscura y en cambio hemos conseguido expulsar a los habitantes nocturnos con toda la iluminación artificial que ponemos en funcionamiento.

Por culpa de las luces exageradas que tenemos distribuidas a lo largo y ancho de cada población, las polillas no pueden realizar su trabajo y la polinización ha caído un 60% en países como Suiza, lo que afecta a todos los ecosistemas. Y es tal el apocalipsis de insectos que en algunos lugares sus poblaciones han descendido un 70% en tres décadas. Otro ejemplo, las tortugas marinas recién nacidas que en lugar de ir hacia el mar iluminado por la luna van hacia la tierra atraídas por las bombillas. Y hasta los árboles urbanos que cambian con las estaciones permanecen más tiempo verdes que los rurales porque la luz exterior los engaña.

Eklöf deja una gran consigna en su manifiesto: “La bombilla, durante mucho tiempo símbolo de progreso, debe apagarse. Es necesario abrazar la oscuridad para asegurar un futuro brillante”.

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