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El vacío que empieza a ocuparse

En medio de alianzas y matices, surgen liderazgos que convierten la claridad en su principal activo político.

hace 2 horas
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  • El vacío que empieza a ocuparse

Por Alberto Sierra - @albertosierrave

Hay candidaturas que nacen de una estrategia. Otras, de una trayectoria. Y algunas —las más reveladoras— nacen de un vacío. La de Abelardo de la Espriella pertenece a esta última categoría. No es un fenómeno aislado. Es una consecuencia. Un síntoma político: el de una derecha que durante demasiado tiempo dejó de representar con claridad y, peor aún, de disputar el poder con convicción.

Durante años, el libreto fue predecible: oponerse a Gustavo Petro. Pero incluso en ese ejercicio básico, la oposición falló en lo esencial. Confundió prudencia con parálisis, moderación con ambigüedad y cálculo con inteligencia. Mientras el Gobierno avanzaba —con errores, excesos y una narrativa persistente—, buena parte de la dirigencia optó por administrar su propia irrelevancia.

El resultado es un electorado sin traducción política clara. Ciudadanos que no se sienten interpretados por un lenguaje lleno de matices innecesarios, ni por liderazgos más preocupados por no incomodar que por convencer. En ese terreno, la aparición de una voz directa no es una sorpresa: es una respuesta.

La política, como la naturaleza, aborrece el vacío. Y cuando ese vacío se prolonga, alguien termina ocupándolo con decisión.

La irrupción de De la Espriella coincide, además, con un momento revelador dentro de ese mismo espectro político: el intento de recomposición a través de fórmulas amplias, como la encabezada por Paloma Valencia junto a Juan Daniel Oviedo, acompañada por la incorporación de sectores provenientes del santismo. Más que una simple estrategia electoral, ese movimiento refleja una tensión de fondo: la dificultad de ampliar sin diluirse.

En contraste, De la Espriella encarna otra respuesta posible: la recuperación de la claridad en un espacio que la había perdido. Un lenguaje directo, una disposición a la confrontación y una voluntad de disputar sin complejos lo que otros prefirieron ceder.

En un país donde el discurso se volvió evasivo, esa claridad no solo es valiosa: resulta funcional.

Porque el problema nunca fue el exceso de firmeza. Fue la ausencia de ella.

Cuando un sistema político funciona, los liderazgos emergen con nitidez. Cuando se debilita, se diluyen en cálculos, equilibrios y temores. Lo que hoy representa De la Espriella no es una ruptura caprichosa, sino una reacción frente a esa dilución: una forma de restablecer algo básico en política, la capacidad de decir con precisión qué se defiende y qué poder se disputa.

Y eso, en el contexto actual, no es menor.

El país atraviesa una fatiga evidente: inseguridad persistente, desgaste institucional, reformas mal diseñadas y una sensación creciente de improvisación en el poder. Frente a ese escenario, la ambigüedad no es una virtud. Es una forma de claudicación.

Por eso, más que preguntarse por qué surge una candidatura así, la pregunta pertinente es por qué tardó tanto en aparecer.

La discusión, entonces, deja de ser teórica. Ya no gira en torno a modelos ideales de liderazgo, sino a quién logra interpretar con mayor fidelidad el momento político. Y en ese terreno, la claridad pesa más que la cautela, y la decisión más que el cálculo.

De la Espriella no llega a llenar un espacio artificial. Llega a ocupar un lugar que otros dejaron vacío. Y lo hace con algo que la oposición había extraviado: vocación real de poder.

Porque en política, el vacío nunca es neutral.

Siempre termina siendo ocupado.

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