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La posibilidad de una primera vuelta definitiva y lo que los modelos no están viendo.
Por Alberto Sierra - @albertosierrave
En la historia electoral colombiana hay un precedente que los analistas mencionan poco y que vuelve a ser relevante: el 26 de mayo de 2002, Álvaro Uribe Vélez obtuvo 53,04% de votos en primera vuelta. La segunda vuelta no ocurrió. No porque el sistema fallara, sino porque el resultado fue contundente. La democracia no se debilitó ese día. Se expresó con una claridad que el propio diseño institucional contempla.
Colombia está a 40 días de una primera vuelta presidencial en la que, por primera vez desde ese ciclo, existe la posibilidad técnica y política de que el proceso produzca una mayoría funcional en una sola jornada. Es una posibilidad que los datos empiezan a insinuar y que el análisis tiene la obligación de tomar en serio.
Hay elecciones en que la primera vuelta produce mayoría funcional antes de que el sistema la certifique. Argumentar eso no es cuestionar la segunda vuelta —es reconocer para qué fue diseñada y en qué condiciones su valor democrático es pleno. Cualquiera sea el resultado del 31 de mayo, el procedimiento institucional completo merece acatamiento. Se analiza aquí el clima político, no la legitimidad del proceso.
Los números cuentan una historia de movilidad inusual. En noviembre de 2025, las primeras encuestas tras levantamiento de la veda ubicaban a Abelardo de la Espriella entre 15% y 18% de intención de voto. En febrero de 2026, AtlasIntel lo registraba en 34,7%. En la medición de Guarumo y EcoAnalítica de fines de marzo aparece en 20,2%, en empate técnico con Paloma Valencia por el segundo lugar. Y en la encuesta de AtlasIntel, realizada entre 6 y 9 de abril, De la Espriella le ganaría a Iván Cepeda en segunda vuelta por nueve puntos porcentuales. Esa última cifra es significativa. Una cosa es quién pasa a segunda vuelta; otra, muy distinta, es quién la gana. Si distintas mediciones proyectan que De la Espriella derrota a Cepeda en el balotaje con ventaja clara, la pregunta política relevante no es únicamente si habrá segunda vuelta, sino si su resultado ya está, en términos probabilísticos, anticipado.
La encuestología tiene limitaciones documentadas en escenarios de alta movilización. En el plebiscito de 2016, varias firmas proyectaban victoria amplia del Sí; el No ganó por 0,4 puntos. En 2022, las mediciones subestimaron la votación de Gustavo Petro en zonas urbanas de estratos bajos. En ambos casos, los modelos enfrentaron la misma dificultad: captar el voto de primera vez y el que se consolida en los últimos días. Ese es el perfil del electorado que parece estar respondiendo a De la Espriella en regiones donde la izquierda ha sido dominante en los dos últimos ciclos.
La segunda vuelta fue diseñada para garantizar respaldo mayoritario cuando la primera vuelta no resuelve. Ese valor se activa cuando agrega información nueva. Se tensiona cuando confirma lo que la primera ya expresó. El umbral del 50% más uno es alto para que los casos de resolución temprana sean excepcionales. Pero excepcional no significa imposible. Y cuando ocurre, no es anomalía: es el sistema funcionando.
La pregunta es si el momento genera condiciones para uno de esos casos. Hay evidencia para plantearla con rigor, no para responderla con certeza. Un candidato que en noviembre no superaba 18% hoy está en empate técnico por el segundo lugar y ganaría la segunda vuelta con margen de dos dígitos según encuesta reciente. Ese recorrido no es producto de maquinaria ni de coalición tradicional. Es lo que muestran los datos y lo que sugiere un fenómeno de movilización que los modelos estándar capturan con retraso.
El 31 de mayo dirá si Colombia está ante una elección ordinaria o ante uno de esos momentos en que la primera vuelta certifica lo que el país ya había decidido.