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Antídoto contra la polarización tóxica

hace 13 horas
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  • Antídoto contra la polarización tóxica
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Por Aldo Civico - @acivico

En estos días he estado leyendo un antiguo relato sobre los Padres del Desierto que me ha hecho reflexionar sobre nuestra época. Un hermano se acercó al padre Macario, el Egipcio, para preguntarle cómo podría alcanzar la salvación. El anciano le respondió: “Ve al cementerio y ofende a los muertos”. El hermano obedeció, los insultó y les lanzó piedras. Al regresar adonde el anciano, este le preguntó: “¿No te dijeron nada?”. “No”, respondió él. “Regresa al cementerio y alábalos”. El hermano fue de nuevo y, esta vez, los elogió, llamándolos justos y santos. Cuando volvió ante el anciano, este le preguntó: “¿No te dijeron nada?”. “No”. El anciano le explicó: “Sabes que los has insultado y no te han respondido, y cuando los has alabado, tampoco te han dicho nada. Tú también, de esta manera, conviértete en un muerto. Si deseas salvarte, no prestes atención ni a las injurias ni a las alabanzas de los demás. Sé como un muerto y así lograrás tu salvación”.

La recomendación del padre Macario puede sonar muy radical en una época en la que las redes sociales nos tientan a hacer exactamente lo contrario: dar rienda suelta a nuestras pasiones, simpatías y antipatías, reduciendo nuestra comunicación a improperios, ofensas y manifestaciones de odio. Despreciamos a quienes piensan, sienten o rezan de manera distinta a la nuestra. De esta manera, terminamos siendo nosotros mismos los autores de nuestra propia deshumanización.

No creo que la polarización sea, en sí misma, el problema. Tener ideas radicalmente opuestas no es necesariamente un obstáculo para el diálogo. Puede incluso ser enriquecedor. Las sociedades abiertas y democráticas se distinguen por la riqueza de su diversidad. A través del diálogo, promueven la convivencia pacífica y una sana competencia de ideas que favorece el bien común. El problema, entonces, no es la polarización. Lo que la vuelve tóxica es nuestra tendencia a sobreidentificarnos con nuestras ideas, ideologías y grupos de pertenencia. Los grandes maestros coinciden en señalar que la sobreidentificación es un mecanismo central del sufrimiento y de la construcción de un falso yo. Nos volvemos así intolerantes, incapaces de escuchar, y construimos identidades individuales y colectivas cerradas, que se atrofian en lugar de permanecer abiertas al encuentro, al diálogo y al aprendizaje. El riesgo que hoy estamos asumiendo es el de parcelar la sociedad en tribus cada vez más pequeñas, cerradas y hostiles al otro.

El antídoto es el que sugiere el padre Macario. No se trata, claramente, de ser indiferentes, de no sentir ni de no tener opiniones. Tampoco se trata de reprimir o negar lo que está en nuestra conciencia. La apatheia, es decir, la ausencia de pasiones, no consiste en volverse fríos como el hielo; no es frialdad. Se trata, más bien, de sanar nuestra mente y llevarla a un estado de quietud. A eso se llega a través de la desidentificación, para convertirnos en seres verdaderamente libres e independientes en lugar de ser esclavos de ideologías y todo tipo de pasiones. Finalmente, la desidentificación es un entrenamiento para alcanzar nuestra soberanía personal, nuestra libertad interior. Si así lo hacemos, viviremos en una nueva sociedad.

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