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Caminos de libertad

El cambio no es producto de líderes que se creen iluminados, sino de una sociedad civil robusta, activa y organizada, resultado de la libre asociación entre individuos libres.

31 de agosto de 2024
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Por Aldo Civico - @acivico

Antes de emprender un largo viaje, esta semana decidí despejar mi agenda para encontrarme con amigos cercanos. En esas conversaciones pausadas, el alma se nutre de emociones expansivas y la mente de reflexiones enriquecedoras. En tiempos de incertidumbre, cuidar los lazos afectivos se vuelve esencial para nuestro bienestar. Es como encender una vela en medio de la tormenta. De la comunión de mentes y almas, además, nacen ideas generativas y proyectos innovadores. No hay fuerza más poderosa que la inteligencia colectiva que emerge cuando espíritus libres se encuentran en conversación.

Por supuesto, se habló de la crisis que atraviesa el país, de los desafíos que enfrenta nuestra ciudad y de los conflictos latentes en el mundo, que podrían convertirse en incendios devastadores. Sin embargo, el tono de las conversaciones no era de pesimismo ni derrotismo, sino de esperanza y optimismo. No fueron tertulias académicas ni foros de disquisiciones intelectuales, sino reflexiones arraigadas en la experiencia, en la acción. El enfoque no estaba en la queja, sino en la voluntad de resolver problemas concretos.

Nos adentramos en la raíz de estos problemas, dejando de lado sus simples síntomas. Subrayamos que cada fenómeno y resultado refleja modelos mentales y culturales que debemos evolucionar si queremos generar un verdadero cambio. Detrás de cada efecto y resultado, se esconde una mentalidad: un crisol de ideas, mitos, valores y emociones que moldean nuestra acción (o inacción) y, por lo tanto, nuestros resultados.

Resaltamos que el motor de esta evolución no puede ser el Estado, y que esperar que un gobierno resuelva nuestros problemas es caer prisioneros de un mito que nos convierte en víctimas de una estafa. “Al final, la existencia del Estado nos induce a la pereza”, me dijo un amigo con tono provocador. El Estado, sin duda, tiene funciones importantes para la colectividad, pero el verdadero motor del cambio son los ciudadanos valientes, aquellos que se elevan a grados siempre mayores de libertad personal, que no temen la libertad y, por ende, asumen la responsabilidad total de sus pensamientos, acciones y resultados. Son ciudadanos que crean empresas y emprendimientos impulsados por un propósito evolutivo masivo, que no solo generan valor económico, sino también valor social y ambiental, como lo expresa acertadamente el empresario mexicano Ricardo Salinas Pliego. Estos ciudadanos, a través de su talento y actividad económica, hacen prosperar las comunidades a las que pertenecen. Por qué los emprendedores son verdaderos agentes de cambio y resiliencia, como resalta el antropólogo David Graber; lideran la transformación cultural y desafían a las obsoletas estructuras de poder.

Por ende, el cambio no es producto de líderes que se creen iluminados (¡vade retro!), sino de una sociedad civil robusta, activa y organizada, resultado de la libre asociación entre individuos libres. En otras palabras, es la manifestación de lo que Nietzsche llamaba la voluntad de poder, que nos impulsa a trascender nuestras limitaciones y a crear nuevos valores, nuevas formas de vida. Así, cada comunidad se convierte en la arquitecta de su propio destino

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