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Colombia es buena

hace 1 hora
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Por Aldo Civico - @acivico

Un susurro recorre cada rincón del país. Es la convicción de que Colombia es buena, que esa es su auténtica esencia, más allá de los escándalos, los alaridos y los eventos noticiosos que los medios y las redes sociales difunden. He sido testigo de esto a lo largo de veinticinco años de interacción con este país y su gente: la bondad es un principio fundamental de los colombianos. Vale la pena decirlo en voz alta, afirmarlo con firmeza y recordar con orgullo cuál es la naturaleza del pueblo colombiano. Porque cuando una persona, un grupo o un país entero decide proclamar “esto soy”, no está hablando solo de sí mismo. Está tocando una necesidad más profunda: la de pertenecer a una historia que nos precede y nos sobrevive. Es conectar con el orgullo de una identidad.

El orgullo no es sinónimo de arrogancia. Es una memoria activa. Lo comprendí en Palermo, cuando era joven y recorría calles que parecían abandonadas. En los años más difíciles de la mafia, muchos habían normalizado la resignación. La violencia se había vuelto un paisaje habitual. Pero algo cambió. No comenzó con una operación policial ni con leyes más estrictas. Comenzó con una emoción colectiva: el orgullo herido de una ciudad que se negó a ser definida por el crimen. Recuerdo las palabras de Leoluca Orlando sobre la “primavera de Palermo”. No estaba en juego solo la seguridad. Era la dignidad. La decisión de afirmar: esta ciudad no es la caricatura que otros han construido. Palermo es cultura árabe y normanda, es teatro, es mercado popular, es universidad, es Mediterráneo. Es mezcla. Y precisamente en esa mezcla reside su fortaleza.

El orgullo, cuando es sano, nos reconecta con nuestras raíces. No para encerrarnos en ellas, sino para recordar de dónde surge nuestra capacidad de construir el futuro. Hoy vivo en Colombia y reflexiono sobre ella. Este país, al igual que otros de América Latina, es un territorio de contrastes, de heridas abiertas, de historias entrelazadas. A veces, la conversación pública se limita a la denuncia —indispensable, sin duda—, pero es insuficiente si no va acompañada de una narrativa compartida sobre lo que merece ser protegido. ¿Qué valores reflejan los colombianos? La hospitalidad, la resiliencia, la creatividad y la innovación que surgen en contextos difíciles. La capacidad de celebrar incluso en medio de la incertidumbre. La diversidad cultural no es una amenaza, sino una riqueza.

Cuando una sociedad pierde el hilo que conecta esas historias, se fragmenta. Y la fragmentación es terreno fértil para quienes no tienen el interés del país en su corazón. Para quienes ven en la división una oportunidad de control. No siempre llegan con violencia explícita. A veces llegan con discursos seductores que prometen orden a cambio de homogeneidad. Unidad confundida con uniformidad. Pero la verdadera unidad no elimina las diferencias; las integra. Por eso es necesario el orgullo, porque se ancla en las raíces y se convierte en un motor de transformación. Nos recuerda que somos herederos de algo más grande que nuestras circunstancias. Y que si no cuidamos esa herencia, otros la gestionarán por nosotros.

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