Pico y Placa Medellín
viernes
3 y 4
3 y 4
Por Aldo Civico - @acivico
Cuando Donald Trump sostiene que Estados Unidos necesita Groenlandia no para administrarla, sino para poseerla, no está actuando de manera improvisada ni provocativa. Está articulando una visión del poder que desafía las nociones tradicionales de soberanía política. “La propiedad es psicológicamente necesaria”, declaró ante los medios. No se refirió a tratados, a responsabilidad internacional ni a gobernanza, sino a la posesión. Las afirmaciones de Trump sobre Groenlandia no son meras excentricidades geopolíticas ni estrategias de presión simples. Revelan una concepción del mundo coherente y radical: una noción de soberanía entendida como la apropiación directa del territorio, un acto de captura. A esta visión propongo denominarla “soberanía inventarial”.
En el liberalismo clásico, la soberanía surge de un contrato. Es el resultado de un acuerdo entre iguales, fundamentado en el consentimiento. En este contexto, la libertad no es la ausencia de límites, sino el producto de un vínculo: existe porque hay otros con quienes se pacta, se negocia y se comparte un espacio común. La libertad implica relación, responsabilidad y límites. Sin el otro, simplemente no puede existir. Hannah Arendt llevó esta idea aún más lejos. Para ella, la libertad no es una experiencia privada, sino pública. Se realiza no en el aislamiento, sino en el espacio compartido donde los seres humanos actúan juntos y crean algo nuevo. Desde esta óptica, la soberanía no es propiedad ni control, sino mandato: una responsabilidad que emana del vínculo entre los miembros de una comunidad política.
La visión que surge del discurso y de la práctica de Trump es diametralmente opuesta. Allí, la libertad no brota de la relación, sino de su neutralización. El otro no es una condición necesaria, sino un obstáculo. El vínculo no es fuente de sentido, sino de riesgo. La libertad se redefine como arbitrariedad: decidir en solitario, sin límites, sin mediaciones, sin responsabilidad compartida. Es una libertad solipsista y posesiva. Por ello, en este contexto, poseer resulta más relevante que gobernar. Gobernar conlleva relación, negociación e incertidumbre. Poseer, en cambio, promete control y estabilidad psicológica. La soberanía inventarial no responde a un proyecto político orientado a construir un mundo, sino a una necesidad de control que reduce el mundo a un objeto manejable.
Aquí se puede vislumbrar una afinidad con el pensamiento de Carl Schmitt, quien argumenta que la soberanía no nace de la ley ni del consenso, sino de la decisión. El soberano es quien decide sobre el estado de excepción y es capaz de suspender el orden jurídico. Sin embargo, Trump va incluso más allá. Si para Schmitt la apropiación del territorio establece un orden —un nomos—, en Trump la apropiación ya no establece nada. No genera un mundo compartido ni un orden duradero. Es una apropiación sin orden, una toma sin significado. Groenlandia (o Gaza), por lo tanto, deja de ser un espacio político para convertirse en un objeto de colección. Parte de un inventario. Y cuando la soberanía deja de construir un mundo y se reduce a posesión, lo que queda no es poder político, sino acumulación. No un proyecto común, sino una lista de bienes. No gobierno, sino inventario.