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Por Aldo Civico - @acivico
Cuando Paloma Valencia presentó a Juan Daniel Oviedo como su candidato a la vicepresidencia, algunas de las reacciones fueron reveladoras. Junto a aplausos y aprobaciones, también hubo escepticismo y desconfianza. Desde la izquierda y el centro surgieron acusaciones de un disfraz ideológico, como si la derecha intentara aparentar ser progresista para atraer votos. Desde la derecha más dura, surgió un malestar inverso: ¿qué hace alguien con esas posturas sobre la paz en una candidatura del Centro Democrático? Ambos lados, desde posiciones opuestas, coincidían en que algo en esta dupla no estaba bien. No es oportuno que individuos con ideas diferentes se unan.
Oviedo lo expresó con precisión: “Este es un país donde es muy complicado sumar en la diferencia... solo hablamos de imponer o de obedecer”. No lo dijo para quejarse, sino como un diagnóstico. Creo que dijo algo acertado. De hecho, lo que esta controversia revela no es simplemente una batalla electoral, sino un síntoma cultural. Hemos alcanzado un punto en el que la colaboración entre personas con ideas diferentes no suscita admiración ni esperanza, sino desconfianza. En la política actual, la coherencia ya no se evalúa por la consistencia de los principios, sino por la pureza de la tribu. Colaborar con quienes piensan diferente ya no se considera una virtud democrática, sino un acto de traición u oportunismo.
Hannah Arendt escribió que la política existe precisamente porque somos al mismo tiempo iguales y diferentes. La pluralidad no es un problema que resolver, sino la esencia de lo político. Chantal Mouffe lo denominó pluralismo agonista. La democracia no elimina el conflicto; lo civiliza porque transforma a enemigos en adversarios legítimos. Sin embargo, lo que observamos hoy es una inversión de esa lógica, dado que cualquier alianza que no sea de la misma tribu se interpreta como rendición o fraude. El resultado es una política configurada como una comunidad de afinidad, en lugar de un espacio de construcción común. La entrada en el ámbito público no es para negociar, sino para confirmar posturas. Los aliados son quienes ya piensan como uno y los demás son, en el mejor de los casos, ingenuos; en el peor, enemigos. Peñalosa defendió la alianza con una frase que, en otro contexto, habría sido evidente: un país para todos los colombianos, donde todos quepan respetando las diferencias. Hoy, esa frase suena radical, casi ingenua. Eso dice mucho.
La democracia no exige que pensemos de la misma manera. Exige algo mucho más difícil: aprender a construir juntos a pesar de nuestras diferencias. Esa habilidad, que los griegos llamaban politeia y que Aristóteles consideraba el arte superior de vivir en comunidad, no se cultiva en los extremos. Se aprende en el incómodo centro donde las certezas chocan. Lo paradójico es que vivimos en una época en la que la polarización ya no escandaliza. Lo que escandaliza es la cooperación. El grito de guerra tiene más eco que el gesto de construcción. Y una cultura política que premia la homogeneidad por encima del pluralismo no está edificando democracia. Está, lentamente, construyendo su propio colapso.