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Nos hemos desenamorado de la democracia

hace 2 horas
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  • Nos hemos desenamorado de la democracia
  • Nos hemos desenamorado de la democracia

Por Aldo Civico - @acivico

Alcancé la mayoría de edad en un periodo de profundos cambios. En Polonia, por ejemplo, surgía Solidarność, el sindicato de Lech Wałęsa, defensor de la democracia, en medio de la represión del régimen militar del general Jaruzelski. Recuerdo con emoción el momento, tras la caída del Muro de Berlín en 1989, cuando conocimos y abrazamos a jóvenes del este de Europa en un encuentro en Roma. Al ingresar a la universidad, me uní al movimiento por la democracia La Rete, que buscaba liberar la política italiana de la influencia mafiosa, consciente de que la mafia asfixiaba la democracia y las libertades en mi país. Mi convicción por esta lucha fue tan intensa que, a los veintidós años, dejé atrás a mis padres, amigos y mi ciudad en el norte de Italia para mudarme a Palermo y unirme al movimiento antimafia de Leoluca Orlando. Eran también los años en que Sudáfrica se liberaba del apartheid, gracias a Nelson Mandela, y Juan Pablo II nos recordaba que la libertad era la medida de la madurez del ser humano y de la nación, fundamentada en la dignidad y en el respeto a los derechos humanos.

En aquel entonces, la democracia no era solo un sistema político, sino un ideal por el que valía la pena luchar y arriesgar la vida. Representaba la aspiración de quienes carecían de libertad, una lucha que yo también percibía como sacrificio y heroísmo, simbolizando un propósito superior y una radicalidad ética. Por eso, en nuestra lucha por la democracia en Italia no concebíamos mediar con quienes habitaban la zona gris entre lo legal y lo criminal. No se pensaba en formar alianzas con quienes se enriquecían gracias a los mafiosos y los corruptos, como sus abogados. La ruptura con el poder mafioso debía ser contundente y sin ambigüedades, pues la lucha por la libertad y la democracia exigía rigor.

Hoy, la democracia ya no parece generar pasión ni amor; ha perdido su conexión con el sacrificio, la lucha y el futuro compartido, convirtiéndose en un mero ruido administrativo. La pregunta ha cambiado de “¿qué podemos construir juntos?” a “¿qué recibo a cambio?”, lo que vuelve la relación más transaccional. El llamado de John F. Kennedy se siente distante: “No preguntes qué puede hacer tu país por ti; pregunta qué puedes hacer tú por tu país”.

La diversidad de opiniones ya no se percibe como enriquecedora, sino como un obstáculo a eliminar. Hay un impulso casi compulsivo por la inmediatez y la eficiencia, exacerbado por el avance tecnológico, que desestima el proceso, la paciencia y la espera, elementos esenciales para una sociedad democrática y libre. La democracia ya no se presenta como una promesa, sino como la gestión del presente. Ya no es el espacio donde forjamos un mundo común, sino el telón de fondo que no debe interferir con el rendimiento individual. Si seguimos este camino, la libertad se convertirá en una ilusión y la democracia, poco a poco, se evaporará. No habrá un mundo compartido, ni posibilidades, ni proyecto compartido. ¿Es este el futuro que deseamos?

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