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Alberto Velásquez Martínez
Columnista

Alberto Velásquez Martínez

Publicado el 13 de octubre de 2021

Anemia profunda

Se volvió una feria ramplona el concurso de aspirantes a la Presidencia de la República por cazar firmas para avalar sus pretensiones electorales. No buscan partidos para meterse bajo esos paraguas, sino que salen a calles y parques a rogar una firma, que a nadie se le niega, para potenciar su nombre.

En Colombia están anémicos los partidos políticos. Tuvieron vigencia mientras líderes y organizaciones con ideologías, jerarquías y directorios convocaban a sus militantes alrededor de unas tesis y programas, que, al marcar diferencias, movilizaban para convencer. Había mística y disciplina en los partidos organizados que estimulaban la controversia. Inclusive, le ponían tanto empeño y vocación a sus protagonismos políticos que hasta hubo desbordamientos pasionales que degeneraron en violencia, dada la forma acalorada con que querían conquistar el poder.

Hoy quedan restos de naufragio partidista. Tragedia mayor que se vive en las colectividades tradicionales, que se amañaron en la burocracia estatal sin pensar sobre las responsabilidades de justicia social que imponía el ejercicio del gobierno. Agonizan lentamente, sin encontrar dolientes que les aplique la eutanasia. Solo hacen presencia con sus listas abiertas, cantos del cisne, que son reductos de aquellas militancias diezmadas que quedan como herencia en pueblos y veredas. Vienen siendo sustituidos por microempresas electorales —de dudosa procedencia y financiación— contribuyendo al fortalecimiento de la transfugancia. Y al romperse la unidad, la mística y la disciplina, no pocos aspirantes a la Jefatura del Estado acuden a la recolección de firmas, fehaciente demostración de la anarquía institucional partidista. Tal estrategia “no es más que un mecanismo para aparentar distancias frente a los partidos y engañar al electorado”, como lo señalaba el exministro Cárdenas Santamaría.

Es una verdad de Perogrullo insistir en que sin partidos fuertes no funciona democracia real alguna. Las democracias sin partidos sólidos que la sustenten son frágiles y raquíticas. La gobernabilidad de un Jefe de Estado se hace imposible de lograr si no cuenta con congresistas elegidos con plataformas de partidos que compartan ideas y programas del mandatario elegido. Por ello abundan la mermelada y los compadrazgos, para poder formar mayorías en un parlamento colmado de aventureros, sin compromiso alguno de partido, desfigurándose el sentido de la ley de bancadas.

Los expresidentes de lo que fueron los partidos tradicionales colombianos ya carecen de fuerza moral y conceptual para convocar y convencer. Están dedicados a las peleas, a sacarse toda clase de trapitos al sol. Se acusan mutuamente de indelicadezas. Con esos escándalos no hacen sino entregarles municiones a los grupos de las extremas izquierdas, para que con semejantes confesiones de boca disparen contra el actual sistema institucional, acusándolo de corrupto. El establecimiento se hace el harakiri a través de los vociferantes expresidentes.

Sin partidos consistentes, vigorosos, con ideologías competitivas, lo que el país ofrece es una puja de ambiciones y una caricatura de democracia, con colectividades vergonzantes, que en calles y barrios demuestran su debilidad a través de competidores, que recogiendo firmas demuestran la decadencia del sistema político colombiano 

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