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Julián Posada
Columnista

Julián Posada

Publicado el 15 de agosto de 2020

Apetito

Más de ciento veinte días de encierro hacen que uno añore casi todo lo que sucede afuera, hábilmente cada dos o tres semanas nos dicen que estamos entrando en la peor etapa, ya en su último anuncio el monarca (así definió este diario al Alcalde al decir que “se eligen mandatarios para que cumplan las normas del sistema democrático, no monarcas municipales”) nos avisó que el pico no es pico de pandemia sino meseta y que estas tres semanas debemos cuidarnos aún más, muchos ya ven flaquear su salud mental y han raspado la olla del negocio, la familia o los ahorros, esta semana escuché una frase dolorosa en boca del familiar de un paciente positivo “en esta casa más que covid lo qué hay es una tristeza infinita”. La estrategia del acordeón ha impedido que la incipiente recuperación que algunos estaban experimentando signifique de nuevo un paso atrás y la ciudad luce semidesierta y vacía de tantas actividades que como la cultura nos permitían hacer más llevadera la vida, los anuncios de Se Arrienda y las rejas abajo son la triste marquesina de esta nueva cotidianidad, nos han gobernado con el miedo y desde el miedo han construido decretos y normas, se han desperdiciado más de cien días para ayudar a consolidar una verdadera cultura ciudadana que cree conciencia y enseñe acerca del autocuidado, pero quien nos gobierna cree que cortar arbitrariamente los servicios públicos a la rumba clandestina hará entrar en razón a los infractores, olvida como le recordaron en un trino que “a oscuras se perrea más sabroso”. Pero de titulares se nutre el ego del monarca.

Somos seres sociales y una parte fundamental de la existencia está y sucede en la calle, por más plena que sea la vida en soledad o en familia los otros hacen falta y no solo los otros, el contacto con la naturaleza estimula, revitaliza y ayuda a entender que lo más importante puede ser lo aparentemente nimio, por motivos de trabajo realicé una larga caminata por el parque Arví que después de meses de permanecer cerrado tiene cada liquen, musgo, espora, hoja y verde más vivo que nunca y cada trino y cada gota de agua y cada pisada sobre la hojarasca que habita el piso se escucha con el eco amplificado del silencio que reside en el lugar, la naturaleza se expande a sus anchas y la soledad le permitió recuperar la exuberancia que los visitantes le arrancamos con cada pisada, recorrer senderos y bosques alimenta el alma, pasear por entre los robles centenarios y los árboles nativos que poco a poco recuperan su lugar son regalos de vida, mucho más en una ciudad en la que a tantas plazas de cemento han bautizado como parques, los ascensos y descensos a los lugares arqueológicos del parque dan cuenta de cómo vivían nuestros antepasados milenarios, 2.400 metros más abajo de ese edén está Medellín con su rugido que se escucha leve y lejano, el encierro y los decretos la han adormecido, los dirigentes apenas se escuchan mientras en su mesa el monarca diseña el menú que se ajuste a su apetito.

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